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La Izquierda Diario
2 de abril de 2015 Twitter Faceboock

Cuentos desde las fronteras centroamericanas
Así hablaba Rodríguez en un incierto mes de abril (A propósito de la guerra de las Malvinas)
Milton D’León | Caracas / @MiltonDLeon
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A la altura de Río de Janeiro hay que bombardear a la flota inglesa, decía Rodríguez, mientras mostraba un mapa indicando que la única línea más próxima de abastecimiento de los británicos estaba en el continente africano. Todo esto lo hacía Rodríguez, mientras trazaba su estrategia de guerra para derrotar a los ingleses y cómo quebrar toda posibilidad de la llegada de las tropas a las Malvinas. El punto fijado para un posible ataque, entendía Rodríguez, estaba en la incapacidad de abastecimiento de los ingleses frente a una arremetida intempestiva. Pensaba Rodríguez, mientras analizaba el mapa estratégico, que esta incursión la podrían realizar los brasileños tras el anuncio que habían hecho de que no permitirían a la altura de sus costas el paso de la flota británica y del apoyo militar. Pero pensaba también Rodríguez que la aviación argentina podría salirle al cruce, pues hasta allá alcanzaba la estabilidad de vuelo para emprender un ataque y volver nuevamente a sus bases militares. La cuestión para Rodríguez radicaba en detener a tiempo y en su posición más débil a la armada inglesa e impedirle la llegada a las islas. Y Rodríguez hablaba de –qué verga ni qué verga- de quedarse de brazos cruzados, mientras nos impartía sus clases en el colegio de los maristas donde cursábamos nuestros primeros años del bachillerato. Hablar de la guerra, en cuanta guerra era, digamos, para Rodríguez, un habitué en su Centroamérica de caminos de jaguares, pues la guerra era el curso normal de las cosas en esas encendidas tierras tropicales. Estaba para Rodríguez la guerra con una Nicaragua que se manifestaba en insurrección abierta, para luego sentir el estremecimiento de la emergencia en un despliegue declarado que trascendía en El Salvador que, como tambor batiente, crujía bajo las torrenciales manifestaciones callejeras. A Rodríguez, la guerra de las Malvinas se le cruzó en ese entonces en esa Centroamérica insurrecta, y en nuestra adolescencia prematura. Leía Rodríguez,en nuestras clases del colegio, los titulares de los diarios, “Colombia, el Caín de América” por no estar Bogotá del lado de Argentina, o “Nicaragua, ofrece voluntarios para combatir en las Malvinas”, por la disposición de ayuda de la revolución nicaragüense. En el colegio donde estudiábamos, con los prematuros 14 recién y bien llegados años, estaba Rodríguez, impartiéndonos sus clases de demografía y de cálculo diferencial. A la hora del mediodía, en los viernes soleados, llegaba religiosamente Rodríguez, que de religioso poco y nada tenía a pesar del colegio ser una institución de los maristas. Pero Rodríguez pensaba en la guerra, no tan solo en la que estábamos inmersos y la que, desde los ventanales del colegio, se podía observar, hacia lo lejos, las barricadas que de vez en cuando se armaban pre anunciando nuevas conflagraciones militares, en la guerra ésta, ya no la de las Malvinas. Hablaba Rodríguez que en abril, un pequeño destacamento de los marines británicos intentó resistir inútilmente ante el rescate de las islas por las tropas argentinas. Y que había que prepararse para la guerra. Que un tal Menéndez era proclamado gobernador de las islas, que no importaba que Alexander Haig llegara a Londres para comenzar sus mediaciones, y que la Comunidad Económica Europea se metiera por el culo las sanciones comerciales contra Argentina. Sobre todo esto hablaba Rodríguez, mientras trazaba sus ideas para derrotar a los ingleses antes de la llegada a las islas. Pero la guerra sobrevino sin que ninguna idea de Rodríguez se convirtiera en realidad. Rodríguez hablaba sobre los aviones Harrier y Vulcan cuando atacaban el recién bautizado Puerto Argentino. Pero se incomodaba Rodríguez cuando contaba que el submarino británico Conqueror hundía el crucero General Belgrano fuera de la zona de guerra mientras morían 400 soldados. Ya ven, decía Rodríguez, había que atacarlos a la altura de Río, como diciendo que no importaban las reglas de la guerra. El combate se arreciaba, decía Rodríguez, pues ataques aéreos de aviones Super Etendard con sus misiles Exocet hundían el destructor británico Sheffield con veinte hombres a bordo, y que un avión británico Harrier era derribado. Pero que dos Harrier hundían un buque pesquero argentino, y que el buque de abastecimiento argentino Isla de los Estados era hundido por el Alacrity, mientras 11 aviones argentinos eran destruidos en tierra, y que el buque británico Ardent era hundido por ataques aéreos argentinos. Que se metan por el culo, volvía a decir Rodríguez, cuando comentaba que la cumbre de Versalles apoyaba la posición británica, mientras relataba la trágica batalla de Monte Longdon. Pero leía Rodríguez que nueve aviones argentinos eran derribados, y que el gran destacamento argentino en Puerto Stanley era derrotado. Llegó un momento, en uno de esos tantos viernes del mediodía, que Rodríguez, viendo el desenlace final pre anunciado, ya no le importó la llegada del mes de junio. Rodríguez maldecía a los militares argentinos incapaces de llevar seriamente la guerra misma, no la sucia en la que eran expertos criminales. Había que haberlos bombardeado a la altura de Río de Janeiro, se entristecía Rodríguez. Nuestras clases terminaron, y Rodríguez murió varios años después producto de un cáncer al que no le supo ganar la batalla, haciéndosele trizas la vida sin pensar en más estrategias de guerras y de ver la suya propia vencida en el camino, como en aquellos días soleados de los meses de abril y mayo, haciéndose pedazos.

(1 de abril del 2012)

 
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