A casi 75 años de su muerte, ensayar una lectura de este pensador no resulta estéril. Qué duda cabe de que su relación con la lucha de clases no es la de Lenin, Trotsky o Rosa Luxemburgo. Cuando Benjamin giró al marxismo en la década de 1920, influenciado por la lectura que realiza del Luckacs de “Historia y consciencia de clase”, en un periodo histórico altamente convulsivo, plagado de revoluciones y contrarrevoluciones, tendencias guerreristas y contradicciones económicas; consideró la posibilidad de enrolarse en el Partido Comunista, idea que finalmente no prosperó, en buena medida debido a la decepción que significó para él conocer la URSS (en el marco de su visita a Asja Lacis) a fines de 1926 e inicios de 1927, cuando la burocracia se consolidaba en el naciente Estado obrero.
Sin romper teóricamente con el marxismo, Benjamin permaneció alejado de las controversias en las que se puso en juego todo el desarrollo ulterior de su teoría y su práctica. Sin haber militado en ninguna tendencia política organizada, sin haberse transformado en un intelectual orgánico de la clase obrera y habiendo concentrado su atención en asuntos artísticos y filosóficos, Walter Benjamin resulta ser -para muchos- una figura paradigmática de lo que décadas más tarde Perry Anderson denominaría “marxismo occidental.”
Pero, incluso la inscripción de su pensamiento en el marxismo ha sido cuestionada. Al lado de la escuela materialista que, a decir de Michael Löwy en “Aviso de incendio”, considera que sus formulaciones teológicas deben considerarse como metáforas, una forma exótica que encubre verdades materialistas”, coexisten la “escuela teológica” -para la que el marxismo sería estrictamente “terminología” y la “escuela de la contradicción” -que sostiene que la relación teología/marxismo jamás pudo ser resuelta por W. Benjamin.
A estas escuelas hay que agregar la lectura que hace el propio Löwy de un Benjamin que sería simultáneamente “marxista” y “teólogo”. También la lectura de un Reyes Mate que interpreta a Benjamin, instándonos a agradecer a nuestros abuelos porque gracias a ellos tenemos democracia, o el sinnúmero de lecturas posmodernas que abundan en espacios académicos vinculados al arte y la filosofía. Análisos que en cierto modo, fueron inauguradas en la escena intelectual nacional por el intelectual alemán de madre chilena, Ronald Kay a inicios de la década de 1980, que se sirvió del aparataje conceptual benjaminiano para analizar la producción artística-fotográfica local neovanguardista.
El destino de Walter Benjamin, ¿ha sido la realización del peligro que él mismo advirtió en la tesis VI: prestarse como herramienta de la clase dominante, peligro que según Benjamin amenazaba “lo mismo al patrimonio de la tradición que a quienes han de recibirlo”? La abundancia de lecturas “ascépticas” de Benjamin, constreñidas en campos estrictamente estéticos o filosóficos contribuyen al anquilosamiento de su teoría, inscribiéndolo, por esa vía, en los circuitos que abastecen el mercado cultural-intelectual.
Benjamin sostenía, por el contrario, que en el mismo conocimiento estaba presente la lucha de clases pues el “sujeto del conocimiento histórico es la misma clase oprimida que lucha”, que “en Marx aparece como la útima clase esclavizada, como la clase vengadora, que lleva a su fin la obra de la liberación en nombre de las generaciones de los derrotados” (tesis XII). Según Benjamin, esta conciencia “por breve tiempo tuvo otra vez vigencia en el “Espartaco” ”.
Esta afirmación es sumamente crucial en la comprensión del pensamiento benjaminiano. En ese pasaje, Benjamin se distancia de los que buscan conocer la historia sin asumir una posición de clase. El sujeto que puede conocer la historia es la misma clase oprimida que lucha, no un individuo altamente especializado en “historia”, que realiza una actividad exclusivamente intelectual entre archivos y fuentes. El conocimiento histórico, resulta ser una cuestión vital, y la posibilidad de su realización es fugaz: en los instantes de peligro. Allí el recuerdo irrumpe como un relámpago (tesis VI), allí le sobreviene la imágen del pasado al sujeto histórico.
Es decir, la experiencia de las revoluciones, cuando son las masas explotadas y oprimidas las que recuerdan y elaboran estrategias en presente, a partir de su experiencia pasada hasta hace poco desconocida, como hicieron los obreros rusos en 1917, referenciándose en la revolución rusa de 1905 o en la Comuna de París de 1871, o los trabajadores en Chile, que a inicios de la década de 1970 leían literatura acerca de las revoluciones pasadas y debatían en base a las experiencias revolucionarias en Latinoamérica, Europa o Asia, especialmente luego del surgimiento de los Cordones Industriales, parece corroborar la afirmación benjaminiana acerca del conocimiento. Sin embargo, no hay que confundirse. El conocer no se reduce al “golpe de vista” histórico. Benjamin escribe que al “materialismo histórico le concierne aferrar una imagen del pasado tal como ésta le sobreviene al sujeto histórico en el instante de peligro” (tesis VI).
Aferrar. Sí, es posible aferrar. Si esa imágen queda aferrada por el materialismo histórico, la discontinuidad de la tradición de los oprimidos, el peligro que la amenaza de transformarse en herramienta de la clase dominante, disminuye sus chances de triunfar. Hay que aferrar esa imagen. Para aferrarla, es necesaria la labor del materialismo histórico. En otros términos: la clase obrera y los oprimidos cuentan con una gran arma que les brinda un elemento de continuidad en su devenir histórico signado por la discontinuidad.
Sin embargo, Benjamin no fue más allá. Su materialismo histórico no está asociado a un partido que se proponga enfrentar no sólo a la clase dominante, sino también a las maquinarias socialdemócrata y estalinista, y que busque preservar la tradición de los oprimidos. Aún aludiendo con simpatía a la Liga Espartaco de Rosa Luxemburgo, no terminó de exponer la necesidad de un partido que se proponga continuar los combates del pasado, con el objetivo de vencer. Sólo la tradición del marxismo revolucionario clásico, con figuras como Lenin, Trotsky o Luxemburgo, concluyó que para continuar en la tradición de Espartaco, la Comuna de Paris y los soviets de Petrogrado, es necesario construir una organización partidaria que aspire a conquistar el comunismo. Desde esa tradición leemos a Benjamin. |