Escrita por Erika Halvorsen, Mara Pescio, Martín Vatenberg y Anita Accorsi, Pequeña Victoria llega a una televisión marcada por producciones enlatadas y recetas repetidas. Una historia sobre la maternidad y la familia lejos de los prejuicios y más cerca de un público que ya no quiere escuchar recetas repetidas.
Escuchá acá la columna completa
La serie está protagonizada por cuatro mujeres, Julieta Díaz, Natalie Pérez, Inés Estévez y Mariana Genesio Peña, cuenta la historia del nacimiento de Victoria. El día del nacimiento coinciden las historias de las protagonistas. Bárbara (Natalie Pérez) llega a la clínica para el nacimiento, Selva (Inés Estévez) la lleva en su auto (al que contactó por la plataforma Uber), Jazmín (Julieta Díaz) es la mujer que quiere ser mamá y lo hizo mediante la subrogación de vientre y Emma (Mariana Genesio) es la donante “inesperada” y parte necesaria en este esta historia.
Pequeña Victoria distrae a primera vista y tomó desprevenidas a muchas personas que esperaban un relato edulcorado sobre la maternidad y los lugares comunes que encuentran las producciones televisivas para hablar de algo que es parte de la conversación constante en Argentina.
Lo más interesante de Pequeña Victoria es la “traducción” de los debates del movimiento de mujeres, lesbianas y trans para el prime time televisivo. Telefe, el “canal de la familia”, ya había acusado recibo de ese cambio con Cien días para enamorarse. Esta producción dobla la apuesta y lleva a la pantalla discusiones como la subrogación de vientre, las identidades trans, las feminidades y los condicionamientos que afectan la vida cotidiana de las mujeres.
La respuesta de este lado de la pantalla confirmó la vigencia y el interés por estos debates: casi 18 puntos de rating, que se llevaron puestos “tanques” nacionales como Marcelo Tinelli. La profecía autocumplida de la muerte de la televisión se desarma cuando lo que brilla en la pantalla son historias que hablan de lo que se habla en la mesa, en el laburo o las escuelas.
Mejor no hablar de eso
Otra desmentida interesante de Pequeña Victoria es que los debates que encienden al feminismo y los movimientos LGBT no interesan a las mayorías. En el horario que más recauda en publicidad se puede hablar de maternidad subrogada, del cuerpo de las mujeres, de machismo y sexualidad.
“Lo que se acabó un poco son las terceras en discordias de los melodramas, la cultura de la pureza, que la heroína romántica no sea sexualizada y que tiene que estar enamorada para llegar a la escena de sexo, que la villana sea la única sexuada”, dijo Erika Halvorsen, guionista y creadora de la serie. No exagera, especialmente si observamos con cuidado la grilla nacional (y mucho de la oferta internacional de la televisión por cable y streamming).
La naturalización consiste en que no llame la atención el lugar subordinado, cosificado y sexuado de las mujeres en la pantalla. Cualquier historia que no coloque a las mujeres en ese lugar y, en cambio, les de el protagonismo en otras historias donde son ellas las que hablan, sigue siendo una rara avis. En este contexto, surge otra dificultad con la que lidiar: la excesiva corrección política y la solemnidad. Con destreza y sobre todo con humor, Pequeña Victoria gambetea en este partido con cancha inclinada.
La maternidad subrogada, sin legislación en Argentina alimentó la controversia pero también despertó la curiosidad con un pico de consultas sobre el tema en internet y clínicas privadas dedicadas al tema. La controversia decretó un trato superficial y mercantilizado del tema. Sin embargo, la ficción de Telefé trata con justeza una realidad: la subrogación de vientres está mercantilizada en una sociedad en la que casi todo corre la misma suerte. Sería poco verosímil que fuera de otra forma. Causó molestia el tratamiento de Jazmín como clienta y Bárbara como “carrier” (la persona gestante), pero, ¿es eso lo que más molesto?
Al contrario, la serie invita a un debate vigente sobre la forma que adquiere este problema en las sociedades capitalistas. Mujeres que desean ser madres pero no quieren que eso signifique un alto en su desarrollo profesional y otras mujeres (que no se parecen a las que subrogan –la palabra menos molesta para decir alquilar-) que ponen el cuerpo (porque no están interrumpiendo ningún desarrollo o su posibilidad de hacerlo depende del dinero que conseguirán con esa transacción). Es cierto que existen diferentes realidades y legislaciones, muchos eufemismos y herramientas legales pero en la actualidad, la maternidad subrogada involucra a personas con realidades económicas muy diferentes y las posiciones en esta transacción las suelen encontrar del mismo lado.
El machismo está presente en casi cualquier discusión actual, pero no es moneda corriente que aparezca en la ficción como lo que es, un condicionante para gran parte de las cosas que hacen las personas. Los prejuicios no se esconden y quedan expuestos: Jazmín es juzgada por su decisión, ridiculizada por defender su posición en la empresa, pero queda al desnudo la ausencia de la discusión sobre el sistema que naturaliza que una mujer como ella sí o sí debe desear ser madre, y si lo hace, debe renunciar a su carrera.
Las personas trans, casi ausentes en las ficciones, tienen un lugar destacado lejos de la estigmatización en Pequeña Victoria. Emma es una mujer trans que llega a la vida de mujeres muy diferentes a ella. Su presencia y su historia respiran los debates y las conquistas del movimiento LGBT en Argentina. Sin solemnidad, se habla de lo que representa el DNI, la identidad autopercibida pero también reconocida, y en los primeros episodios vemos también esfuerzos educativos en medio del vacío que deja la ley de Educación Sexual Integral (promulgada pero no aplicada en gran parte de nuestro país).
La casa Diana, donde viven Emma y sus compañeras, hace imposible no recordar a Diana Sacayán, y en ese recuerdo se lee un homenaje a los derechos conquistados. La frase de Susy Shock en la pared “¿Qué soy? ¿Importa? Soy arte” deja abiertas tantas posibilidades como televidentes.
La televisión ensaya esfuerzos para no quedar anacrónica, eso habla de un negocio que no quiere morir pero también habla de un público que ya no quiere seguir viendo historias donde las mujeres son personas que esperan a un príncipe que las salve, quieren ver personas que se parezcan más a ellas las que están de este lado de la pantalla. |