El anuncio de Obama marca el fin a una política establecida en el punto más álgido de la guerra fría. En 1982 Ronald Reagan decidió incluir a Cuba en la lista de “Estados patrocinadores del terrorismo”.
El estrangulamiento económico y el aislamiento diplomático fueron la herramienta de contención que el gobierno estadounidense utilizó para debilitar al régimen cubano. Con la Unión Soviética todavía en pie, la isla caribeña a sólo 150 km de Florida era vista con recelo.
La Casa Blanca dijo el martes que el presidente Barack Obama decidió retirar a Cuba de la lista, una decisión que se enmarca en el acercamiento que vienen protagonizando Washington y La Habana. La medida es un requisito fundamental para permitir el flujo de inversiones hacia la isla, y al mismo tiempo abriría la puerta para que las instituciones financieras internacionales, como el FMI o el Banco Mundial, otorguen préstamos a La Habana.
Aunque ambos países han logrado avances hacia la apertura formal de embajadas, todavía no se ha alcanzado este punto de acuerdo, que significaría la completa normalización de las relaciones diplomáticas.
En el contexto de una vertiginosa apertura del régimen cubano hacia el comercio internacional, la decisión del gobierno estadounidense es un escalón más. La burocracia castrista viene tomando decisiones claves para la apertura económica, utilizando la estructura de las FFAA para gestionar las empresas del estado y administrar la inversión extranjera, cada vez más importante. El capitalismo internacional no puede menos que abrirle el camino.
Hoy la burocracia Castrista ha dado pasos firmes hacia una restauración capitalista. La eliminación de medio millón de empleos estatales iniciada hace 5 años fue acompañada por un crecimiento equivalente en el sector “cuentapropista”. Paralelamente, las inversiones extranjeras se han multiplicado. En este sentido, la cumbre de las Américas fue el escenario donde Cuba presentó un portfolio de proyectos de inversión por 8.710 millones de dólares.
De este flujo de capital se benefician los integrantes de la casta política gobernante y los inversores extranjeros. El pueblo cubano, en cambio, sufre los embates contra las conquistas alcanzadas como producto de la revolución de 1959. Ante la fuerte inversión de capitales canadienses, españoles y más recientemente brasileños, Estados Unidos quiere ser parte del festín. Dicho por el propio Obama, la política de aislamiento ya no sirve más a sus intereses. Una cooperación entre los dos países rendiría frutos tanto al capitalismo imperialista yanqui como a la burocracia castrista, erigida como agente de una transición ordenada.
Política externa e interna
Esto no significa que haya un acuerdo general en el giro diplomático yanqui. Los representantes más conservadores del partido republicano ya pusieron el grito en el cielo y anunciaron su oposición al proyecto de Obama. El rechazo a restablecer la normalidad diplomática con Cuba proviene especialmente de los políticos cubano-estadounidenses, representantes y descendientes de la élite exiliada luego de la revolución, conocidos como “gusanos”.
La política internacional ha sido uno de los puntos más flacos del segundo mandato de Obama. El acercamiento hacia Cuba debe entenderse en el marco de un intento por restablecer un equilibrio de fuerzas favorable en la región latinoamericana. Además, junto con la apuesta a cerrar un pacto de no proliferación nuclear con Irán, serán trofeos que utilizarán para revertir la imagen negativa de los demócratas en el plano de la política externa.
Este es sólo uno de los puntos críticos que el partido demócrata intenta resolver luego de la abrumadora derrota en las elecciones de medio término, ya lanzada la campaña electoral de Hilary Clinton. Los mayores desafíos, sin embargo, serán los internos: las protestas contra la brutalidad policial, la falta de respuesta a la problemática de los trabajadores migrantes, y un resurgimiento incipiente de la conflictividad obrera en el sector de bajos salarios. |