A comienzos de este año estallaba la crisis y expansión del SARS-CoV-2, que ha afectado ya a 97.000 personas, la mayoría en China. Debido a ello, este país a impuesto ciertas medidas restrictivas sobre la población y la actividad económica, provocando que las principales ciudades se conviertan en virtuales “ciudades fantasmas”, sin apenas personas en las calles y con una reducción considerable de la actividad industrial y de plantas de energía. Pero esta vez no vamos a hablar del coronavirus, sino de unas consecuencias temporales en las que no habíamos reparado hasta ahora.
Y es que esta crisis no trae solo problemas de salud o económicos. La parte “buena” del brote de Wuhan es la notable reducción de la emisión de gases contaminantes en todo el país debido a estas restricciones, y no solo en los llamados gases de efecto invernadero.
Menos actividad industrial y generación de energía, menos contaminación
En el caso del CO2 (dióxido de carbono) principal gas de efecto invernadero, los datos reflejan que su emisión en China está disminuyendo en un cuarto comparado con años anteriores, lo que serían alrededor de 200 millones de toneladas de CO2 menos desde el inicio de la crisis. Una enorme diferencia claramente ocasionada por la reducción de actividad industrial y, por consiguiente, de la actividad en las centrales termoeléctricas basadas en el carbón (un 36% menos de actividad). Otra de las razones de esta disminución es la menor cantidad de vuelos comerciales y de actividad de refinado de petróleo, también debido al temor al contagio por coronavirus.
Por otra parte, el NO2 (dióxido de nitrógeno) es otro de los gases que se han reducido últimamente y de los que tenemos datos. Hace unos días, la Nasa publicaba imágenes de sus satélites de monitoreo de contaminación, en las que se puede observar la enorme diferencia de emisión de este gas tóxico. Una disminución que impresionó a los propios científicos: "Esta es la primera vez que veo una caída tan dramática en un área tan amplia para un evento específico", dijo Fei Liu, investigadora de calidad del aire en la NASA.
El NO2 es un gas tóxico que al inhalarse afecta al tracto respiratorio, sobre todo en niños, y es uno de los gases formadores de la lluvia ácida. Su reducción es debido a que lo producen principalmente los automóviles y en plantas de energía.
Pero estas buenas noticias son solo temporales y, desgraciadamente, insuficientes. Podemos observarlo ahora mismo en la ciudad de Beijing, donde a pesar de que la contaminación ambiental haya disminuido, no se ha podido evitar que lleve varios días consecutivos con niveles de calidad de aire “muy poco saludables”, con valores de hasta 10 veces lo recomendado por la OMS.
Coronavirus, capitalismo y cambio climático
Más allá de la ironía de esta situación en que las restricciones impuestas por el gobierno chino ante el brote del virus COVID-19 está generando una mejora coyuntural de la calidad del aire en China, la realidad es que los cambios ambientales descritos son sólo temporales y desaparecerán una vez se supere la emergencia y se reanude normalmente la actividad económica del gigante chino. Por ello, están lejos de poder revertir décadas de emisiones generadoras del cambio climático y dañinas para el ambiente y la salud de la población tanto china como mundial.
Que una epidemia actúe, de una manera monstruosa, como “reguladora” de la crisis ambiental generada por el sistema capitalista, da cuenta de la absoluta irracionalidad del sistema en que vivimos. Un sistema que, no olvidemos, en el siglo XX desató dos guerras mundiales entre potencias imperialistas por el reparto del mundo, cuyo nivel de destrucción de fuerzas productivas -empezando por millones de trabajadores y trabajadoras- estuvo en la base de su recuperación en la segunda posguerra.
El capitalismo es responsable de la emisión de gases contaminantes que llegan a matar hasta 10.000 personas en un año, muchos más que casi cualquier epidemia. Estas y muchas otras son las consecuencias, también monstruosas, del funcionamiento “normal” de un sistema cimentado en un modelo de producción, energético y de transporte que destruye el planeta a expensas de sus habitantes. Como sostiene el ambientólogo Marc Cerdà en una entrevista para Izquierda Diario: "Son las contradicciones entre capital y natura las que nos conducen a un colapso socioecológico planetario".
Una de las trágicas lecciones de esta crisis es, como dice Yayo Herrero en un artículo publicado en CTXT, “cuanto de forma más veloz se destruyen y se ponen en riesgo las bases materiales que sostienen la vida, más sanas están las economías”. O dicho a la inversa, cuando la economía capitalista funciona normalmente, el planeta que habitamos y la vida en general es amenazada y destruida de manera constante y sostenida; mientras que en los momentos de crisis como esta “podemos respirar”.
El coronavirus no nos va a matar a todos. Pero si nos quedamos de brazos cruzados ante la crisis ambiental global generada por la irracionalidad capitalista, el futuro es mucho peor que las consecuencias de esta epidemia.
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