Corría el año 1904. El territorio argentino era una semi - colonia que enriquecía a una podrida oligarquía terrateniente, sirviente del capital imperialista inglés.
Al frente de la presidencia se encontraba nada menos que Julio Argentino Roca, uno de los grandes genocidas de nuestra historia; el encargado de la “campaña del desierto”, nombre con que se denominó al exterminio de decenas de miles de pobladores originarios. Roca, entre otras cosas tuvo el “mérito” de haber restablecido legalmente la esclavitud, y de haber respondido con la represión abierta a las luchas de los trabajadores.
La clase obrera venía entrando a escena de la mano de los cientos de miles de inmigrantes que cruzaban el océano hacinados en barcos, huyendo del hambre. Hacían andar el ferrocarril, el puerto, el comercio, los barcos, los frigoríficos y una producción en pequeños talleres que, en general, sólo servía de complemento a la actividad agropecuaria, que alimentaba y vestía a Europa. Comenzaban a surgir las primeras grandes fábricas como la alimenticia Bagley o la Fábrica Argentina de Alpargatas.
Las condiciones de existencia de esa joven clase obrera eran infrahumanas. Con jornadas que llegaban a las 18 horas, y salarios que apenas alcanzaban para lograr la mera subsistencia. En el caso de las mujeres y los niños, el jornal era siempre menor. El “sobrante” de los contingentes inmigrantes era empleado como peón “golondrina” en trabajos temporales en el campo.
Sin embargo, la pesadilla no terminaba al salir del trabajo. Los conventillos, lejos de la idea “pintoresca” que se tiene, eran miserables focos infecciosos. Como decía un informe de la época : “el conjunto de piezas, más que asemejarse a habitaciones, cualquiera diría que son palomares”. En esos “infiernos”, que amontonaban 100 o 150 personas cada uno, “el ejército de chicuelos en eterna algarabía no cesan en su gritería, mientras los más pequeñuelos, semidesnudos y harapientos, cruzan por el patio recogiendo y llevando a sus bocas cuanto residuo hallan a mano…”.
El movimiento obrero, y el primer desaparecido de la historia nacional
En ese contexto, difícil era contener a un movimiento obrero combativo, en ascenso, en el que se expandían como un reguero de pólvora las ideas anarquistas y socialistas, importadas sin querer en los transatlánticos. Hace pocos años habían tenido lugar las primeras huelgas, sectoriales y generales. Se multiplicaba la organización en gremios, contra a un régimen fraudulento y represivo, que nada tenía para ofrecer a quienes venían de dejarlo todo.
En respuesta a esa emergencia el régimen impone la “Ley de Residencia”, para extraer del seno del movimiento obrero a los principales “agitadores” y deportarlos a sus países de origen.
El movimiento huelguístico conoció durante el año un auge sin precedentes. Las huelgas ya no sólo ocupaban el centro de la escena en la Capital, sino que se extendían por el interior del país (Tucumán, Santiago del Estero, Córdoba, etc.).
En ese ambiente caldeado, como relata Osvaldo Bayer, es que el 1º de mayo de 1904 se reúnen unos 70.000 obreros en el barrio de La Boca. Muchos de ellos hacían flamear sus banderas rojas. El reclamo era el mismo que habían encarnado 18 años atrás los obreros de Chicago, y por el que habían sido condenados a la horca George Engel, Adolf Fischer, Albert Parsons, Auguste Spies y Louis Linng: la jornada laboral de 8 horas. 70.000 obreros, en una Buenos Aires de unos 800 mil habitantes.
“Ese acto se hizo a pesar que estaba prohibido por la policía y como se trataba de un 1° de mayo, ese día los obreros debían trabajar y si faltaban a sus tareas eran dejados cesantes por la patronal. Como se presumía, el acto fue atacado por la policía y se produjo el primer mártir de los obreros de Buenos Aires, el marinero Juan Ocampo, que fue muerto a balazos por la policía. El cadáver del joven marinero fue llevado por sus propios compañeros al local del diario anarquista “La Protesta” y velado allí.”.
Los relatos indican que fueron miles los que acompañaron el cuerpo sin vida del joven de 18 años, cargado en hombros por sus compañeros. Los obreros cantaban el himno anarquista Hijos del Pueblo. Las mujeres improvisaban ramos de flores. Después de ser velado, esa misma noche: “Roca mandó a la policía, que cuando llega destruye todo, y se lleva el cadáver de Juan Ocampo. Fue el primer desaparecido de la historia argentina”.
Por la revancha histórica
La estatua más grande de Buenos Aires, y la mejor ubicada (apuntando a la Rosada), recuerda a Roca como uno de los mayores héroes nacionales. Para Juan Ocampo no hay ni una línea en los libros de historia oficiales. Las condiciones de trabajo y de vida no son idénticas que hace 100 años. Pero ese monumento es un símbolo de la explotación y opresión que hasta hoy estructuran el conjunto de nuestra sociedad.
Se nos quiere convencer de que este sistema en crisis, que riega sangre en guerras, azota con hambre y ajustes, es lo máximo a lo que podemos aspirar. Pero en pleno siglo XXI, siguen muriendo cientos de africanos en el mar Mediterráneo, huyendo como los europeos de comienzos del siglo XX. Miles de compañeros inmigrantes de países limítrofes trabajan en nuestro país 18 horas, y hasta niños de 7 y 10 mueren calcinados en los propios talleres clandestinos donde trabajan esclavizados sus padres, como sucedió en Flores.
Mientras los capitalistas amasan fortunas históricas, gran parte de los trabajadores siguen dejando cada día más horas “extras” en las fábricas, precarizados en las empresas para llegar a fin de mes. En Argentina mueren tres trabajadores por día en “accidentes” provocados por la codicia patronal. El trabajo infantil se multiplica en el campo. Son millones los que sobreviven en los nuevos conventillos que son las villas miseria.
Los grandes genocidas que se reunían en el Jockey Club o la SRA, fueron los antecesores de esta burguesía “nacional” que no dudó en aliarse al imperialismo y golpear las puertas de los cuarteles en los ’70, para ahogar lo que iba a ser una revolución. Es esa clase, la responsable del último genocidio, la que nos propone un “capitalismo en serio”, pero no resuelve ninguno de los problemas estructurales del pueblo. Si hasta una lluvia puede causar la muerte. Una clase tan subordinada al imperialismo, que le permite saquear todos los recursos estratégicos, con tal que ellos también ganen; y tan perversa, que hace pasar la negociación de las migajas que quedan por “gesta nacional”.
Hoy el movimiento obrero, salvando las distancias, vuelve a darle dolores de cabeza a los capitalistas alrededor del globo. Con huelgas generales, enfrentamientos, y nuevos mártires. La crisis económica muestra el estancamiento de este sistema inmundo, que para salir de sus contradicciones propone más barbarie. Pero da paso a la resistencia. Los que militamos, sin fronteras, para forjar el partido de los esclavos insurrectos, y no por emparchar este sistema, rescatamos lo más avanzado de una clase obrera que supo dar inmensas batallas, derrotando a la burguesía en algunos casos, sufriendo derrotas en otros. Pero siempre dejando lecciones para que las futuras generaciones de jóvenes obreros no partieran de cero en la lucha contra nuestros enemigos.
Será nuestra tarea que las 8 horas sean algún día una anticuada conquista. Nuestros mártires serán honrados, no con estatuas, sino con una sociedad nueva, en la que la miseria y explotación del hombre por el hombre, sean cosa de los libros de historia. |