La distopía es lo contrario de la utopía, en ella se crean mundos futuros, tomando tendencias del contemporáneo y se advierte sobre determinado peligro que nos acecha de seguir el mismo rumbo. La literatura ha trabajado mucho este género, “1984” de Orwell y “Un mundo feliz” de Huxley son las obras más emblemáticas. El cine también lo ha hecho, basta nombrar la recientemente nominada al Oscar “Her” o la genial “Brazil” (1985) del mismo Terry Gilliam.
“Un mundo conectado”, traducción bastante libre y chata del título original “The Zero Theorem”, es una distopía y por tanto un potencial ejercicio de imaginación. ¿Qué mundo presenta Gilliam en su nueva película? Uno donde domina la falta de sentido: la fe ya no es más que una iglesia en ruinas, la ciencia está dominada por LA Corporación, el Estado ausente y los ciudadanos estupidizados.
El protagonista, Qohen Leth, es un hombre gris (que contrasta con el colorido mundo exterior) que trabaja para la Corporación y a quien le encomiendan la imposible tarea de resolver un complejo teorema. Qohen, quien habita una capilla abandonada, se halla incómodo con la sociedad en la cual vive, y se encuentra a la espera de un misterioso llamado (del cual no sabemos nada) que le dará sentido a su existencia.
Mientras trabaja día y noche intentando cumplir las metas que le dispone la Corporación, Qohen es visitado por distintos personajes: principalmente una prostituta con quien se enamora y el hijo del Director de la Corporación a quien su padre no le brinda afecto. Es junto a ellos que se descubre como sujeto y será conducido por sus pérdidas que intentará liberarse.
Como se ve y más allá de situar la acción en un no-tiempo, “Un mundo conectado” se propone el ambicioso objetivo de interrogarnos sobre el sentido de nuestra existencia en un mundo dominado por las empresas y la falta de comunicación entre la humanidad. Sin embargo, la película no logra conmovernos ni descubrirnos un aspecto novedoso sobre el problema. El film nos deja la sensación de estar viendo una película que ya hemos visto varias veces y la libertad poética del género distópico se transforma en una gris fórmula que pudo haber sido elaborada en la mismísima Corporación. Ni Qohen, ni la prostituta, ni el joven, logran construirse en su humana ambigüedad, sino que transitan en la película siguiendo un guión preestablecido.
Si bien visualmente la película puede cautivarnos, y por momentos algunas decisiones estéticas ser atractivas (como elegir vestuario contemporáneo para los personajes con los que Gilliam quiere generar empatía); eso no logra suplir las deficiencias de una construcción dramática que parece privilegiar la necesidad del autor por subrayar lo que él nos quiere transmitir por sobre la “verdad” de los personajes que pone en escena. Obrando así, el resultado no puede sino dejarnos una imagen falsa. |