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La Izquierda Diario
14 de marzo de 2020 Twitter Faceboock

Tribuna Abierta
Así se vive la cuarentena: testimonio desde Italia
Sofia D’Alesio | Desde Italia

El coronavirus obligó a toda una nación a permanecer en casa. En tanto decretan la cuarentena, el gobierno no toma medidas para abastecer a toda la población y entregar de forma gratuita productos elementales. Así se vive desde el sur del país.

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Habituada a los ruidos de los autos que atraviesan todos los días mi ventana, esta mañana está mucho más silenciosa. De pronto escucho los pájaros cantar más fuerte que nunca. Se siente que las cosas cambiaron. No hay nadie en la calle porque está prohibido. La situación es seria y estamos empezando a entenderlo.

Desde el 9 de marzo, el gobierno de Italia decidió tomar medidas más extremas para frenar la propagación del Coronavirus. Pusieron a todo el país en cuarentena hasta el 3 de abril, es decir, hay que estar en la calle lo menos posible y hay normas que respetar: en lugares públicos hay que mantener un metro de distancia. A los supermercados se entra por turnos para evitar amontonamientos. Nadie puede estar por la calle sin un motivo válido. Los negocios no esenciales deben permanecer cerrados.

Algunos, especialmente empleados de farmacias y supermercados, deben asistir normalmente a sus puestos de trabajo. Los demás, en casa. Se nos permite salir a hacer las compras, pero para cada movimiento que efectuamos, tenemos que tener con nosotros un certificado que completamos con información del lugar al que vamos, desde dónde y la razón. La policía te para en la calle para saber qué estás haciendo. Si no encuentran motivo válido, uno corre el riesgo de recibir una multa.

No podemos trabajar, tampoco sabemos si nos van a pagar. Las respuestas de nuestros jefes son inciertas. “Esperamos las nuevas noticias para poder hablar con ustedes”, dicen. “Están especulando”, pienso. ¿Qué harán desde el gobierno para amparar a los trabajadores, especialmente aquellos que están en negro? ¿Realmente van a dejar a todos a la deriva? Seguimos esperando algún decreto que ampare a los asalariados, que no nos abandone en este momento.

Pero no puedo hacer nada más que pensar, la incertidumbre me invade y mientras sigo encerrada en mi casa. No puedo trabajar porque no me dejan, no porque no quiero, pero las próximas semanas capaz que no perciba mi sueldo, no voy a poder pagar mis cuentas o mi alquiler. Me da miedo no saber el futuro de mi situación ni la de mi hermana.

Abro Instagram y veo que la municipalidad de mi ciudad decidió ponerse más estricta: prisión domiciliaria y multas para aquellos que decidan incumplir la cuarentena para salir a pasear o sacar al perro a caminar.

Todavía hace frío en Sorrento. Entran rayitos de sol por la puerta abierta, pero hasta mayo no vamos a sentir el calor característico del sur de Italia. Así que tomo medicinas para reforzar mi sistema inmunológico, me lavo las manos, uso mucho alcohol, no toco cosas en lugares públicos. No quiero poner en riesgo mi salud ni la de las personas que están conmigo. No hay información oficial creíble de cómo avanza el virus y cuántas son las víctimas afectadas. Se habla de 13.000.

Ahora un poco de Monopoly para pasar el tiempo. Después preparamos algo de comer, pero son las 11 de la mañana. Estoy un poco confundida con los tiempos, ya todos los días parecen iguales. Algo tenemos que hacer.

Leo las noticias. Hoy hubo 250 muertos más. Me asusto y me pongo a limpiar mi casa. Paredes y pisos con lavandina y alcohol. Nadie puede entrar con los zapatos que usó para caminar por la calle. Le pido a mi hermana que se lave las manos cada media hora. Entre estas paredes estamos protegidas o, al menos, eso elijo creer.

El reloj parece que no se mueve y todavía faltan 20 días de cuarentena. Abro Facebook y me encuentro con el video de un hombre de Nápoles desesperado, pidiendo ayuda para que alguien vaya a su casa a retirar el cuerpo muerto de su hermana de 47 años, víctima del Covid-19. Llora y yo lloro con él. Se salió todo de control, pero en Twitter algunos usuarios vuelven a escribir que el mundo está paranoico y que todos estamos alarmados por una simple “gripe”. Me agarro la cabeza.

Me aconsejan que vaya a hacer compras, que llene mi heladera por si las cosas empeoran. Hago una lista con los esenciales, me saco el pijama para ponerme ropa un poco más presentable y salgo al supermercado más grande de Sorrento, que está a solo 10 minutos a pie de mi casa. Dentro hay poca gente y varias góndolas vacías. Ya no quedan servilletas ni papel higiénico. Hay escasas frutas y verduras, casi nada de pastas y arroz y los productos en oferta se terminaron. El gobierno había asegurado que no había desabastecimiento de alimentos, que se iban a encargar de que todo siga funcionando normalmente. Ahora dudo de eso.

En la calle todo está desierto, nadie está caminando como yo. Me siento sola. La situación parece salida de una película apocalíptica. Todavía es temprano, pero sé que después de las 18 h, los policías y carabinieris se ponen más firmes y no dejan que nadie esté por la calle sin motivos realmente válidos o por emergencias. “Parece que hay toque de queda”, dice un amigo.

Vuelvo a mi casa y organizo los productos que traje del supermercado y me quedo sin cosas para hacer. Mi televisión no funciona y, por un lado, agradezco. No se escuchan ruidos.

Entre tanto silencio pienso en mi Argentina. ¿Estarán preparados y alertas para combatir esta pandemia? ¿Se estarán tomando las precauciones correspondientes? ¿La gente habrá empezado a cuidarse y tomar consciencia de la gravedad? No quiero que pasen lo que estamos viviendo acá.

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