La última pregunta, que por supuesto no puedo dejar de hacerte, tiene que ver con tu país: con “los 43” desaparecidos de Ayotzinapa. ¿Cuál es tu visión de los hechos, y cómo se ve hoy la situación, después de tanto tiempo?
Lo que se percibe en México es un vacío, una inexistencia del poder. Ya no sabemos quiénes nos gobiernan: si los cárteles de la droga, a través de su sistemático trabajo de corrupción (en los niveles policíacos más inferiores, en los municipios, en los pequeños pueblos), o los que deberían gobernarnos desde el Estado. Todo está tan contaminado, corrupto, que a la política ya no solamente se descree de ella sino que se [le] teme, porque es finalmente a través de los políticos corruptos donde se canaliza el mayor número de violencia que provocan tragedias como esta. Y después, las investigaciones, que nunca llegan a nada, como en el caso del fiscal argentino –que no sabemos todavía si fue suicidio o…
Vivimos en una época donde ante la clonación y la investigación, la gran comunicación, sabemos cada vez menos las cosas importantes que deberíamos saber. Entonces, en ese sentido es una cuestión mundial. Pero en México, claro, agravada por el poder de la droga, que no es solo de la droga: ya la delincuencia se ha diversificado bastante como para que, si supusiéramos que resolvemos el problema de la droga, a través de la despenalización, de todos modos estos grupos de delincuentes ya tienen otra serie de actividades que aquí (y en el mundo) imagino que son más redituables que la propia droga: tráfico de personas, de órganos, secuestros, o, por ejemplo, imposición de tributos a los pequeños comercios.
Entonces, en la Ciudad de México se vive una relativa tranquilidad (ha sido tradicionalmente una ciudad muy violenta e insegura), frente al resto del país que es realmente muy inseguro. No en todos los Estados, pero en muchos de una manera así tajante de que la gente ya no sale después de las siete de la tarde porque tiene miedo de cruzarse con una balacera… Es un momento muy difícil. Pero lo más trágico es eso: la gente no sabe hacia dónde voltear. Si esas fueran víctimas de una guerra civil –por decir–, donde los dos bandos está claramente alineados, bueno, es una tragedia, pero se entiende qué está pasando. Pero frente a este desorden la gente está completamente desamparada. Porque no tiene interpretaciones. ¡Y surgen las teorías de las conspiraciones!, que añaden más confusión, más intranquilidad.
Por el rol de los medios de comunicación.
Desde que empezó la violencia incluso todo el mundo tiene una anécdota personal que contar. Hay una voluntad general: “Ya no contemos estas cosas”. No puede ser que nos reunimos a comer y: “Ayer…”. Ya la gente está harta. ¡Porque son historias reales! Pero no se puede vivir todo el tiempo con malas noticias. Ha sido tal el alud de malas historias que la gente ya está cansada de escucharlas. Entonces hay muchas veces como una especie de tácito acuerdo: “¡Hoy no hablemos de lo que pasó ayer!”.
Lo interesante es ver cómo eso después pueda afectar la escritura, pero no de una manera explícita, sino de una manera indirecta, que simplemente lo hace. Por ejemplo: hay muchas novelas sobre narcotráfico en México; me parece lo menos interesante. Algunas son buenas; digamos, son mejores. Pero en general ese afán de reflejar inmediatamente esta violencia, es una especie de obligación moral malentendida. Yo creo que uno puede escribir sonetos… Les voy a dar un caso extremo: que encierren esa violencia en la sintaxis, en la forma de la rima, aunque hablen de “mi amada, linda, yo te traigo flores”, y sin embargo se sienta que es un soneto torturado; yo creo que eso refleja de una manera más profunda [lo] que uno percibe alrededor, que un texto que explícitamente hable de la violencia. |