La crisis del COVID-19, como todos sabemos, desató inmensas consecuencias tanto económicas como sociales. Muchos trabajadores tienen que seguir asistiendo a sus puestos de trabajo considerados esenciales, mientras que el resto de los asalariados -en teoría- gozan de sus sueldos estando en sus casas. Aquí es donde se abre el dilema. ¿Todos los trabajadores están en la misma situación? ¿Quiénes pueden quedarse en sus casas y quiénes no? ¿Y en qué condiciones?
La realidad de las trabajadoras domésticas asalariadas
En la Argentina el trabajo precario abarca a casi 5 millones de personas, del cual el 58% son mujeres dentro de la extrema precarización, trabajo no registrado, contratos basura o salarios de miseria.
Para dar números concretos, según la Encuesta Permanente de Hogares del INDEC son 877.583 personas las que componen al sector del servicio doméstico, siendo que la tasa de feminización de esta rama llega al 96,5%, es decir, una de cada 6 ocupadas en Argentina trabaja limpiando casas particulares asalariadamente. No hay nada biológico que determine que las mujeres son "mejores" limpiando que los varones, sin embargo, históricamente se nos asignó ese rol, el de reproducir la fuerza de trabajo. ¿Qué significa esto? significa que las mujeres realizan las tareas necesarias para garantizar el cuidado, bienestar y supervivencia de las personas que componen el hogar (de forma no remunerada) de la clase trabajadora. Mientras que el trabajo productivo (vinculado al que se realiza en el mercado y de manera remunerada), aparece asociado a los varones.
Dentro del conjunto de las asalariadas en general, un 36% no están registradas. Pero más espeluznante aún son los derechos laborales que (no) tienen las trabajadoras domésticas de casas particulares. Puede observarse que la problemática es particularmente incisiva en este sector: según el Ministerio de Economía en base a datos del año 2019 del INDEC, un 72,4% no percibe aporte jubilatorio, un 69,2% no percibe vacaciones pagas, un 68% no recibe aguinaldos, un 72% no percibe el pago en caso de enfermedad, y un 72,6% no cuenta con obra social. Es decir, que la mayoría de las empleadas domésticas no tienen derechos laborales básicos. Y ni hablar de su salario, el promedio que perciben es de $8.167 (mientras la ley fija el salario de este sector en $16.515 mensuales). En otras palabras, estas mujeres cobran prácticamente la mitad de un salario mínimo, vital y móvil, constituyéndose en las trabajadoras más pobres de toda la economía.
Si observamos la edad de estas trabajadoras, podemos ver que hay un 5,4% que continúa trabajando a pesar de haber superado los 65 años. Un dato muy grave, ligado a la falta de aporte jubilatorio. Pero también existe un sector de jóvenes menor a 30 años que compone el 16,6%, es decir, 150 mil jóvenes que tuvieron que salir a hacer “changas” porque seguramente no llegaban a fin de mes y se toparon con esta extrema precarización.
Aún más, si se hace una comparación entre cantidad de trabajadores por rama y los ingresos de éstos, podemos observar que es el sector menos pago de la economía y con más informalidad.
Grafico 1: El servicio doméstico se encuentra entre los cinco trabajos con mayor cantidad de personas.
Grafico 2: La actividad pública, defensa y seguridad social cobran el triple de lo que cobran las trabajadoras domésticas remuneradas.
Grafico 3: El servicio doméstico se lleva el primer puesto para la mayor proporción de trabajo informal dentro de sus asalariades.
Estos son los datos de la cruda realidad que se les ofrece a estas mujeres, sometidas a una doble opresión: son explotadas y marginadas por ser mujeres, pobres y en una gran parte inmigrantes. Considerando que casi un 20% ha migrado de provincia y un 10% de un país limítrofe (dentro de la población en general estos porcentajes se reducen a 12% y 3,5% respectivamente). En efecto, las personas migrantes se encuentran sobrerrepresentadas en este sector.
Pero ¿quiénes limpian en los hogares de las que limpian? Efectivamente, lo hacen ellas mismas en una gran parte. Mientras tienen que ir a trabajar por un salario de miseria, vuelven a sus casas y su jornada laboral se ve aumentada, ya que casi un 75% de las trabajadoras domésticas asalariadas son también las que están a cargo de la realización de las tareas de limpieza en sus hogares de manera no remunerada. Según la Encuesta sobre Trabajo No Remunerado y Uso del Tiempo (EAHU-INDEC, 2013) el 88,9% de las mujeres en general se ocupan de las llamadas “tareas del cuidado” en sus hogares, y dedican a este tipo de labores un promedio de 6,4 horas semanales.
Cuarentena para quién
Con respecto a estos días de distanciamiento social que estamos viviendo, cabe preguntarse qué franjas de la sociedad son las que pueden quedarse en sus casas. Sabemos que limpiarle las casas a los ricos no es una tarea esencial, sin embargo, la cuarentena para un sector de las trabajadoras domésticas no existió. Los empleadores, aprovechándose de que el cuidado de personas sí es necesario y está avalado por el gobierno, obligan a que las trabajadoras domésticas trabajen y limpien igual.
Aquí se abre la brecha entre querer resguardarse del virus y cumplir la cuarentena o tener que ir a trabajar. Las trabajadoras domésticas ¿pueden elegir? Usamos la palabra "obligar", porque sabemos que si estas mujeres, al no estar registradas, no asisten a sus puestos de trabajo, no pueden tener un plato de comida en la mesa. Esta cuarentena develó la situación de extrema precarización y trabajo -mal llamado- “en negro” de miles, dejó al descubierto que existen demasiadas personas que tienen que salir de sus casas igual porque sino no se come. Entonces, ¿cuarentena para quién?
Este estado de las cosas puede corroborarse fácilmente con la realidad. Son muchos los casos que se ven en las redes de empleadas domésticas siendo sometidas a asistir a sus trabajos y a la humillación. Veamos el más famoso: el caso de Catherine Fulop. La actriz subió un video a sus redes donde se puede ver a su empleada doméstica "encerrada" (como dice ella) en la casa de la modelo. Pero esta trabajadora no está "pasando la cuarentena" con Catherine, está trabajando.
Mientras la muestra como un objeto más de su inmensa casa y se atreve a hacer un chiste sobre su color de piel…le dice “pobre” Juanita, probablemente sea cierto pero también esa palabra puede darnos a entender que Juanita no eligió a voluntad quedarse ahí, quizás porque no pudo irse, o no la dejaron, entonces ese “pobre” habla de un “padecimiento” de Juanita que no puede como Catherine, quedarse en su casa. Esta trabajadora debería estar en su hogar resguardada y cobrando su sueldo como cualquier trabajador no esencial, pero la famosa fue tan descarada de publicarlo en sus redes igual. ¿Es tan difícil, es caer muy bajo, limpiar sus propios pisos, hacer sus camas, cocinar su comida? Parece que estos ricachones no pueden hacerlo ellos mismos, pero tiene más importancia que sus mansiones estén limpias que la salud de las trabajadoras.
Otro caso aberrante es el de Tandil, donde un empresario intentó entrar a un country con su empleada doméstica en el baúl. Siguiendo la tónica, en Uruguay una empresaria textil contagió de manera intencional a su empleada doméstica. La dueña de la firma Hontou, infectada con el coronavirus, “persuadió” a la trabajadora para que siga realizando las tareas de limpieza. Luego de exponerla al contagio, la trabajadora dio positivo en el test de COVID-19.
Además hay decenas de relatos de trabajadoras domésticas de Nordelta que cuentan cómo quedaron atrapadas en las casas de sus patronas, o que las obligan a ir con certificados de circulación truchos. Se las expone a contagiarlas (siendo que la mayoría de los patrones viajan al exterior) y no les garantizan las mínimas condiciones de seguridad e higiene. Mientras tanto el sindicato Unión Personal Auxiliar de Casas Particulares (UPACP) sigue brillando por su ausencia.
Obligar a una trabajadora a encerrarse en el baúl de un auto para cumplir con la exigencia de su patrón o contagiarla intencionalmente de coronavirus, sin importar su salud, su integridad física o su situación particular económica y familiar, demuestra que esta clase no tiene nada más que desprecio para ofrecer. Son los mismos que obligan a producir en sus fábricas a miles de trabajadores no esenciales para mantener sus ganancias.
Así, la realidad de unos pocos se contrapone absolutamente a la realidad concreta de miles. Mientras los ricos y famosos cuentan lo bien que la están pasando con todas las comodidades y condiciones para hacerlo, miles sufren la precariedad.
Por eso, el privilegio de poder decir #yomequedoencasa y no perder el trabajo ni sufrir luego la falta de dinero para alimentos y remedios, no es un privilegio que tengan las trabajadoras domésticas ni tampoco las cientos de miles de trabajadoras no registradas en los distintos rubros o desempleadas que hacen changas.
Es necesario terminar con el trabajo precario, que todas las trabajadoras y trabajadores estemos en blanco, que cobremos un salario igual a la canasta básica familiar, y que se garanticen todos nuestros derechos para terminar con la precarización y la discriminación laboral. Prohibición de despidos efectivo ya y un salario de cuarentena de 30 mil pesos para todes quienes no tengan trabajo o no puedan ir a trabajar, son algunas de las medidas que propone la izquierda. |