La localidad de San Nicolás vive las horas de máxima tensión desde el inicio de la pandemia del COVID-19. Es que las instalaciones sanitarias están al borde del colapso, mientras la curva de infectados continúa su ascenso. Al día de la fecha se registra una suma de 1.484 casos positivos, 316 de los cuales siguen activos, y 49 fallecidos por el coronavirus.
Las y los trabajadores de la salud se encuentran sobrepasados por la situación, entre la falta de materiales y los contagios entre el personal tanto del Hospital San Felipe como de la Clínica de la UOM. Sobrecargados de tareas y mal remunerados, la primera línea frente al COVID está en extrema vulnerabilidad.
El índice de testeo es bajísimo. Los pacientes que se comunican con el 148 o el 107 para informar la presencia de síntomas compatibles con el coronavirus deben esperar hasta una semana para que se los atienda. Y en el hospital, el “testeo” suele limitarse a la corroboración de los síntomas para emitir una constancia de positividad, sin hisopado ni ningún otro tipo de análisis.
La política de la Municipalidad, a cargo de Manuel Passaglia, se basa en la apertura de actividades no esenciales para mantener las ganancias empresariales. El caso más paradigmático es el de Siderar, por donde circulan miles y miles de trabajadores todos los días, arriesgándose ellos y sus familias a la exposición al contagio. La patronal no se digna a implementar ninguna medida sanitaria de emergencia, ante la pasividad cómplice de la conducción local de la UOM.
Esta liberalidad con la que el intendente dirige el distanciamiento social contrasta con la represión que se vive en los barrios periféricos, donde la Policía usa la cuarentena como excusa para hostigar y detener a jóvenes y trabajadores. Todos los días se detiene a algún vendedor ambulante por "violación del aislamiento". Pero vimos la peor consecuencia hace ya casi 4 meses, cuando el 1 de junio un patrullero de la Policía Local atropelló y mató a Ulises Rial y Ezequiel Corbalán. |