En la potencia del norte, el traspaso de mando no es una formalidad simbólica, ni se reduce al mero recambio del personal político –en este caso, sale republicano, entra demócrata-. Implica poner en marcha una burocracia especialmente creada en 1949 para ese fin –General Service Administration- con una plantilla de 12.000 empleados y un presupuesto de 21 millones de dólares, que entre otras cosas, facilita la transferencia de “información sensible” para la seguridad y los intereses del imperialismo.
Trump aún sostiene que hubo un fraude generalizado en particular en los swing states, y que le robaron la elección, pero en los hechos abandonó el intento de revertir el resultado cuando vio que no había agua en la pileta en la que quería zambullirse.
Las cortes de diversos estados le habían denegado una a una sus presentaciones por el supuesto fraude, nunca demostrado. Y los grandes capitalistas, entre ellos muchos aportantes para su campaña, le agradecieron los servicios prestados –las desregulaciones, los recortes de impuestos y el jolgorio de Wall Street- pero le dieron el mensaje inequívoco de que su tiempo había terminado. Quizás el último empujón para emprender la retirada fue la carta firmada por 166 CEO de las principales multinacionales, bancos y representantes del capital financiero (General Motors, Mastercard, Goldman Sachs, y sigue la lista) publicada el 23 de noviembre. La misiva de la América corporativa es tan escueta como categórica. Según lo más granado del empresariado Trump con su resistencia obcecada estaba poniendo en riesgo la seguridad norteamericana por lo que en nombre del interés nacional exigía el inicio inmediato de la transición hacia el gobierno Biden-Harris. Para sumar presión, algunos burgueses republicanos amenazaron con retirar el financiamiento para las campañas de los dos senadores por Georgia que van por la reelección en enero y que definirán en última instancia quién tendrá la mayoría en esa cámara.
La relación entre la carta de los CEO y el tuit de Trump habilitando la transición es prácticamente de causa-efecto lineal.
Sin factores de poder decisivos ni sectores significativos del aparato estatal-militar dispuestos a bancar la batalla, la resistencia de Trump tuvo mucho de aventura tragicómica. La última conferencia de prensa de la campaña republicana podría haber sido un corto del cine bizarro. Un desencajado Rudy Giuliani (el abogado de Trump y presunto amigo de Sergio Massa) agitaba ante los medios que Biden había ganado “con dinero del comunismo, de Cuba, Venezuela, China y… George Soros”, mientras un extraño sudor negro le descendía por el rostro. Todavía los estilistas de Nueva York discuten en los medios si era o no producto de una tintura mal hecha. Una metáfora de la crisis orgánica.
Para la gran burguesía y el establishment norteamericanos Trump por el momento es historia.
A partir del lunes 23, cuando Trump dio la señal de iniciar el mecanismo, los tiempos se aceleraron. En solo dos días hubo más de 20 reuniones entre los equipos de la administración saliente y la entrante. Biden presentó en sociedad a los primeros miembros de su futuro gobierno. Como era de esperar, no hay representantes del “ala izquierda” del Partido Demócrata. Ni Sanders (que aún aspira a algún puesto en Trabajo), ni Elizabeth Warren están en la nómina y aunque faltan lugares por cubrir es poco probable que sean integrados en la administración Biden. El perfil del gabinete es 100% establishment imperialista con un barniz de “diversidad”. Los puestos clave estarán ocupados por ex funcionarios de Obama (algunos vienen de los gobiernos de Clinton) lo que está acorde con la promesa de “restauración” de un status quo pre Trump y pre movilizaciones de masas contra la violencia policial y el racismo, que Biden asumió ante la clase dominante. “Nada fundamental va a cambiar” dijo en una cena con multimillonarios durante la campaña. Sin embargo, parece difícil que pueda haber un “tercer gobierno” de Obama en el marco de la recesión pandémica que podría traer consigo una nueva crisis de la deuda de economías emergentes, la conflictividad social interna –latente o manifiesta- las crecientes tensiones geopolíticas.
Las designaciones más relevantes hasta ahora son las de Antony Blinken como Secretario de Estado y Janet Yellen como Secretaria del Tesoro (será la primera mujer en ocupar el puesto, lo que habla del atraso patriarcal de la principal potencia imperialista). Falta aún conocer quién será el jefe del Pentágono.
Wall Street le dio la bienvenida al gobierno de “Sleepy Joe” con una jornada alcista que batió récords. Además del éxito de las vacunas contra el Covid 19, uno de los motivos centrales de la algarabía bursátil fue el nombramiento de Janet Yellen. La ex presidenta de la Fed durante el último gobierno de Obama y antes segunda de Ben Bernanke, está indisolublemente asociada con la recuperación de la Gran Recesión de 2008, el rescate estatal de bancos y corporaciones y con las políticas de estímulo (quantitave easing) que beneficiaron a estos mismos sectores, aunque algunos intentan presentarla como “keynesiana”. Con Yellen al frente del Tesoro, los grandes capitalistas esperan paquetes de estímulo fiscal generosos. Basan sus expectativas no solo en el pasado sino en las posiciones públicas de Yellen a favor de nuevos estímulos estatales para superar la crisis producida por el coronavirus.
Biden ha concentrado la gestualidad anti trumpista en la política exterior. Junto con sus definiciones generales –“Estados Unidos está listo para liderar el mundo, no para retirarse”, dijo en su primer discurso como presidente en transición- el nombramiento de Antony Blinken ilusionó a los nostálgicos del “orden (neo)liberal” dirigido “hegemónicamente” por el imperialismo norteamericano. Blinken está identificado con los llamados “internacionalistas” (intervencionistas), partidario de restablecer las alianzas tradicionales de Estados Unidos con la Unión Europea (erosionada por la política hostil de Trump), promotor de organismos multilaterales como la OTAN y defensor del multilateralismo como estrategia para bajar el nivel de exposición y no lidiar en soledad con los múltiples desafíos al liderazgo de Estados Unidos luego de las derrotas de Irak y Afganistán.
Probablemente las primeras acciones internacionales de Biden estén destinadas a ser espectáculos de alto impacto simbólico pero dudoso contenido, como retornar al acuerdo climático de París (con John Kerry) o anunciar la vuelta al acuerdo con Irán.
Los aliados de Estados Unidos, la Unión Europea, la prensa liberal (en el sentido estadounidense del término), los gobiernos de la centroizquierda burguesa y de los que no se alinearon con Trump de América Latina celebran esta variante supuestamente “friendly” de la política imperialista. El espejismo es doble.
Primero porque no hay normalidad pre trumpista a la que retornar. Es posible que el eslogan “America First” desaparezca de la retórica de la Casa Blanca, pero la “globalización armoniosa” en la que los aliados y socios trabajaban para sostener el liderazgo norteamericano y a la vez se beneficiaban es cosa del pasado. Justamente el agotamiento de la hegemonía globalizadora, puesto de relieve con la crisis de 2008 es lo que explica en parte el resurgimiento de las tendencias nacionalistas expresadas en fenómenos como el trumpismo o el Brexit. La contradicción estructural entre la decadencia imperial de Estados Unidos y el ascenso de China vino para quedarse. Por eso mismo, la necesidad de contener y retrasar el ascenso de China es una política de estado, aunque hay diferencias tácticas en cómo hacerlo: con guerras comerciales y tarifas como planteó Trump o con la construcción de alianzas como el Tratado Transpacífico que permita aislar a China, como intentó Obama con el llamado “pivote hacia el Asia” y probablemente retome Biden.
Segundo porque hay una idealización interesada de la política exterior de Estados Unidos bajo Obama, en particular por el acuerdo nuclear con Irán o la política de “deshielo” hacia Cuba. Bajo los gobiernos de Obama, la “diplomacia” y el “multilateralismo” fueron el complemento del intervencionismo y el guerrerismo, que se expresó no solo en la continuidad de las guerras de Irak y Afganistán, sino en la injerencia en Libia y Siria, en la hostilidad hacia Rusia, y en un cambio en la estrategia militar que pasó a priorizar las “operaciones encubiertas” y la utilización de aviones no piloteados y drones para disminuir las bajas propias en guerras altamente impopulares.
La política de Trump de esmerilar a Biden poniendo en cuestión todo el proceso electoral tendrá efectos colaterales sobre la gobernabilidad burguesa, habrá que ver con qué alcance. Para pensar la magnitud del problema conviene recordar que según los últimos conteos, Trump perdió el colegio electoral y el voto popular pero hizo una elección histórica, con casi de 74 millones de votos (en 2016 había obtenido unos 60 millones) contra 80 millones de Biden. Según una encuesta reciente, un 88% de los votantes de Trump sigue creyendo que el triunfo de Biden es ilegítimo, un 89% asegura que hubo fraude y un 43% que el recuento puede cambiar el resultado electoral.
Para gran parte de la Norteamérica republicana el gobierno de Biden sencillamente será un gobierno ilegítimo. Por izquierda, y aunque con otra magnitud, para amplios sectores de vanguardia, incluso para muchos que lo han votado por la sola razón de derrotar a Trump – “consenso negativo” para la ciencia político-electoral, o “malmenorismo”- el gobierno de Biden no será otra cosa que la representación política de Wall Street en la Casa Blanca.
La base material de esta polarización social y política recargada está en las consecuencias de las décadas de neoliberalismo, agravadas por la crisis de 2008 y profundizadas por la pandemia del coronavirus. Según un estudio reciente sobre la desigualdad, realizado por el Institute for Policy Studies, entre mediados de marzo (cuando comenzó la pandemia) y mediados de noviembre, la riqueza de los 647 milmillonarios aumentó casi 960.000 millones de dólares, y se sumaron 33 nuevos ricos a este selecto grupo de quienes tienen más de 1000 millones de dólares. Entre los más beneficiados están los dueños e inversores de Amazon y Walmart. En el otro polo, hay más de 20 millones de trabajadores que han perdido su empleo, son 25 millones si se toman quienes no buscan trabajo o pasaron a trabajar part time. La patronal espera grandes estímulos mientras que los trabajadores desempleados pasaron de cobrar un subsidio estatal de 900 dólares por semana en abril y mayo a alrededor de 300 en septiembre. Unos 13 millones quedarán sin ninguna cobertura. Es probable que muchos trabajadores aspiren a materializar las promesas de mejoras salariales y derecho a la sindicalización, lo que puede darle nuevo impulso a la lucha de clases. Lo mismo las minorías oprimidas como la comunidad afroamericana que se movilizaron por millones y mayoritariamente votaron contra Trump y el racismo. Estas contradicciones y tendencias profundas son las que alimentan la incipiente radicalización política de los jóvenes que ven que el capitalismo con Trump o Biden no tiene nada que ofrecer. |