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La Izquierda Diario
10 de abril de 2021 Twitter Faceboock

Historia
El Animanazo, un capítulo setentista de la lucha vitivinícola
Maximiliano Olivera | @maxiolivera77

La gran pelea que dan los vitivinícolas en Salta, Mendoza y otras provincias es una buena oportunidad para revisitar este episodio de la lucha obrera en los 70.

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“Ayer nomás ardió el pueblo / Por la tierra y por el pan, / Y la fogata en el valle / No estaba por solo estar”.
Fuego de Animaná

Los versos citados pertenecen al huayno compuesto por el poeta Armando Tejada Gómez y el músico César Isella —popularizado por Mercedes Sosa— sobre el Animanazo, un importante hito protagonizado por los trabajadores vitivinícolas en 1972. Frente a la gran pelea que dan los vitivinícolas en Salta, Mendoza y otras provincias, con un paro histórico arrancado desde las bases, es una buena oportunidad para revisitar este episodio de la lucha de la clase obrera durante el ascenso revolucionario que se abrió con el Cordobazo de 1969 y en el marco de la dictadura militar de la autodenominada "Revolución Argentina" (1966-1973).

Lo que crece desde abajo

“En los ojos de los hambrientos hay una ira creciente. En las almas de las personas, las uvas de la ira se están llenando y se vuelven pesadas, listas para la vendimia”.
John Steinbeck, Las uvas de la ira.

A partir de la década del 60, la industria vitivinícola, como en otros sectores del agronegocio, comenzó un proceso de concentración de la riqueza y de la propiedad de la tierra, con extensas explotaciones en pocas manos. Este proceso de concentración de la propiedad de la tierra estuvo acompañado por un incremento constante de la productividad del trabajo.

Como contracara, las condiciones de vida y laborales de los trabajadores rurales se deterioraron. Entre el decenio 1967-1977 hubo una fuerte disminución del salario real y además el proceso de “racionalización” derivó en la mecanización, con la consecuente desocupación. En Salta, la FUSTCA (Federación Única de Sindicatos de Trabajadores Campesinos) denunciaba que no se cumplían las 8 horas, que no se pagaban descanso y feriados, y no había ningún beneficio social.

Las patronales vitivinícolas, entrelazadas de modo oligarca con los partidos del régimen y los militares, hacían su fortuna con la explotación obrera en los bellos paisajes de los Valles Calchaquíes. Por su reducido número y la dispersión en grandes extensiones, su alejamiento de los principales conglomerados urbanos, se creía que los trabajadores tenían pocas posibilidades de protestar. Hasta que la calma que se espera de un pueblo como Animaná comenzó a teñirse del color de las uvas de la ira.

Los obreros y jornaleros de la finca y bodega Animaná reclamaban desde 1971 por la falta en el pago de los salarios. La puja entre los accionistas de la empresa agravó la situación hacia 1972 pero la patronal logra imponer una “colaboración para no perder la cosecha”, y los trabajadores continuaron sus tareas aunque no se pagaban sus sueldos. Entre las semanas de marzo y abril hubo gestiones estatales infructuosas y con promesas vacías. A fines de marzo los obreros vitivinícolas de Cafayate se reúnen a discutir el incumplimiento de leyes laborales y el grave problema en Animaná .

En mayo los vitivinícolas organizan ollas populares y para el 26 van a la huelga con el respaldo del SOEV (Sindicato De Obreros Empleados Vitivinícolas) para exigir el pago en 48 horas, de lo contrario se consideraría despedidos. Tras negociaciones, semanas después, vuelven al trabajo para salvar la cosecha pero el problema persiste. A principios de julio, la CGT y el SOEV plantean una instancia de conciliación con la patronal pero esta estrategia fracasa. Así, solo faltaba una chispa para encender el fuego en Animaná.

El Animanazo

“Los sufridos trabajadores de la finca Animaná de Michel Hnos. nos vemos en la obligación y por la falta de pago de nuestro haberes ir a huelga y a crear la olla popular”
Escrito por la Asamblea Popular de Animaná

La persistencia del reclamo llevó a una radicalización de los trabajadores vitivinícolas en su metodología y en el reclamo. Fracasadas las negociaciones, en la noche del martes 20 de julio se establece una “Asamblea Popular” entre los 70 trabajadores, entre efectivos y contratados, y el pueblo en general.

Allí se elabora una acta en donde se define el estado de asamblea permanente por 24 horas; la ocupación del gobierno municipal —nombrando simbólicamente como nuevas autoridades a dirigentes sindicales, a Inocencio Ramírez como intendente—, y también de la bodega; y como solución de fondo al problema plantearon: “Peticionar ante el Gobierno de la Provincia y ratificando la toma de posesión de Bodegas y Viñedos Animaná por parte de los empleados y obreros de la misma para que dicte la correspondiente ley declarando de utilidad pública dicho establecimiento, como asimismo el consecuente decreto de expropiación, fundamentando los mismos y solicitando que oportunamente se entreguen dichos bienes en propiedad a una Corporación que se formará con los trabajadores de la zona”. Entre las 22 y las 23 se efectiviza la ocupación de la bodega y la municipalidad, junto a la instalación de una olla popular.

En la primera hora del miércoles 21 se realiza un corte sobre la ruta 40 y cobrar una suerte de peaje para la compra de alimentos para la olla popular. Para los protagonistas y pobladores de la época, ese fue el primer corte de ruta en los Valles Calchaquíes. Durante toda la jornada comienzan las presiones de la policía, la intendencia y la gobernación para que los trabajadores depongan su actitud, mientras la patronal seguía en una actitud intransigente. Los trabajadores respondieron que si el conflicto persistía la toma simbólica de la municipalidad se haría efectiva, echarían al intendente y harían nuevas elecciones.

Los días siguientes continuaron las negociaciones y las ocupaciones por parte de los obreros vitivinícolas. Finalmente, el sábado 24 de julio se llegó a un principio de acuerdo para el pago efectivo de los salarios adeudados, donde el Gobierno otorgaba un préstamo a la empresa.

Pero pronto llegaron las represalias por la huelga. El 6 de agosto, la policía encarceló a Pablo Ríos e Inocencio Ramírez, dirigentes del SOEV, por “usurpación de la propiedad”, es decir la toma de la bodega. La respuesta obrera fue una huelga general el 9 de agosto, y durante esa mañana 200 personas fueron a la comisaría para “admitir” que era “co-responsables” del Animanazo, solicitando que se los detenga, acompañados por otras 200. La autoridad local derivó el problema a la superioridad en Cafayate y los manifestantes deciden marchar hasta allí, con sectores del pueblo acompañándolos, en una columna de 800 personas (compuesta por docentes, estudiantes, comerciantes, trabajadores en general) que recorrió los más de 15 kilómetros de distancia.

En esa tarde se detiene a Julio Mera Figueroa, apoderado del sindicato. Una solicitada de la CGT salteña contra las detenciones tuvo la adhesión de los tabacaleros, rurales, tranviarios, cerveceros, transportistas, de la carne, gas del Estado y Luz y Fuerza. El 10 hay una movilización en la Capital y, finalmente, el 11 son liberados por falta de mérito los tres dirigentes.

En la madrugada del 24 de marzo de 1976, durante el golpe genocida, fueron secuestrados Pablo Salomón Ríos, Nital Díaz, Horacio Guaymás, Santos Ramírez, Inocencio Ramírez y Amado Guanca, todos participantes del Animanazo. Permanecieron detenidos ilegalmente durante semanas y Ríos fue golpeado y torturado brutalmente.

Un pasado para preparar el futuro

Como en todo hecho histórico, hay una tensión entre el olvido y la memoria. En los últimos años, varios trabajos se dedicaron al Animanazo, ya sea como estudios centrados en la historia oral de los protagonistas y el imaginario del pueblo, o aquellos dedicados a reconstruir y analizar una perspectiva desde la lucha de clases [1] Inclusive hubo algunas conmemoraciones oficiales. En esa tensión entre olvido y memoria, podemos decir que suele presentarse a los eventos del denominado Animanazo como parte de una oposición a la dictadura militar de la autodenominada “Revolución Argentina”. Pero lo cierto es que concentró elementos muchos más ricos como experiencia de lucha que siguen vigentes.

Por un lado, marcó un protagonismo de las bases que en los hechos le imponían escenarios de luchas a las conducciones sindicales que zigzagueaban entre la pasividad y las negociaciones parciales, apostando a la vuelta de Perón del exilio. Esa avanzada de las bases, organizadas en asambleas, también incluían la radicalización de los métodos, con la ocupación de establecimientos y el bloqueo de la ruta. Aunque la demanda motora era salarial también tomó una dimensión política con la toma de la municipalidad, que si bien tuvo un carácter simbólico no dejaba de ser un movimiento que alertó tanto al Gobierno provincial como nacional aunque no se desarrolló y quedó en una acción espontánea.

El punto de partida salarial no limitó que en la radicalización se plantee la expropiación de la bodega para que pase a manos de los trabajadores que ocupaban el establecimiento. Se trataba de un planteo “común” de las experiencias de la vanguardia obrera durante los años 70 pero que al mismo tiempo guarda actualidad como salida obrera ante la crisis.

Además si el primer momento de la huelga general motorizó el apoyo del pueblo y del resto de los vitivinícolas en los Valles Calchaquíes, la posterior persecución llevó a un paso adelante con el involucramiento de otros sindicatos y una movilización convocada por la CGT provincial. Estos hechos aportan otro elemento importante: la pelea para que cada lucha se plantee la solidaridad y la coordinación con otros sectores para golpear con un mismo puño, exigiéndoles a las conducciones sindicales que actúen en este sentido.

La experiencia y las lecciones de los vitivinícolas del Animanazo tiende sus puentes con la lucha actual de los vitivinícolas, quienes también están escribiendo su página en la historia.

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