También cuenta con una no menos vigorosa interpretación de su protagonista, Romola Garai que encarna a Eleanor Marx, una joven que tras ese funeral de su padre -con el que se abre el filme- comienza a proseguir su labor con denuedo en favor de la emancipación de la clase trabajadora. Pero observando a otras mujeres y a sí misma y su lugar en el núcleo familiar, Eleanor incide en la explotación de las mujeres por el llamado “sexo opuesto” y las cortapisas de la época, algo que se pone en evidencia cuando sus propios camaradas de lucha no se toman muy en serio su representación de “Casa de muñecas” de Ibsen como un acto político.
Estamos ante un filme discursivo, algo especulador, hecho de interiores y exteriores filmados con elegancia por la fotografía de Crystel Fournier y con partitura del “grupo punk! italiano “Gatto Ciliegia Contro il Grande Freddo” que, no obstante, adapta algunas de las melodías clásicas de la época.
La pobreza, la ayuda de su camarada Engels, el desencanto, el fantasma de la muerte y la continuidad de una lucha se resuelven en cuidados “tableux vivants”, algunas escenas de opresivos interiores y otros de exteriores luminosos como ese recorrido en balsa por el río entonando “La Internacional”.
Es posible que su carácter de coproducción destinada al gran público es lo que más limita el alcance social de una cinta, cuando menos curiosa y elocuente, atravesada por discursos y colores que, en ocasiones, se reúnen a la perfección y, en otros, habitan el territorio de la paradoja y el “quiero y no puedo”. Así los momentos intimistas se confunden con los discursos que también van girando cuando la protagonista toma conciencia de su propia situación económica y personal, buscando la libertad y la autodeterminación. Lo arriesgado de alguna de sus hipótesis se ve descompensado por una puesta en escena fría, algo plana y académica, dejando demasiados interrogantes sobre el personaje. |