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La Izquierda Diario
5 de abril de 2025 Twitter Faceboock

Tribuna Abierta
Mujeres en la ciencia: la brecha de género empapa la actividad investigadora
Leyre Flamarique

Hoy se celebra el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, celebración que llega sin la necesaria igualdad de género y plagada de trabas para las investigadoras.

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La brecha de género empapa toda actividad social. La ciencia tampoco queda exenta. Hoy es 11 de febrero, Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, y hay razones para reivindicarlo.

Las cifras pueden resultar optimistas al apuntar a una cierta equiparación de proporciones entre hombres y mujeres en la carrera científica. Según el informe “Científicas en Cifras” del 2021 elaborado por el Ministerio de Ciencia e Innovación, las estudiantes de grado, máster y doctorado representan, por lo general, casi la mitad del alumnado en carreras científicas en España.

A estos niveles ya aparecen un par de excepciones que dejan entrever el sesgo de género. Las proporciones de ingenieras, una carrera típicamente masculina, descienden hasta el 30%. En las ciencias de la salud, centradas en los cuidados, las alumnas llegan a superar el 70%.

El problema viene cuando se sube hacia los puestos de responsabilidad. Las igualitarias proporciones se transforman en unos datos devastadores. Prácticamente un 80% de hombres frente al 20% de mujeres ocupan la cima de la investigación en nuestro país. Lo llaman “efecto tijera” por la forma que deja en el gráfico. El presentado a continuación ha sido extraído del propio informe:

La pandemia actual del coronavirus cayó como una losa en las investigadoras agravando esta situación ya desequilibrada. Ellas están haciendo menos investigación, como han mostrado diversos estudios. ¿Los motivos? La ya mencionada distribución desigual de liderazgo y el peso de los cuidados.

Como es conocido, las actividades domésticas y de atención suponen roles asumidos predominantemente por mujeres. La situación sanitaria actual todavía ha abierto más la brecha en este sentido.

Todo ello puede aderezarse con un poco de perspectiva de clase. Las elevadas tasas universitarias dificultan enormemente el acceso de las clases populares a la universidad. Así, los estudios superiores quedan restringidos a una parte de la población con el consiguiente sesgo en la futura carrera investigadora. Y, como siempre, las mujeres se llevan la peor parte. Porque la pobreza tiene género.

Las mujeres científicas se ven enfrentadas también a otras barreras. Que se lo pregunten a Rosalind Franklin, Jocelyn Bell Burnell o Nettie Stevens. Las tres investigadoras tienen en común que sus logros -descubrir la estructura del ADN, el púlsar y los cromosomas sexuales, respectivamente- no les fueron reconocidos. El mérito se lo llevaron, en cambio, sus colegas masculinos. Es lo que se conoce como “efecto Matilda”.

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La Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (AMIT) presentó la campaña #NoMoreMatildas (No Más Matildas) para denunciar esta injusticia. La iniciativa atravesó fronteras y llegó a la oficina del Parlamento Europeo de Madrid
El “efecto Jennifer y John” se une a la lista de prejuicios y perjuicios a las investigadoras. En el 2012, un equipo de investigadores de la Universidad de Yale (EE.UU.) llevó a cabo el siguiente experimento: pidió a casi 130 profesores y profesoras universitarios de ciencias que evaluaran la solicitud de un estudiante para ser jefe de laboratorio.

Ese estudiante a veces se llamaba “Jennifer” y a veces “John”. La solicitud era, en cambio, siempre la misma. Creo que ya os imaginaréis el resultado. Efectivamente, los “John” fueron valorados como mejores candidatos simplemente por el hecho de que detrás de la solicitud hubiera un nombre masculino. Dio igual que el evaluador fuera hombre o mujer.

Estos estereotipos de género no son solo cosa de adultos. Desde la más tierna infancia las niñas se consideran menos brillantes que los chicos. Ya creen que su inteligencia o habilidad intelectual es inferior a la de sus compañeros con solo seis años, ¡seis años!

A pesar de que la historia y la sociedad -a veces hasta ellas mismas- afirmen que las mujeres no son tan buenas investigadoras o científicas como los hombres, sí lo son. De hecho, son a menudo, mejores. Tienen todo en su contra para llegar a la cima y a pesar de ello la conquistan. Y descubren la estructura del ADN o el polonio.

No es fácil ser Jennifer cuanto todo el mundo prefiere a John. Pero la sociedad necesita a las investigadoras al igual que necesita a los investigadores. No podemos dejar que ellas sean menospreciadas. No podemos dejar que sus escaleras tengan escalones más altos. Cuidemos a nuestras científicas. Debemos luchar por el acceso igualitario a cualquier puesto en ciencia y porque ninguna persona deba renunciar a su carrera investigadora por motivos de género o clase. Hoy, más que nunca, reivindiquemos y apoyemos a nuestras científicas.

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