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17 de febrero de 2023 Twitter Faceboock

Opinión
Lo que ilumina la oscuridad: el Estado frente a la estafa de las privatizaciones
Eduardo Castilla | X: @castillaeduardo

Edesur y la decadencia de los servicios públicos en manos privadas. Las “salidas” individuales y la acción colectiva. Esa ausencia constante llamada “Estado presente”.

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La comida pudriéndose en la heladera. Los dientes y los puños apretados de impotencia. El calor, sofocante, que sube desde la calle, invadiendo cada una de las salas. Habitar el infierno y la frustración. ¿Cómo se vive en Villa Lugano sin luz y sin agua?

“…no funcionan los ascensores, hay personas que bajan y suben 12 pisos por escaleras. Tampoco tenemos comida, ya que no podemos mantenerla en la heladera. Algunos vecinos, cuando cortan la luz quedan encerrados en los ascensores. El sábado 11 de febrero, estuvimos 16 horas sin luz. El domingo 12 de febrero, nos daban la luz y la cortaban cada 30 segundos”.

En el fuego abrasador de la autopista, la bronca emergió en la barriada pobre de la ciudad rica. Se hizo piquete y fue reprimida. Todo a escasos 20 minutos del lujo edilicio de Puerto Madero.

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Ciudad de los contrastes sociales y políticos; de las torres espejadas y las torres sin luz y sin ascensor. Ciudad de vidas distintas: más cuidadas y menos cuidadas. Allá por 2019, aun antes de que la pandemia arrastrara a millones a una miseria mayor, un estudio de la revista científica The Lancet determinaba que en barrios como Lugano la esperanza de vida de la población era hasta 6 años más baja que en otros como Palermo, Belgrano o Recoleta.

Ese abismo social -mal que le pese a cierto progresismo- no tiene nada de propiamente porteño. También se despliega, incuestionable, a lo largo de la provincia de Buenos Aires. Lo ilustra, por ejemplo, esa impactante vecindad entre villas miserias y countries que puebla el conurbano bonaerense.

A nivel internacional, las últimas décadas testimonian un creciente malestar social ante las desigualdades sociales nacidas del desarrollo de las ciudades. Incrementados al calor de la ofensiva neoliberal, los procesos de gentrificación y relocalización implicaron una transformación regresiva del espacio urbano. ¿El resultado?: ciudadanía de primera y ciudadanía de segunda. De esa frustración se han alimentado múltiples procesos de la lucha de clases.

Acción colectiva y salidas individuales

“Si no te salvás vos, no te salva nadie”, tituló La Nación en las horas siguientes a la furia colectiva que inundó la Autopista Dellepiane. Intentado graficar el fastidio de vecinos y vecinas, el aristocrático diario alentaba el discurso ideológico del “sálvese quien pueda”. Operaba, como siempre, sembrando la idea de un “todos contra todos” que, mirando de conjunto, no admitiría otro “solución” que el hobbesiano Estado fuerte capaz de imponer orden.

Paradójicamente, fue la acción colectiva la que impuso una solución. Parcial y precaria, pero solución al fin. Convertido en piquete permanente, el corte sobre la Autopista Dellepiane transformó el reclamo en un hecho político de alcance público. Desnudó ante millones los padecimientos de esos miles de habitantes del sur porteño. Convirtió la inoperancia estructural de Edesur en tema central de la agenda mediática. Obligó al Gobierno nacional a anunciar una multa a la empresa y una modesta intervención que no afecta ganancias o capital. La obscena represión de Larreta incrementó el alcance de la protesta. Magnificó, ante las cámaras y ante el país, la denuncia.

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La historia nacional -reciente y no tanto- aparece inseparable del conflicto social y de la ocupación del espacio público. La protesta -obrera, popular, del movimiento de mujeres, juvenil- toma las calles. La acción colectiva impone rumbos, acerca cuerpos y une voluntades.

Los límites a un despliegue superior de esa actividad radican, en demasiadas ocasiones, en quienes ocupan la conducción de las llamadas organizaciones de masas. ¿Dónde está, por ejemplo, la voz o la acción de las dirigencias sindicales ante los masivos cortes de energía? ¿Acaso quienes habitan en Villa Lugano no son trabajadores y trabajadoras?

Lo estatal, lo privado, lo individual

El neoliberalismo legó un imaginario anclado en las “soluciones” individuales a los problemas de la vida cotidiana; en la competencia -feroz y no tanto- de todes contra todes para alcanzar un supuesto éxito atado, también, a un supuesto mérito. La figura del “emprendedor” fue arquetipo de esa ideología. Hoy la derecha libertariana de Milei y cía. retoma ese discurso en tiempos de crisis y decadencia social persistente. Cuando “ser emprendedor” se asemeja, demasiado, a la precarización laboral más extrema.

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La desilusión con los autodenominados gobiernos progresistas trabaja a su favor. Aquellas gestiones que, postulando un discurso del “Estado presente”, defraudaron las ilusiones de millones y, al hacerlo, también sembraron de escepticismo todo aquello que oliera o sonara a salida colectiva.

La derecha reaccionaria se nutre de una decepción que no es puramente ideológica. Para la experiencia concreta de millones, el “Estado presente” equivale a la casi absoluta desprotección en aspectos esenciales como la salud, la educación o los servicios públicos.

La oscuridad en las calles de Lugano iluminó la nulidad estatal frente a Edesur y al esquema privatista. La pretendida dureza oficial se redujo a la incorporación de veedores técnicos en la gestión empresaria. Al ruido de las amenazas le sucedió una tibia multa. Resulta casi una caricia en comparación con la deuda condonada hace escasamente un mes: el segundo monto es 66 veces superior al primero. Para el poder político, la rentabilidad capitalista es intocable.

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Horas más tarde, en extraña confesión, Gabriela Cerruti afirmó que Edesur “maltrata a los consumidores hace años”. Cierto. En un acto de leso neoliberalismo, el Estado otorgó la concesión del servicio en 1992 por el absurdo período de 95 años. Hasta 2087. ¿Cuántos años más hay que soportar el maltrato privado?

Discursos vacíos; palabras a destiempo. La portavoz presidencial habla como si el peronismo acabara de asumir mandato; como si el kirchnerismo no hubiera ejercido la conducción del Estado por doce largos años, haciendo de “lo estatal” su bandera frente a las llamadas corporaciones.

Aquella estatalidad fue pobre; endeble. Nacida en tiempos de posneoliberalismo, se inclinó respetuosa ante la herencia menemista. Salvo excepciones, aceptó el Estado de cosas recibido. Arribó, es cierto, al control de empresas como YFP y Aerolíneas Argentinas. Lo hizo, sin embargo, cuando el despilfarro capitalista ya era obsceno. Impugnando sus propios discursos, puso dólar sobre dólar para indemnizar a quienes habían vaciado y destruido esas empresas.

El Estado “realmente” presente

En períodos de crisis nacional profunda no hay “soluciones individuales” que alcancen a grandes mayorías. El emprendedurismo funciona como una lujosa ilusión, permitida a unos pocos. Para millones, el trabajo por cuenta propia equivale a una creciente privación de tiempo y derechos.

Transitamos, también, tiempos de ajuste. Tijera en mano; siervo obediente del FMI, Sergio Massa censura todo gasto estimado “innecesario” en Washington. El Frente de Todos se une para avalarlo. El “Estado presente”, recurso de campaña, no trasciende el mundo de las palabras.

No hay, sin embargo, un Estado verdaderamente atento a las necesidades de las grandes mayorías en el limitado marco del capitalismo. En un mundo marcado por antagonismos entre las clases sociales, “los fierros” de la maquinaria estatal están en manos de la fracción más poderosa de la clase dominante. El Estado es “su Estado”.

Eso impone una tarea a toda política que se proponga apostar a las salidas colectivas; la de proponerse una transformación profunda de la estructura social, superando los estrechos límites del mundo capitalista.

 
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