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17 de marzo de 2023 Twitter Faceboock

Opinión
Un caos llamado capitalismo; una promesa de futuro llamada clase trabajadora
Eduardo Castilla | X: @castillaeduardo

Foto: EFE.

La quiebra de Silicon Valley Bank y los rescates del Estado capitalista. Francia: la lucha de clases pone en completa crisis al Gobierno de Macron. El capitalismo, un sistema social en decadencia que merece ser dejado atrás por la historia.

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“Los ausentes han huido a toda prisa, avergonzados, confusos, y seguro que dondequiera que habiten ahora (si es que han encontrado un lugar para vivir y no han acampado en la calle) sus nuevas viviendas son más pequeñas que los hogares que han perdido. Cada casa es una historia de fracaso -de insolvencia e impago, deudas y ejecución de hipoteca- y él se ha propuesto documentar los últimos y persistentes rastros de esas vidas desperdigadas…”.

Miles Heller fotografía cada casa: vacías de gente, pobladas de muebles, objetos y recuerdos. Su trabajo es limpiar el desorden; barrer el recuerdo de esa huida temerosa, marcada por el empobrecimiento y la vergüenza.

Ficción construida por Paul Auster, Sunset Park es -solo en parte- la historia trágica de millones de vidas. Fracción de una realidad infinitamente más dura; dramática narración de trabajadores y trabajadoras perdiendo sus hogares y viviendo en las calles; crónica de niñes y adultos amontonándose sobre cartón y bolsas de plásticos en los subterráneos.

Ese recuerdo ingrato puebla la conciencia de gran parte de la población norteamericana. Esta semana debió irrumpir nuevamente, cuando el mundo se asomó a la crisis del Silicon Valley Bank (SVB) y -apenas tres días más tarde- a la del Credit Suisse.

La palabra “rescate” inundó nuevamente los portales de los diarios. El Estado norteamericano hace su aporte para garantizar las ganancias que los grandes “emprendedores” acumulaban en el SVB. Haciendo malabares con las palabras y los gestos, Joe Biden y la administración demócrata pretenden disfrazar esa intervención estatal.

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El término “rescate” suena odioso a las grandes mayorías. Funciona como rememoración de un período apenas distante en el tiempo, donde el gran capital hundió al país y, aun así, terminó premiado. La crisis financiera de 2008 -desatada tras la quiebra de Lehman Brothers- ofició de verdadero descalabro social y económico. Esa tragedia tuvo cifras dolorosas: entre 8 y 10 millones de personas perdieron sus hogares. A finales de 2011, la pobreza alcanzó al 15 % de la población, arrastrando la vida de 50 millones de personas. La salud mental se quebrantó masivamente: entre 2008 y 2010, la tasa de suicidios aumentó cuatro veces más rápido que en los ocho años previos.

De aquella enorme crisis el capital financiero emergió ganador. Aún cuestionado cultural e ideológicamente, logró ser puesto a salvo por la intervención estatal, que consistió en cifras billonarias. Al momento de salvar al poder económico, no hubo “grieta” en la política norteamericana. Al republicano Bush le sucedió el demócrata Obama. Éste, en su biografía, recuerda haber conformado su gabinete económico en función de “dar tranquilidad a unos mercados al borde del pánico”, ubicando a gente “manchada por los pecados del pasado” [1]. Casi sin dudarlo, ambos decidieron apilar toneladas de dólares para garantizar esa calma al capital financiero.

Aquella “mancha del pasado” equivalía, simplemente, a ratificar un rumbo económico que privilegiaba al gran capital. Ese recuerdo también marca la conciencia de millones de personas. Alimenta el odio contra el arriba. Ese arriba que identifican con el poder económico salvado por el poder político. Como le dijo esta semana un ex funcionario republicano a The New York Times: “Los rescates no solo fomentaron la desconfianza en las corporaciones, sino que consolidaron la noción de que a las élites siempre les va bien mientras que la gente normal paga el precio”.

Ese odio latente supo hallar expresión político-electoral a derecha e izquierda; en Bernie Sanders y en Trump. Alimentó, también, un profuso debate ideológico. Vayamos apenas unos años atrás: la mitad de la juventud norteamericana valoraba positivamente una idea vaga de socialismo, cuestionado al capitalismo. Aquello llamado el socialismo milenial encontró una fuente nutricia en aquella herencia de miseria que dejó el rescate de los grandes bancos.

Una vez más…Marx tenía razón

A 140 años de su muerte, el espectro del autor de El Capital ronda, frenético, el mundo de los vivos. La realidad se empeña en reactualizar su crítica al caos constante que constituye el sistema capitalista.

Caos que esta semana volvió a hacerse evidente, sacudiendo al mundo desde EE.UU. Que toma formas concretas en la especulación -más o menos riesgosa- a la que se lanzan los grandes bancos con los fondos de los ahorristas. Que encuentra expresión en la inestabilidad de los múltiples instrumentos diseñados para una estructura internacional dominada por el capital financiero. Que se manifiesta en la ascendente inflación, nacida de las tensiones acumuladas durante años y potenciada por la brutalidad sanguinaria de la guerra que acontece en Ucrania.

Ese caos signado por una economía que, aún en sus múltiples complejidades, sigue teniendo como base la propiedad privada del gran capital. Lejos del mundo idílico de “infinitos emprendedores” que presentan liberales y libertarianos, el grueso de la riqueza sigue fluyendo en la misma dirección. Producida a diario por miles de millones de cuerpos y cerebros, tiende crecientemente a concentrarse en una elite que representa alrededor del 1 % de la población mundial.

El “barbudo de Treveris” lo afirmó hace tiempo, señalando que “la acumulación de riqueza en un polo es, en consecuencia, al mismo tiempo acumulación de miseria, sufrimiento, esclavitud, ignorancia, brutalidad, degradación mental, en el polo opuesto.” [2]

Los números parecen le conceden la razón. Publicado a fines de 2022, un informe de la Brookins Intitution reseñaba que las 10 personas más ricas del planeta habían ganado USD 810.000 millones entre marzo de 2020 y noviembre de 2021. Indicaba, además, que cerca de 700 millones de personas vivían en condiciones de pobreza extrema. En esa cartografía social, entre ambos extremos se ubicaban unos 3.600 millones de personas que constituían lo que, genéricamente, se definía como “clases medias”.

Por debajo de estas, pero sin ser los suficientemente pobres para entrar en la categoría inferior, unos 3.400 millones de personas constituían otra capa intermedia. Su rasgo característico era la vulnerabilidad. En la medida en que la crisis social se profundiza, el sendero parece acercarlos a la pobreza extrema. [3].

Un verdugo que camina hacia el umbral

Dos décadas antes de El Capital, un joven Marx y un aún más joven Engels escribieron esa belleza del pensamiento revolucionario llamada Manifiesto Comunista.

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Allí, entre otras cosas, se sentenciaba que “el progreso de la industria, del que la burguesía, incapaz de oponérsele, es agente involuntario, sustituye el aislamiento de los obreros, resultado de la competencia, por su unión revolucionaria a través de la asociación. Así, el desarrollo de la gran industria socava bajo los pies de la burguesía el mismo terreno sobre el cuál estableció su sistema de producción y de apropiación. La burguesía produce, ante todo, su propio sepulturero”. [4].

La clase dominante de todo el mundo intenta desmentir esa sentencia desde hace siglo y medio. Contener el poder social de la clase obrera obliga a subordinarla políticamente, a borrar del horizonte sus intereses propios, a trabajar tiempo completo por mantenerla en el lugar de clase subalterna.

Aunque la coerción de las ideas resulta fundamental, esa labor está lejos de ser puramente ideológica. Implica, entre otras cosas, la estatización y regimentación de las organizaciones obreras y sociales; su control burocrático para subordinarlas a fuerzas políticas capitalistas o impedir el despliegue de la espontaneidad combatiente y combativa.

Implica, también, apelar a la represión feroz cuando se impone la necesidad. En todo el mundo, el siglo XX dio testimonio de la brutalidad capitalista contra la clase obrera y el pueblo pobre. En Argentina caminamos a un nuevo aniversario del 24 de Marzo. Aquel golpe cívico-militar-eclesiástico fue organizado por el imperialismo y la gran burguesía de los Pagani, los Macri, los Martínez de Hoz, los Rocca y los Blaquier, por solo nombrar algunos. Su objetivo estratégico fue derrotar a una clase obrera que -desde el Cordobazo en adelante- desafiaba cada vez más abiertamente su poder.

Pero la historia no se detiene. No hay derrotas absolutas ni definitivas. La clase obrera sigue ahí, mostrando su poder. Como en Francia, donde el movimiento obrero y la combativa juventud enfrentan la reaccionaria reforma jubilatoria desde hace meses. Donde ocho jornadas de masivos paros y movilizaciones pusieron en escena un gigantesco poder social que obligó a Macron a la más impopular de las decisiones: imponer la norma por decreto. En ese masivo rechazo se evidencia el tajante repudio social al intento capitalista de imponer la explotación obrera casi hasta el momento de su muerte.

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Si esa potencia social no se despliega en un grado mayor es debido a la obscena moderación de las direcciones sindicales burocráticas. En su rechazo a desarrollar una continuidad ascendente de las medidas de lucha hacia la huelga general. Ahora, en una Francia insubordinada que toma las calles exigiendo la “dimisión” del presidente francés, la convocatoria a la huelga general política se torna más imperiosa que nunca.

Ese poderío social del colectivo obrero trasciende, por mucho, las fronteras francesas. Recuperando las mejores tradiciones de su historia contemporánea, la clase trabajadora del llamado viejo continente muestra enorme vitalidad en combate. Lo hace en Gran Bretaña, donde las trabajadoras de la Salud, apelando a la huelga con piquetes, acaban de conquistar un primer triunfo contra el gobierno conservador de Rishi Sunak. Lo hace en Grecia, donde la huelga general repudia un brutal crimen social: un choque de trenes que se cobró 57 vidas.

En un mundo convulsionado por la guerra y las tensiones económicas, el sepulturero empieza a moverse. Aunque todavía queda mucho por recorrer, ese verdugo de la clase dominante empieza a caminar hacia el umbral de una nueva sociedad.

Una clase productora que puede reordenar el mundo

Hace varias décadas, León Trotsky escribía que “para salvar a la sociedad no es necesario detener el desarrollo de la técnica, cerrar las fábricas, conceder premios a los agricultores para que saboteen a la agricultura, transformar a un tercio de los trabajadores en mendigos, ni llamar a los maníacos para que hagan de dictadores (…) Lo que es indispensable y urgente es separar los medios de producción de sus actuales propietarios parásitos y organizar la sociedad de acuerdo con un plan racional. Entonces será realmente posible por primera vez curar a la sociedad de sus males. Todos los que sean capaces de trabajar deben encontrar un empleo. La jornada de trabajo debe disminuir gradualmente. Las necesidades de todos los miembros de la sociedad encontrarán la posibilidad de una satisfacción creciente. Las palabras “pobreza”, “crisis”, “explotación”, saldrán de circulación. La humanidad podrá cruzar finalmente el umbral de la verdadera humanidad”.

Aquel escrito veía la luz en horas dramáticas. Faltaban apenas seis meses para que la barbarie capitalista cayera sobre el planeta a través de Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, los años 30 habían funcionado como una larga “escuela” para los pueblos de todo el mundo. En su catastrófico caos, el sistema capitalista había empujado a decenas de millones al abismo de la pobreza más cruda.

En ese crítico escenario, cuando se olfateaba el áspero humo de los bombardeos, Trotsky ofrecía la única salida realista: reorganizar la economía mundial en función de la inmensa mayoría de la humanidad. Superar el estrecho horizonte que imponía, en todos los terrenos, la dominación social y política de la clase capitalista.

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La agenda del mundo actual presenta cada vez más parecidos con aquellos densos años. El retorno de la guerra al corazón de Europa, tras muchas décadas, evidencia el nivel de las tensiones geopolíticas que asolan el planeta. La enorme crisis política que sacude la Francia burguesa recuerda que el poder corrosivo de la lucha de clases puede golpear a las grandes potencias imperialistas. Los inestables movimientos de la economía anuncian, a cada momento, la posibilidad de que el caos se abalance sobre la vida de las grandes mayorías.

Ante los ojos de miles de millones, el futuro parece presentarse como una infinita sucesión de catástrofes; como anuncio de distopías múltiples, cada cual más dramática que la anterior. Pero las imágenes que llegan a nuestras retinas desde París dicen otra cosa: el futuro está por escribirse. O está escribiéndose. Y la lapicera empieza a estar en manos de la única clase capaz de reorganizar la sociedad entera sobre nuevos fundamentos.

 
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