Ayer termine internado en un Sanatorio privado que menta a un apellido nombrado en la versión original una antigua canción del gran Atahualpa: “las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas”. La sordidez del sistema medico privado y de las obras sociales, no tiene nada que envidiarle al descalabro de la salud publica, salvo porque esta ultima, a pesar de la loza de los dogmas burocráticos, se siente la calidad de cierta atención del personal. En el sistema privado todo es ganancia, despotismo y orden. Eficacia para hacer del paciente un simple prisionero de la institución.
El asunto es que llegue allí sin ganas -empujado por mi novio- porque tuve un pico de presión que sucedió luego de días de una fuerte diarrea que me tenia en mal estado. De entrada, el medico de guardia me anuncio, que dada mi situación de enfermo de HIV riesgoso, iban a internarme para realizarme estudios que descartaran una bacteria o infección. Es el problema de tener HIV, una diarrea no es una simple diarrea, sino un universo de posibles infecciones a descartar. Un estornudo no es un estornudo, sino un clarín que anuncia la hora de someterse al poder medico secular palabra santa y legal de la ciencia que controla nuestros cuerpos.
Para empezar me enviaron a hacer una ecografía, cultivos de sangre y procto-cultivo. El arte para que salga bien el procto-cultivo es el de cagar en el centro del diminuto tarrito que a uno le proporcionan y que hay que tratar de embocar en el agujero del culo. Uno puede terminar salpicando su mano con el caliente jugo de nuestros intestinos y vérselas de figurillas para limpiar el frasco y entregarlo como si, en el arte de embocarla en el retrete, fuéramos campeones mundiales.
Seguido a eso la internación en guardia, que en el susodicho sanatorio pareciera ER Emergencias o Dr House, pero sin George Clooney o Hugh Laurie atendiéndonos y más bien muchos residentes con miedo a que cada paciente se le complique o enfermeras y enfermeros mal pagos que el único trato que establecen es el de ponerte las guías, los jeringazos, tomarte la presión y dejarte abandonado en tu cubículo sin decirte nada de nada, mientras a tu lado chamuyan de falanges fuera de lugar, operaciones a corazón abierto o las quejas de una voz de ultratumba.
Ni que hablar de la odisea en ambulancia hasta otro Instituto para hacer una tomografía, con un ambulanciero pasado de rosca y un paramedico que llevaba cuatro días de gira y guardia duermiendo en su asiento todo el traslado. ¡Momento ideal para que a uno le agarre una chiripiorca!.
A cada pregunta a un medico que obligadamente pasa dos veces por turno por allí de que hasta cuando iba a estar y cual era el diagnóstico, recibía por toda respuesta
estamos viendo, tenes que esperar, es una gastroenteritis y detectamos bacterias (seguro que pensando vengativo por dentro, en la mierda que nos diste en ese frasquito cagado).
Por suerte -para mí y no para el orden sanitario donde el paciente no es sujeto- la jerarquía medica, es como un sistema de castas donde siempre hay una autoridad sobre el resto de los mortales cuya voz es sagrada. Mi medico, jefe de infectología dio la orden.
señores a este muchacho se lo ve bien, mándenlo a casa.
Como palabra santa fui liberado, no sin antes ser condenado a una dieta magra y antibioticos.
Me retire cantando. “las penas son del paciente, las recetas, son ajenas”. |