Escribo estas palabras desde mi cama de hospital. Estoy empezando a tener algo de energía para sostener mi teléfono y usar mis dedos después de 10 días aquí.
Escribo con pena.
Me desperté en la casa de mi familia en Rafah, en el sur de Gaza, el martes 24 de octubre por la mañana.
La casa está –estaba– compuesta de tres niveles.
Allí viven mi padre, su esposa, mis hermanos casados y sus hijos. Mis hijos vinieron a visitar la casa de su abuelo para jugar con sus primos.
Estaba sentado con mis hijos y ellos comenzaron lo que se ha convertido en una conversación habitual en tiempos de genocidio.
¿Cómo encontramos pan y agua para el día? ¿Y dónde podemos encontrar un panel de energía solar para cargar nuestros teléfonos? A veces conseguíamos cargar nuestros teléfonos en la escuela de al lado.
Estábamos sentados en la sala de estar y yo hablaba con mi hijo mayor, Abdullah, de 13 años. Acababa de regresar de la tienda de la esquina y había comprado unas galletas.
A Abdullah (lo llamaba Abboud) le encantaba compartir lo que compraba con su mensualidad.
Le dije: "Lo que quieras habibi [término para referirse cariñosamente a una persona NdT], la próxima vez lo compraré".
Abboud había comprado galletas en vez de pan. No había pan.
No hay electricidad ni combustible. Israel ha cortado todos los suministros de alimentos, combustible y electricidad a Gaza. Tuvimos que buscar sustitutos, y les dijimos a nuestros hijos que compraran galletas para saciar su hambre de pan.
Abboud, mi otro hijo Hammoud y mi hija Batool estaban sentados conmigo. Abdulrahman, mi cuarto hijo, estaba en ese momento fuera de casa.
Abboud dijo que iba a buscar mi teléfono, que en ese momento se estaba cargando en la escuela. Él y su primo habían acordado entre ellos turnarse para ir. Le tocaba a él.
Fue la última conversación que tuve con él.
Secuelas
No escuché ningún sonido. No recuerdo lo que pasó.
Debí haber estado inconsciente, pero no recuerdo por cuánto tiempo. Quizás sólo fueron cinco minutos.
Cuando abrí los ojos, sentí un mareo que no puedo describir adecuadamente. Había polvo y escombros por todas partes.
Sabía que la casa había sido bombardeada pero no podía oír nada. Mi audición había desaparecido.
Miré a mi lado y vi a Hammoud y Batool pegados a mí, gritando y señalando a Abboud. Miré y Abboud yacía frente a mí.
Miré para otro lado y vi el cuerpo de una mujer y luego el cuerpo de otra mujer.
Mis dos tías, una de sus hijas y mi madrastra estaban cerca.
Mi tía anciana se estaba quedando con nosotros. Su hijo y sus tres nietos habían sido martirizados [1] el día anterior y mi padre la había traído para que se quedara con nosotros para que pudiéramos cuidarla.
Mi otra tía también había decidido venir ese día para poder consolar a su hermana. El resto de la familia estaba al otro lado de la casa.
Estaba claro que el misil había impactado en la parte de la casa donde estábamos sentados mis hijos y yo.
Miré a mi alrededor y vi a mi padre tratando de sujetar a los niños.
Vi que la casa estaba destruida. Vi que estábamos entre los escombros.
Vi que la gente se había reunido. Comencé a gritarles a pesar de no poder escuchar mi propia voz: “Vengan rápido, hay niños y mujeres tirados en el suelo…”
Me llevaron a un hospital. Mi vecino me llevó hasta allí a pie.
Pensó que mi herida era relativamente leve en comparación con otras y, de todos modos, los equipos de emergencia estaban trabajando bajo una presión extrema. Mientras caminaba, no paraba de decir a la gente que salvaran a los niños.
La imagen de Abboud no salía de mi mente.
Recibí primeros auxilios en la clínica. Luego me subieron a una ambulancia y me trasladaron al hospital de Rafah.
De allí fui al hospital al-Nasser en Khan Younis.
Mi hermano estaba conmigo. Me contó la noticia tal como la recibió: mis dos tías habían sido asesinadas. También la hija de mi tía y mi madrastra.
Hammoud, Batool y mis tres hermanas resultaron heridos, y una semana después supe que nuestro vecino también fue martirizado al ser impactado por metralla. Abboud y mi sobrina Joud, de 10 años, se encontraban en estado crítico.
Después de un día en cuidados intensivos, Abboud murió. Joud siguió al día siguiente.
Mis heridas y las de mis otros hijos fueron clasificadas como quemaduras de segundo grado. La gente seguía viniendo a decirme que tenía suerte y que me recuperaría.
Alhamdulillah ["Alabado sea Dios", en árabe. NdT]
Mi compañero
Pero mi mente estaba llena de Abboud, mi dulce hijo, que estaba más cerca de mí que nadie y yo de él.
Sé cuánta inocencia, amor, bondad y generosidad encierra su corazón, y cómo su alma fluye con curiosidad por las aventuras, el descubrimiento y la innovación. Muchas veces venía a verme emocionado por algo que había inventado y me explicaba cómo funcionaba.
Sus preguntas vibrantes e inteligentes me hacían detenerme y preguntarme cómo, fuera lo que fuese, nunca se me había pasado por la cabeza.
Abboud tenía un gran potencial que ahora ya no puede desarrollar. Él y yo teníamos una conexión espiritual.
Sólo sus ojos podrían decirme todo. Y él podía sentir lo que yo sentía sin que tuviéramos que hablar.
Él era mi compañero. Y yo el suyo.
En los últimos días antes del crimen, había ahorrado aproximadamente $ 20 de su ingreso personal. Un día me los trajo y me dijo “baba, tómalo porque lo necesitas ahora”.
“Gracias, habibi”, le dije. “No lo necesito, tengo suficiente, gracias a Dios”.
El insistió.
No puedo escribir sobre Abboud en unas pocas frases apresuradas. Necesito un largo silencio para entender lo que pasó.
¿Por qué Israel mató a Abboud?
Por la misma razón por la que ha matado a otros miles de niños y a otros miles de hombres y mujeres inocentes.
Israel y su gobierno colonial no ven nuestra humanidad. No ven nuestra pasión y nuestro amor.
Ni siquiera ven nuestra existencia, porque la suya es una doctrina de genocidio y supremacía racial.
El ataque a mi casa es un ejemplo extremadamente esclarecedor. Lo llaman guerra contra Hamas, y cuentan con el apoyo de regímenes coloniales de todo el mundo.
Pero ¿dónde está Hamas en todos estos crímenes atroces cometidos a diario por Israel?
Mataron a cuatro mujeres y dos niños al bombardear mi casa. ¿Estos son los objetivos de Israel?
La inmensa mayoría de los asesinados por Israel hasta ahora son mujeres y niños.
Lo que mató a mi hijo Abboud no fue sólo un misil estadounidense disparado por un piloto israelí. Lo que mató a mi hijo fue un régimen cuya propia existencia se define y se basa en la expulsión y el genocidio.
A menos que caiga este régimen criminal, habrá miles y miles de personas que tendrán que llorar estas masacres.
Esta injusticia sólo terminará en el momento en que caiga este Israel racista y colonial.
En cuanto a ti, mi querido Abboud: Nunca dejarás mi corazón y mi alma, ni por un segundo.
Siempre serás una fuente de inspiración para mí. Extraigo amor y fuerza de ti.
Publicado originalmente en el sitio Electronic Intifada |