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La Izquierda Diario
5 de marzo de 2018 Twitter Faceboock

A 27 AÑOS
La disolución del Partido Comunista Italiano, la caída de un tigre de papel
Paula Schaller | Licenciada en Historia

En 1991 se disolvía formalmente el que llegó a ser el Partido Comunista más grande de Occidente, el Partido Comunista Italiano.

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Llegó a contar con 70 años de existencia, logrando mantenerse hasta en la larga noche negra del fascismo de Mussollini, de la que emergió siendo un partido de masas

Pionero en la orientación que terminó desembocando en el llamado eurocomunismo, para cuando se dio su disolución muy lejos estaba de aquel partido fundado por Gramsci en 1921 como ruptura revolucionaria de la socialdemocracia y desde hacía décadas se había convertido en un partido del régimen sin más horizonte que la defensa de la democracia burguesa. Hoy, cuando formaciones políticas como PODEMOS en el Estado Español reivindican su legado y al igual que aquel abogan por un “gran compromiso histórico” con fuerzas burguesas, planteamos algunas reflexiones sobre su deriva con gran actualidad para el presente.

La unidad nacional como estrategia

En un obituario político sobre la muerte de Lucio Magri [1], Perry Anderson planteaba: “Después de Berlinguer el PCI sufrió una constante involución. Menos importante que la moderación sin rumbo de su línea política, o que la falta de renovación de su estructura interna, era la transformación de su base social, con el paso de las generaciones, y el partido se convirtió en algo diferente después de décadas de sottogoverno. Murieron aquellos que habían conocido la Resistencia, disminuyó el apoyo de los trabajadores, sus funcionarios eran ahora en su mayoría cargos regionales o municipales satisfechos de sí mismos, y que formaban dudosas coaliciones locales o presidían empresas corporativas” [2]. Algo así como un obituario del propio PCI que, como consecuencia lógica de haberse transformado en un partido completamente dócil, en 1991 terminaba de disolverse organizativamente. Anderson sitúa el comienzo del fin del PCI con la muerte de Berlinguer (Secretario General del PCI entre 1972 y su muerte en 1984), lo cual es válido para su influencia de masas y su composición social, pero lo cierto es que su deriva estratégica había comenzado décadas antes cuando adoptó la política de la unidad nacional.

Para conocer cómo llegó a este punto es necesario conocer la historia de este partido en el marco del estalinismo a nivel mundial. Teniendo en cuenta que la III Internacional fue disuelta en 1943 como ofrenda de Stalin a Occidente. En 1944, mientras Italia sufría la doble invasión aliada y alemana contra la que se había extendido una resistencia armada de masas obrero-campesina que ponía en jaque no sólo la invasión sino las propias bases capitalistas del país, Palmiro Togliatti (Secretario General del PCI desde 1927 hasta su muerte en 1964) había descendido de un paracaídas enviado por Moscú para imponer un giro en la orientación política del partido: la svolta di Salerno. Esta implicaba el abandono por parte del PCI de la estrategia insurreccionalista y su embarque en una política de unidad nacional, entrando al gobierno de Badoglio, ex mariscal del derrocado Mussolini, y luego al del socialista moderado Bonomi. Una versión italiana de la estrategia de Frente Popular impulsada por Stalin desde el VII Congreso de la IC, que el PCI adoptó tardíamente en comparación con el resto de los PC por estar en la clandestinidad y no haber acompañado la estalinización temprana sufrida por el resto de los PC.

Togliatti y Berlinguer en la Svolta di Salerno
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En lo inmediato, se trataba de dotar de legitimidad a un gobierno debilitado por el avance de las masas como precondición para la tarea estratégica: contener el proceso revolucionario en curso.

La contrarrevolución democrática a la italiana

Togliatti diría en su primer discurso público al llegar a Italia: “hoy no se plantea ante los obreros italianos el problema de hacer lo que se hizo en Rusia (…) nosotros debemos garantizar el orden y la disciplina en la retaguardia de los ejércitos aliados.” Esta política fue crucial para evitar la revolución en Italia: a expensas de ésta las masas entregaron las armas a los aliados y fueron llamadas a una política que hizo eje en reformar la democracia burguesa, marcando como objetivo central la convocatoria a un referéndum donde el debate giraba en torno a monarquía o república. “La revolución democrática que se está realizando en nuestro país deberá culminar, en su primera fase, en la Asamblea Constituyente”, planteó Togliatti en su informe al V Congreso del PCI. En las fases sucesivas se iría avanzando hacia el socialismo por los cauces de una “república organizada sobre la base del sistema parlamentario representativo” en la que “toda reforma de contenido social se realice respetando el método democrático”, la Italia burguesa estaba a salvo. Pero lejos de una “revolución democrática” [3] lo cierto es que en Italia se dio el freno de la revolución obrera por vías democráticas, de las cuales nacería la nueva Constitución de 1946 como expresión institucional de la unidad nacional.

Por lo demás, podemos citar como una perla al respecto el hecho de que en su papel de ministro de Justicia del gobierno de unidad nacional encabezado por el demócrata cristiano De Gaspieri en 1946, Togliatti amnistió a 219.481 genocidas, reduciéndole las condenas a unos 3 mil fascistas acusados de crímenes graves, gracias a lo cual una gran parte de los miembros de la elite dirigente y la burguesía italiana que habían sostenido el fascismo se reincorporaron a su profesión e incluso a la función pública, reciclándose en el aparato represivo. La política que privilegiaba la unidad nacional para la “revolución democrática” del PCI fue incapaz de llevar hasta el final una tarea democrática tan elemental como juzgar a los genocidas.

 
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