El juez Sergio Moro, que lleva la causa por corrupción en torno al desvío de fondos de Petrobras a campañas políticas del entonces gobernante Partido de los Trabajadores (PT), dio lugar a la acusación y supuestas pruebas presentadas por la fiscalía y llevará a juicio al líder petista.
El ex presidente está acusado de recibir más de un millón de dólares en sobornos de la constructora OAS, una de las empresas ligadas al escándalo de Petrobrás, también conocido como ‘Petrolao’. Uno de los mayores esquemas de corrupción de la historia del país, en el que están involucrados decenas de políticos de los grandes partidos (PMDB, PT, PSDB, PP).
Pero la acusación se basa en declaraciones de procesados que decidieron encuadrarse en las ‘delaciones premiadas’, similar a la figura del ‘arrepentido’ en Argentina, que le baja las penas a quienes delaten a otros involucrados. Es decir, que no hay pruebas concretas. Lo mismo ocurrió con el impeachment contra la ex presidenta Dilma Rousseff.
Por otro lado, otros políticos clave en la misma situación, que fueron delatados como parte de los entramados de corrupción como José Serra (PSDB) o Geraldo Alckimin (PMDB), no son llevados a juicio.
De esta manera, y a pocas semanas de concretado el golpe institucional, la operación del juez Moro parece tener el objetivo de bloquear la estrategia de defensa del PT que consiste en reagruparse como centro de la oposición política al gobierno de la derecha de Temer y volver al poder por la vía electoral en las elecciones de 2018.
Que Lula sea condenado e incluso que vaya preso, es una posibilidad que no se puede descartar. Pero sin llegar a eso, el trauma del juicio sería una herramienta para debilitar su popularidad y que no tenga chances de ganar en las futuras elecciones. El hecho de no tener otros referentes del porte de Lula dejaría al PT sin posibilidades de retornar al poder.
¿Jugando con fuego?
Se trata de una maniobra muy delicada que juega al filo de la relación de fuerzas. Los sectores más duros de la derecha pretenden “ir con el golpe hasta el final” y dar un “golpe de gracia” al PT. Aprovechan la casi nula resistencia que presentó ese partido y su negativa rotunda a movilizar a los sindicatos y organizaciones sociales que dirigen, incluso paralizando el país para impedir un nuevo golpe en la región al estilo que ya vimos en Honduras y Paraguay.
Pero a la vez tienden a profundizar peligrosamente la ya grave crisis que atraviesa el régimen brasilero desde las grandes movilizaciones de 2013. Muchos elementos de esa crisis se mantienen, como el enorme desprestigio de los políticos y partidos tradicionales (PMDB, PSDB, etc.), incluyendo al propio PT que habiendo llegado al poder en 2003 como encarnación del ‘progresismo’ y ‘la izquierda’, pronto asimiló las mismas prácticas que los partidos capitalistas.
A esto hoy se suma un gobierno sin legitimidad que se impuso con un golpe institucional y que intenta llevar adelante un enorme ajuste contra el pueblo trabajador. Quizás por eso el frente de la derecha golpista parece empezar a dividirse en torno al juicio a Lula porque temen ir más allá de lo que les permite su verdadero capital político.
En esta situación cobra aún más importancia que se exprese la voz de la izquierda que pelea por una salida independiente, obrera y socialista, como los compañeros y compañeras del Movimiento Revolucionario de Trabajadores (MRT) a través de las candidaturas anticapitalistas en las próximas elecciones municipales y en la extensión de la edición brasilera de la Red Internacional La Izquierda Diario (Esquerda Diario), así como en las luchas cotidianas en las calles contra el golpe y el ajuste del gobierno de Temer. |