El pasado domingo 09 de octubre se reveló la designación de Baltazar Porras por parte del Papa Francisco, para ingresar junto a otros 16 monseñores en el llamado “Colegio Cardenalicio de la Santa Sede”, instancia vaticana cuyos cónclaves deciden no solo quién ocupará la silla papal, sino que intervendrían como llave política del Vaticano en los Estados donde tienen presencia.
Esta designación de Porras resulta “coherente” con los objetivos que persigue el Vaticano en el país y el continente, a saber, “pisar fuerte” tanto en Latinoamérica como en la situación venezolana que ya se deja entrever en la mediación papal de los diálogos entre Gobierno nacional y oposición derechista.
Sin embargo un análisis global de la designación cuya consagración tiene fecha para el próximo 19 de noviembre, debe considerar la trayectoria de Porras en la Iglesia y la política nacional, junto con las propias relaciones que la Iglesia Católica y el poder del Estado han tejido históricamente en el país, que nos ayudarán a comprender la “misión encargada” por la institución Vaticana en la actual coyuntura.
“Ecce Homo” [He aquí al hombre]
Baltazar Enrique Porras Cardoso, nacido el 10 de octubre de 1944 en el seno de una familia de clase media de Caracas, vivió su temprana infancia bajo la égida de las Juntas militares de Gobierno hasta la dictadura de Pérez Jiménez, década que recuerda marcada “por esa serenidad y tranquilidad que uno desearía para todo niño hoy en día”.
A los 17 años maduró su vocación sacerdotal estudiando “Sagrada Teología” en la Universidad Pontificia de Salamanca [1962-1966] (donde obtendría también su doctorado en 1977), residía en un Colegio Mayor de la Organización de Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana (OCSAH) durante aquellos tiempos cruciales en que se desarrollaba el Concilio Vaticano II [1] que marcaba un punto de inflexión entre la Iglesia Católica y el régimen franquista.
A su vuelta a Venezuela será ordenado sacerdote en 1967, ocupará varios cargos en educación pública y privada, cargos eclesiásticos en Calabozo [1966-1975], Caracas [1978-1983], y en Mérida como Obispo auxiliar en 1983 y en 1991 como Arzobispo, cuyo propósito expreso por parte del Nuncio era mantener “una relación más directa y más estrecha con el mundo universitario” de este estado.
Durante toda la década de 1990 fue Miembro de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Venezolana, tras el cambio de gobierno ocupará el cargo de Presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana [1999-2003, 2003-2006], ejerciendo un papel político activo junto a la oposición derechista, antes, durante y después del golpe de abril de 2002, con lo que hace méritos para ascender a Primer Vicepresidente de la Conferencia Episcopal Latinoamericana CELAM [2007-2011].
Pletórico de condecoraciones políticas y militares bajo el puntofijismo, prolífico en elucubraciones contra el Estado y la Educación Laica, las libertades sexuales y reproductivas de las mujeres [2], un actor fundamental de la iglesia católica bajo el puntofijismo y bajo los gobiernos de Chávez y Maduro.
La Iglesia Católica y el Poder Estatal en Venezuela
Llegar a este punto es encontrarse como ante una saga de Game of Thrones. La llegada de la “Espada y la Cruz” a “Tierra de Gracia” nos muestra ya una Iglesia Católica, Apostólica y Romana dependiente, aunque obedece a Roma se sometía por la Ley de Patronato a la Corona española durante el extenso período colonial, de quien recibía financiamiento directo, mientras se encargaba de la vida educativa, familiar, sacramental y moral de los individuos.
Ilustrativa es la imagen de la política religiosa hacia la educación superior colonial, que el Dr. Ildefonso Leal nos ofrece en su libro Historia de la Universidad Central de Venezuela 1721-1981 (Ediciones del rectorado, 1981), con sus rasgos de oscurantismo, exclusión, elitismo, sexismo y racismo.
Por eso, a pesar de que los independentistas en 1811 consagran con su primer artículo a la Iglesia Católica como religión (exclusiva y excluyente) del Estado la gran mayoría de los jerarcas eclesiásticos se les oponen. El fortalecimiento de los modernos Estados (burgueses) favoreció la extensión del régimen de Patronato Eclesiástico heredado de la Colonia y en muchas ocasiones tensó las relaciones con la Iglesia, medidas como el cierre de seminarios, expulsión de obispos y expropiación de bienes fueron tomadas por aquellos gobiernos. Por eso en la visión de Baltazar Porras: “mientras estuvimos en esas divisiones en el siglo XIX, el país no avanzó”.
En 1904 se da la primera Conferencia del Episcopado inaugurando el siglo XX con iniciativas para recuperar terreno apoyándose fundamentalmente en las dictaduras militares de la primera mitad del siglo pasado, sobre todo desde ámbitos como la educación (a través de la AVEC, fundada en el 45’) y la salud (por medio de misioneros). Pero no es sino hasta la Constitución de 1947, artículo 85 donde se da un marco legal que posibilitaría el eventual Convenio con la Santa Sede [3].
La caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez [1958] y el ascenso del puntofijismo con su nueva configuración del poder político donde -entre otras cosas- un partido del régimen es el Socialcristiano Copei, hace coincidir en muchos puntos con el ya mencionado Concilio Vaticano II que se celebraba por esos años, el Convenio entre Venezuela y el Vaticano se logra en 1964 poniéndole fin al Patronato, entre otras garantías otorgadas por los diferentes gobiernos del régimen a la Iglesia católica hasta 1999.
La decadencia del puntofijismo se hizo sentir en la "crisis de autoridad" de la propia Iglesia durante los 90’s [4]. El cambio de régimen político colocó a la defensiva a un clero nervioso, con temores de perder autoridad en manos del nuevo gobierno.
Su rol activo en la consecución del golpe de 2002 lo puso de manifiesto, tanto que el católico presidente Chávez llegó a declarar: “Ellos sí violaron la Constitución, toda la Conferencia Episcopal, cuando firmaron el decreto de Carmona, lo reconocieron como presidente (...) y digo toda porque hasta los que callaron, con su silencio, se han hecho cómplices” [5].
Porras, quien entonces presidía la CEV tampoco escondió sus motivos, a pocos días del golpe afirmaba en una entrevista que sus diferencias con el gobierno eran “un problema de orden ideológico (...) Si la iglesia aceptara una relación fifty-fifty [con el gobierno] no estaría cumpliendo con una exigencia ética [la coyuntura nacional hace que] toda palabra de la Iglesia [tenga] un contenido o una fuerza que pudiéramos llama política” [6]. En la misma confesaba que en materia de financiamiento “Es realmente grande la ayuda que viene de afuera” (sic.) por parte de la “Iglesia Europea y Norteamericana”.
A pesar de los roces siempre fluctuantes entre el gobierno y la iglesia católica, esta última siempre influyó sobre el primero como un instrumento de mediación y presión por derecha durante el período inmediatamente posterior al golpe, logrando arrancarles la absolución del TSJ y el indulto presidencial a algunos participantes del golpe.
En 2009 la Iglesia Católica atacó el artículo 7 de la Ley Orgánica de Educación referido a la Educación Religiosa Escolar (ERE) que apenas declaraba la “Educación Laica”, a pesar de que el gobierno del fallecido presidente Chávez nunca osó tocar siquiera el Convenio de mutua colaboración entre el Estado venezolano y la AVEC [1990], donde los últimos cubren con sus instalaciones el déficit de cupos en escuelas públicas y el primero cubre el déficit presupuestario de las escuelas católicas. Así mismo el gobierno mantiene en lo fundamental los elementos heteropatriarcales del Código Civil de 1982 que regula el matrimonio, la patria potestad, entre otras políticas familiares.
Instituciones como la Conferencia Episcopal Venezolana, un partido socialcristiano como Copei, la fuerte presencia de la AVEC en la educación, delinean el campo de acción desde donde ejerce una influencia de poder en la sociedad venezolana la iglesia de los Urosa Sabino, Roberto Lückert, Diego Padrón, y por supuesto, de Baltazar Porras.
"Qui Prodest?” [¿A qué obedece?]
Considerando todo lo anterior no es difícil entender a qué sectores políticos y económicos favorece la designación de Porras, el júbilo por parte de 13 representantes de la MUD, las congratulaciones individualmente dirigidas por empresarios y distintos líderes de la derecha opositora (Toro Hardy, D’Agostino, Torrealba, Capriles, entre otros), y el encuentro político sostenido por Henry Ramos Allup, con el “nuevo cardenal” el pasado viernes 14, ungiéndolo como “un apóstol de la lucha democrática en Venezuela”.
Tampoco lo sería explicarse el que otros 2 nuevos cardenales sean Latinoamericanos (de Brasil y México) y 3 nuevos purpurados provengan de EE.UU.; y así mismo el reciente nombramiento papal del venezolano Monseñor Francisco Escalante como Nuncio Apostólico [01/04/2016], y la más reciente elección del venezolano Arturo Sosa Abascal como nuevo superior de los Jesuitas [14/10/2016] orden a la cual pertenece el papa Francisco.
Así vemos que en el caso venezolano, que no es sino extensión de la política del Vaticano y Washington hacia el continente, la diplomacia vaticana liderada por Bergoglio se monta sobre la decadencia del proyecto nacional del chavismo presidido por Maduro, persiguiendo a corto/mediano plazo una participación de primer orden en las mediaciones entre el gobierno y la oposición derechista incidiendo en la naturaleza de todo posible acuerdo.
El Vaticano no hace otra cosa que servirse de la imagen papal cuidadosamente confeccionada al uso y reforzada en buena medida por la "buena prensa" ofrecida por los líderes populistas latinoamericanos, el objetivo último sería sin lugar a dudas asegurarse lo más cercano posible a una participación privilegiada en el futuro régimen post-chavista, similar a la que gozaban en el período puntofijista, para lo cual se arma de figuras como el "nuevo cardenal" Baltazar Porras. |