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La Izquierda Diario
5 de abril de 2025 Twitter Faceboock

Tribuna Abierta
Cómo llegué a odiar la universidad
Pablo Cañal Olivar | Madrid

Este 26 de octubre los estudiantes salieron a la calle contra la LOMCE. Quería aprovechar la ocasión para hablar de mi experiencia como desertor de la universidad pública y reflexionar sobre una institución que nos empuja a enfermarnos y sentirnos culpables por ello.

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Los años universitarios fueron de los más felices de mi vida. ¿Nunca habéis escuchado una frase como esta? ¿De nuestros padres o de tantos mayores que, con las mejores intenciones, nos animan a enfrentar con ganas este nuevo ciclo de nuestras vidas? La universidad es esperanzadora. Sobre todo, cuando venimos de sufrir una educación obligatoria que nos empuja a asimilar contenidos sin cuestionarlos y a competir con nuestros compañeros para ser “excelentes” (léase superiores). Creo que a nadie nos gustaría regresar a esos tiempos en los que aprendíamos bajo amenaza. Por eso, cuando entré a la universidad por allá por 2010, respiré aliviado por haber pasado la selectividad con nota y escapar de lo que sentía como una cárcel infantil. Era adulto, podría ahora encontrar en la universidad una comunidad de personas afines. Y ser feliz.

Precisamente, creo que muchos de los que entramos en la universidad buscamos en ella un espacio para entendernos a nosotros mismos y entender qué nos ha llevado a volvernos locos. Como individuos y como sociedad. Todos tenemos ciertas expectativas y todos debemos adaptarnos a una realidad universitaria que no es la que esperábamos, pero por lo menos lo que yo no esperaba es que terminaría odiando la universidad. ¿Cómo he llegado a ese punto?

Cuando entré en la universidad estaba profundamente deprimido. No era solamente el hecho de que no sabía cuál era mi lugar en el mundo, algo común a esas edades, es que no sentía que pudiera confraternizar con la mayoría de mis compañeros. Creía que era un problema de comunicación, así que decidí empezar Bellas Artes, pues creía que ese sería el campo donde mejor podría comunicarme con mis iguales. Pronto comprobé lo viciada que era mi forma de pensar. Creía que confraternizar era un trabajo que debía realizar por cuenta propia antes de interactuar con los demás, porque mi único valor se desprendía de aquello que lograba producir. Así fue como fui desarrollando una cierta frustración a las respuestas tan negativas que percibía de la sociedad. Me sentía tan extraño con el mundo y mi trabajo no servía de nada. En unas palabras: no lograba traer cordura a la locura general. Frente al lienzo y a mi propia forma de mirar, me di cuenta después de un tiempo de que el currículum tampoco nos ayudaba a los estudiantes a salir de nosotros mismos, pues en muchos sentidos seguía siendo aquella una institución académica decimonónica. En otros no, por suerte tuve a algunos profesores (muy pocos) que nos animaban a colaborar entre nosotros a la vez que nos atendían de forma individualizada y nos permitían trabajar aquello que considerábamos que necesitábamos enfrentar. También recuerdo lo importante que fue entender de dónde viene mi propia forma de pensar, que va más allá de mí solamente y se entronca en toda una cultura, ética y estética. Agradezco a ciertos profesores que, por ejemplo, me hicieron ver cómo ha influido el pensamiento de Kant en este mundo moderno y contemporáneo y lo problemático que es que sigamos pensando igual en tantos aspectos (qué manía le tengo ahora, una vez que lo conozco mejor). O haberme presentado a filósofos como Deleuze y Guattari, quienes me dieron las palabras para reivindicar toda una nueva forma de relacionarme y actuar en sociedad cuando leí su famoso Rizoma. No imagino lo que ha de suponer que ahora, con la supresión de la filosofía en las troncales de Bachillerato, las nuevas generaciones no tengan unas bases filosóficas que les permitan defenderse de este mundo capitalista, machista, eurocentrista y que va contra todas las perspectivas que divergen y funcionan de forma distinta a lo considerado como “normal”.

No obstante, la universidad tal y como se concibe en estos días neoliberales parece que también está pensada para fragmentar a estudiantes y profesores y culpabilizarlos por no adaptarse al sistema.

En 2010 venía de implementarse en España el plan Bolonia, y nuestra generación fungía como conejillo de Indias. Ya en esa época se empezaba a oír hablar también de la estrategia 2015, que pretendía mercantilizar y elitizar aún más la universidad. El resultado: 134.000 estudiantes expulsados que no pueden afrontar el aumento de las tasas. Y los que quedábamos lo hacíamos bajo la perspectiva de un futuro precario, desértico casi. Nos hicimos a la idea de que nuestros estudios no servían de nada en el mundo real, que no nos querían como quienes éramos sino como engranajes de un mundo corporativo que nos mantenía empobrecidos. Así que nos refugiamos en la burbuja universitaria, sin perder de vista la paradoja de que acomodarse en ella y “sobrecualificarnos” nos dificultaba cada año más integrarnos al mundo del trabajo. Una esquizofrenia. ¿Cómo adaptarse a un sistema que te quiere enfermo? ¿Qué te hace sentirte inadaptado perpetuamente, porque te muestra el camino y no eres capaz de seguirlo? El tiempo dentro lo pasaba con la ansiedad de sentirme incapaz y tras la ansiedad, asco y culpabilidad por sentirme un vago, a pesar de estudiar aquello que se supone me gusta y me llena. Ahora que he salido de la universidad, además, me he sentido un ciudadano de segunda clase por no haber sido capaz de conseguir la titulación después de cinco años.

Creo, sin embargo, que no soy el único que padece esta soledad en el campus, con un sentimiento que podríamos definir como “sálvese quien pueda” y que, de alguna forma, debemos cargar solos, porque ser adulto es saber resolver nuestra incertidumbre, nos dicen. Pero este calvario personal es en realidad síntoma de un problema sistémico que nos empuja a los márgenes y nos convierte en desplazados, es decir, va más allá de nosotros. Porque lo “normal” no es perpetuarse en un lugar de nadie, se supone que con cada año que pasa se nos debiera volver más simple encontrar nuestro sitio y manejar nuestras inseguridades. No es normal adolecernos tanto durante tanto tiempo. Desde mi perspectiva, todo este sufrimiento hace de la universidad una institución que pertenece a ese sistema que nos enferma y nos criminaliza, no es una burbuja al margen, y nos está excluyendo a la mayoría: no está creando sociedades más igualitarias y justas.

Para quienes deciden nuestro currículo no somos nadie. No nos necesitan, no tenemos poder. Encontrar un espacio donde nuestras voces sean escuchadas y entendidas se vuelve completamente necesario para cuidarnos a nosotros mismos. Cuidarse y enfrentarse a quienes nos mantienen ahogados y acallados es así la única forma de sobrevivir esta universidad neoliberal.

 
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