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La Izquierda Diario
7 de noviembre de 2014 Twitter Faceboock

OPINIÓN
La decisión de Brittany y la Iglesia
Miguel Raider

“El mundo es un lugar hermoso”. Fueron las últimas palabras de Brittany Maynard, la joven norteamericana de 29 años que resolvió terminar con su vida el 1° de noviembre para poner fin a los padecimientos de un cáncer cerebral terminal, adelantándose al deterioro y el dolor indeclinables que la limitaban progresivamente.

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“Este terrible cáncer en el cerebro que me ha encarcelado... me habría encarcelado mucho más”, escribió Brittany resuelta a morir ingiriendo dos pastillas, rodeada de su esposo, sus familiares y sus afectos más queridos, despidiéndose así del mundo que tanto la cautivó.

La decisión de Brittany abrió un debate internacional que suscitó conmoción entre los especialistas de bioética. “Brittany no quería morir, lo que Brittany no quería era sufrir. Quiso tener vida digna y no quería el deterioro", opinó Dinah Magnante, abogada especialista en Etica Biomédica que también asesoró a Selva Herbón, la mamá que solicitó una muerte digna para su hija Camila, en estado vegetativo irreversible desde su nacimiento. Magnante integra la asociación Compassion & Choices que lucha por el derecho a la eutanasia y acompañó a Brittany en todo este proceso.

La psicoanalista y psiquiatra Lía Ricón, que trabaja con familiares de pacientes terminales, observó que “este tipo de decisiones son un rasgo de vida, una decisión de salud. En el campo, a los animales en esta condición se los ‘despena’, le quitan la pena, lo sacrifican. Me impresionó siempre que el dueño de un animal, si se lesiona de modo incurable, tiene como obligación -casi una cuestión de honor- terminar con la vida del animal al que quiere mucho. ¿Por qué los humanos tenemos que estar condenados a seguir penando cuando padecemos males incurables? ¿Por qué dejar sufrir a quien yo quiero? ¿Sólo por tenerlo vivo?”. “Un especialista debe intervenir cuando el deseo de muerte no es justificado, como cuando alguien cree que la vida no tiene sentido porque perdió el trabajo. El caso de Brittany es un deseo de muerte justificado como el prisionero que esta por ser torturado y decide suicidarse antes de sufrir”.

El director del Instituto de Bioética de la UCA Rubén Revello objetó “¿Cada uno puede decidir sobre su muerte?... La decisión de morir la toma el mismo cuerpo, no uno mismo. Negarse a hacer un tratamiento es una cosa; otra distinta es causarse la muerte”.

La voz oficial del Vaticano quedo en boca del obispo Ignacio Carrasco de Paula, miembro del Opus Dei y representante en materia de bioética, quien señaló que “el suicidio asistido no es una muerte digna, es algo absurdo, la Iglesia esta en contra porque no es admisible el acto de quitarse la vida, no juzgamos a las personas, pero el gesto en si debe condenarse”. El enunciado de Carrasco de Paula está en sintonía con las resoluciones de la Asamblea General de la Pontificia Academia para la Vida de febrero, donde el papa Francisco condenó el derecho a la eutanasia como una “cultura del descarte” engendrada por políticas de “exclusión social”. “No es progresista pretender resolver los problemas eliminando una vida humana”, recuerda Francisco en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium, festejada a rabiar por el mismo establishment político y financiero responsable de las políticas de “exclusión social”.

La sentencia del obispo del Opus Dei evoca la demonización del Vaticano en marzo de 2005 ante el caso de Terry Schiavo, la norteamericana que pasó 15 años en estado vegetativo hasta que a instancias de sus padres finalmente la Justicia resolvió suspender su alimentación e hidratación por vías artificiales. El “progresista” Francisco sigue la misma senda que el derechista Juan Pablo II, el que propagandizaba estas ideas oscurantistas condenando al infierno a aquellos que desafiaban las “leyes naturales de Dios” enfrentadas a la “arbitrariedad del hombre”.

Detrás del discurso de la “defensa de la vida”, la Iglesia Católica resulta indiferente a la descomposición irreversible de personas diagnosticadas con muerte cerebral que sólo continúan con vida animados por medios mecánicos. Así la vida se despoja de humanidad y se transforma en un despojo de huesos asistido por un pulmotor. Paradójicamente, en “defensa de la vida” la Iglesia defiende la pena de muerte y demoniza el derecho al aborto, mientras en miles de mujeres de las franjas más humildes son condenadas a muertes evitables.

Desde los tiempos del ágora griega (Platón, Aristóteles y los estoicos) hasta las luminarias de la Ilustración (Tomas Moro, Francis Bacon, Karl Marx), numerosos pensadores reflexionaron sobre la necesidad de desarrollar la medicina para cuidar y acompañar a las personas que se hallan en la fase terminal de su vida.

La decisión de Brittany se da de patadas con la Iglesia, para la cual el concepto de humanidad queda reducido apenas a la moraleja de algún pasaje bíblico, aunque compatible con este sistema inhumano basado en la explotación del hombre por el hombre.

 
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