La idea de “dejar a las fuerzas del mercado actuar” no es nueva, es uno de los principales postulados de la economía “burguesa”, Adam Smith teórico liberal del siglo XVIII señalaba que para que el capitalismo pudiera funcionar habría que dejar que “la mano invisible del mercado” regulara la economía. Esta mano invisible con el tiempo resultó en un creciente poder de sectores de la burguesía que fueron transformando el libre mercado en fuertes monopolios vinculados directamente al poder político.
Según estos postulados (que claramente obedecen al interés de los grandes empresarios) es más perjudicial mantener subsidios sobre los energéticos que permitir que aumenten los precios y que el mercado “dicte” el aumento de éstos, acorde con parámetros internacionales. Los subsidios, según esta visión, generan gasto público y déficit presupuestal.
Lo que esconde esta visión, es que el costo de los energéticos y combustibles podría ser mucho menor si quitamos de la ecuación la ganancia empresarial por un lado, y por otro que un Estado capitalista puede financiarse de distintos modos, por ejemplo cobrando fuertes impuestos a los empresarios. No obstante, la casta política hace todo lo necesario para lograr “inversión” privada y aparece de cara a la población señalando que solo con inversión hay empleos, crecimiento y bienestar. Es decir, solo favoreciendo los intereses de los empresarios puede irnos bien a todos, nada más falso.
El precio de la gasolina sube y sube y subirá…
No vivimos en el capitalismo de libre competencia del siglo XIX con cientos de productores que compiten libremente, vivimos una época donde los mercados están dominados por fuertes monopolios y oligopolios. Es falso que los consumidores puedan “castigar” a los empresarios si aumentan los precios dejando de comprar. En realidad lo que ocurre es que los oligopolios se ponen de acuerdo para establecer precios y condiciones de forma tal que les convenga, compiten pero no para ofrecer a precios bajos productos o servicios, sino para obtener mayores ganancias.
Por ejemplo los bancos de conjunto cobran altas tasas de interés a los usuarios, un mercado dominado por un puñado de grandes consorcios puede fácilmente establecer parámetros que le convenga a la burguesía del sector. Lo mismo ocurrirá con la gasolina.
El precio de la gasolina “liberalizado” lo único que traerá son aumentos en el costo de este energético. Las empresas trasnacionales fijarán el precio en función de sus intereses, en consonancia con los precios a los que se cotiza en la bolsa y con el valor del peso frente al dólar. Se prevén aumentos en febrero, para en marzo dejar el precio al “libre” mercado.
Lo anterior significa el encarecimiento del costo de la vida para las masas trabajadoras en el país, en un contexto donde los salarios son de los más bajos en el mundo, cada vez alcanzará para menos. Se encarecerán los alimentos básicos, las medicinas y el transporte, provocando una espiral inflacionaria, en el marco del aumento del dólar y la llegada de Donald Trump.
Hay otra salida: obrera y popular
El mensaje de Peña Nieto en cadena nacional donde busca ofrecer una explicación del gasolinazo centra su argumento en que era una medida necesaria para compensar el aumento del precio internacional del petróleo, otra mentira.
Los precios del petróleo en los últimos años han aumentado y disminuido sin que ello implique que esto impacte directamente en el precio de la gasolina. Lo que plantea el gobierno es que no se puede seguir subsidiando el combustible, hacen falta recursos. Después de vender PEMEX y entregar los recursos naturales al imperialismo es lógico que falten recursos, más aún con el enorme gasto corriente (el gasto en sueldos a funcionarios y burócratas) del gobierno.
Para mantener el subsidio en primer lugar hay que cobrar fuertes impuestos a los empresarios y banqueros que no los pagan, recortar los sueldos de los diputados y funcionarios (incluyendo a los ministros de la suprema corte) para que ganen como un trabajador. Pero hay que ir más allá.
Es necesario renacionalizar toda la industria energética y ponerla a funcionar al servicio de las necesidades del pueblo trabajador. El funcionamiento de Pemex no debe estar a cargo de burócratas corruptos del Estado capitalista mexicano, sino bajo el control democrático de sus propios trabajadores: operativos, técnicos, ingenieros y funcionar con el apoyo de especialistas de universidades públicas. Esto en el marco de poner a funcionar la ciencia y la tecnología para avanzar a combustibles no contaminantes y generar un transporte público eficiente que desincentive el uso del transporte privado.
Sólo enfrentando el poder de los capitalistas se puede dar una salida favorable a los intereses de las mayorías trabajadoras en la crisis que atraviesa el país. Una empresa pública opera para brindar un servicio a la población, solo tiene que cubrir sus costos e invertir en innovación tecnológica, una empresa privada busca una ganancia. He aquí la contradicción fundamental de la sociedad capitalista, o son los ricos o somos los trabajadores y el pueblo, o ellos o nosotros. |