Sus trenzas/su dictadura/su petulancia/sus bolazos/su drama
Escribe Mario Mactas (¡Arisco el hombre!)
Los Maricas
En una de esas su hijo es bailarín. Quizás usted mismo, honesto empleado bancario, se sueñe parecido a Mónica Vitti. Tal vez lo hayan convencido de que ser marica es lo mismo que ser sensible y genial. No se deje embaucar. No tiene nada que ver. No persiga, no quiera destruir a los raros del mundo, pero tampoco caiga en la trampa y se someta a su crecientemente poderosa dictadura.
No se avergüence de ser un hombrecito, que eso no tiene nada de malo sino todo lo contrario. No admita que, con el cuento del componente, lo quieran convencer de que la desdichada condición de marica es mejor que la que permite, todavía, que nazcan hijos y el mundo siga dando vueltas. Difícil de soportar resulta ya la dictadura de los maricas.
No contentos con que el snobismo, la frivolidad, la madurez en algunos casos y algunas cabezas dispuestas a tolerar y a entender sin perseguir, y el formidable estallido axiológico de la época los vayan alejando lentamente de la condición de raza repulsiva y de la persecución irracional, han trepado a la petulancia y quieren, ellos también, verduguear a los otros.
Parecen suponer que llegó el tiempo de la venganza. Verdosos y con esa vanidad temblona tan parecida a la inseguridad y el miedo que siguen arrastrando, aunque ya todo el mundo tiene terror de ofenderlos y de aparecer como medievalista o machista incurable, entienden de repente al mundo como algo que sólo cobra sentido cuando se ve desde los ojos de lo anormal. Curioso concepto, levantado por quienes se quejan de la opresión y la represión que sienten dentro de una organización social que los rechaza.
Y es más curioso todavía que, mientras subsisten –tal vez por un profundo instinto de conservación del género humano- los mecanismos de repudio y aislamiento, al mismo tiempo se alzan las concepciones de una subcultura, la homosexual, donde lo marica pasa a ser sinónimo de sublime y mejor. Algo que cuesta digerir.
La vulgarización que, desde el psicoanálisis y sus clientes menos lúcidos, ha sufrido la idea de que todos tenemos un componente homosexual, es el pretexto básico de los maricas que, aunque en muchos casos enormemente burros, no vacilan en aferrarse a hipótesis o sombras de certezas que permitan adornar y embellecer la discutible acción de tragársela doblada. Sí, probablemente todos tengamos el componente, y la inteligente posesión del dato es útil.
Pero seguro que Freud, pobre, no lo descubrió para que de allí en más hubiera piedra libre para justificar con toda superficialidad a los maricas o sostener que, teniendo los dos sexos se puede elegir uno.
No, maricas: ser varoncito y pederasta no es la elección del otro sexo sino un horrendo tropiezo existencial, una catástrofe. Por la cual nadie tiene que ser colocado en la hoguera, pero desde la cual tampoco es lícito pretender una condición mejor que la que permite, por ejemplo, que nazcan hijos y todo este asunto siga andando. Una cosa es reclamar piedad y comprensión, y otra –enferma y maligna- intentar, a partir de la sospecha de que se está consiguiendo lo que se exige, dar el salto para invertir la vida.
Por eso es que uno se anda acostumbrando un poco a oír que, por ejemplo, los maricas tienen una sensibilidad exquisita. Lo dicen, claro, los mismo maricas. Fundamentan la sentencia en hechos tales como que prefieren seguir un curso de mimo con algún discípulo de Barrault a enrolarse como marcador de punta en el equipo del barrio, o se estremecen todos con la lectura de Jean Genet, marica blasfemo cuyo mérito sólo Sartre puede sostener.
No es para nada casual que pase lo mismo con el cine, con el teatro y la plástica. Es una tierna actitud solitaria y protectora de los críticos, pero no tiene nada que ver con la sensibilidad y mucho menos con la calidad de las obras juzgadas. Hay maricas de genio y maricas tan poco talentosos que dan asco. Como pasa con los que no lo son. Pero, las fantasías de los maricas los llevan, sin que lo adviertan, a pensar que si Proust era morfeta ellos son buenos escritores, como Proust. Una manifestación de ciertas patologías psicológicas que cualquiera conoce. Las mismas que condujeron a la crítica mundial a endiosar a Pasolini, no por su profundidad, su estilo poético y su honestidad, sino por la gozosa exhibición de pitos con que terminó su notable carrera en el cine.
Bueno, está bien. Son opiniones. Opiniones de maricas. Pero nos quieren engañar. No es lo mismo ser marica que ser un creador. Es más: aunque cueste creerlo, maricas, en muchos casos ni siquiera hay coincidencia entre las dos cuestiones. El humor marica también tiene hoy prestigio inusitado. Consiste, se sabe, en la caricatura, la habilidad para actuar como travestis y, sobre todo, la meledicencia. Se considera “implacable” y “feroz” el modo marica de satirizar costumbres y actitudes cuando, por lo general, es sólo estúpido y patético. Pero, como si no te reís sos una bestia, un Savonarola que en el fondo está tapando su componente, tenés que reventar a carcajadas frente a viejos chistes e histéricas reflexiones. ¿Será posible? Hay, en realidad una triste confusión.
Tal vez porque todo el mundo marica sea triste, gris, un aullido humano que nadie escucha sin un secreto disgusto. Dentro de la confusión, cualquier imberbe blando y con carnet de marica sacado de la cuna, durante su formación en el marco familiar o donde sea, supone que basta con tocar la guitarra, comprarse un par de suecos y poner la lamentable expresión que suele acompañarles las caras para convertirse en un David Bowie de las orillas del mundo. Pasa que, además, David Bowie es un notable compositor, un buen músico, un showman de valor. Solamente después de todo eso es, se presume, homosexual.
La confusión consiste en convertirse primero en una trágica nena con genitalidad masculina y después aprender solfeo. Lo importante es avivarse de todo esto. Sin encender antorchas, sin querer destruir a nadie. Alguna vez alguien con mucho poder y mucha locura llenó un barco de maricas y lo hundió en el mar. Habría supuesto que a partir de ese día no iban a nacer más. O tendría un miedo sospechosamente agudo al problema. Eso nadie quiere imitarlo, ni siquiera en sus más débiles expresiones, en gestos que pueden repetir lo bestial. No hay rabia. Sí estupor. No hay prejuicio. Sí un poco de consternación ante la tremenda mezcla en que parece convertirse por momentos la vida.
Solos en los subterráneos, asustados, agrupados, pobres, siempre cruelmente diferentes, buscando sin duda amor, como cualquiera, los maricas –qué vamos a hacer- son y seguramente serán. Pero sigamos rogando que por lo menos nuestros hijos sean gauchitos, que el mundo no se siga poniendo patas arriba. Es lo menos que se puede pedir. Cada cual puede hacer de su traste un violín. Es un derecho. Pero de aquí a suponer que la desdichada condición de puto sea bandera de gracia y belleza hay un camino muy, muy largo. Si lo atravesamos, que por lo menos sea con una protesta en el corazón. |