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La Izquierda Diario
18 de noviembre de 2014 Twitter Faceboock

DOSSIER REVOLUCIÓN DE OCTUBRE DE 1917
1905-1917: los problemas prioritarios de la revolución

Continuando con el mes homenaje a la Revolución Rusa y al dirigente revolucionario León Trotsky, se publica este artículo que apareció en un diario alemán, cuando estaba camino a Rusia. La Revolución de Febrero había derrocado al zar Nicolás pero en su lugar un gobierno burgués se veía obligado a ocupar el poder. Era importante definir a qué tipo de revolución se estaban enfrentando los revolucionarios y a quién deberían enfrentarse para llevarla hasta el final. La versión completa se encuentra en "1917. Escritos en la revolución".

Link: https://www.laizquierdadiario.com/Los-problemas-prioritarios-de-la-revolucion

León Trotsky

Die Zukunft, abril de 1917

La guerra franco-prusiana de 1870-71 dio por finalizada la agitada época de la formación de los Estados europeos. Una era de inmovilismo político comenzaba. Como nunca se vio en la historia, las contradicciones se hacían claras en el seno de las sociedades capitalistas. Pero ninguna de ellas encontró una solución a través de las armas. Todo el arte de los dirigentes consistía en dejar para después las cuestiones importantes. El posibilismo, el oportunismo, la facultad de adaptarse se convirtió en escuela y tradición. En esta atmósfera se formó la psicología de las generaciones socialistas de preguerra. La revolución era mirada como un método retrógrado de “barbarie” política. Los revolucionarios eran considerados como soñadores de quimeras, los que, justamente, no perdían el sentido de la realidad.

La guerra ruso-japonesa y la Revolución Rusa de 1905 dieron un golpe violento a los prejuicios posibilistas. Estos acontecimientos tuvieron eco en el mundo entero. En Austria, la Revolución Rusa acarreó la conquista del sufragio universal. En Alemania, conmovió un poco al conservadurismo del Partido socialista, y este recomendó “en principio” la huelga general al Congreso que se realizó en Jena.

En Francia, el sindicalismo levantó cabeza e hizo contrapeso al oportunismo de la fracción parlamentaria. En Inglaterra se creó el Partido Laborista. Sin embargo, ningún conflicto estalló entre los partidos socialistas y los gobiernos. (…) ¡La Revolución Rusa fue aplastada por las fuerzas combinadas del zarismo y de la reacción europea capitalista! Este desastre volvió a dar vida al espíritu del oportunismo. La época comprendida entre 1907 y 1914 fue la del más lamentable conservadurismo (…) para el movimiento obrero. Pero la historia preparaba para los revolucionarios una revancha maravillosa. Esta vez, Rusia tomó la iniciativa.

Las personas que piensan superficialmente o que no piensan, suponen que resolvieron el problema diciendo: en Rusia se desarrolla actualmente “una revolución burguesa”. En realidad, la cuestión se plantea así: ¿Qué es esta revolución burguesa? ¿Cuáles son sus fuerzas internas y sus perspectivas futuras?

Durante la gran Revolución Francesa, la principal fuerza motriz era la pequeñoburguesía urbana conduciendo a la masa campesina. ¿Dónde se encuentra entre nosotros esta pequeñoburguesía? Su rol económico es insignificante. El capitalismo industrial ruso se desarrolló desde el inicio bajo formas concentradas. El proletariado se oponía hostilmente a la burguesía, clase contra clase, en el umbral de la Revolución Rusa de 1905. Tales son las diferencias sociales entre las dos revoluciones. Pero no se puede ir lejos con semejantes analogías históricas. Es indispensable examinar las fuerzas vivas y fijar sus líneas de movimiento. Entre la revolución del “Tercer Estado” en Francia y nuestra revolución, estuvo la Revolución Alemana de 1848. Esta última, también era burguesa. Pero la burguesía alemana era incapaz de cumplir su rol revolucionario.

(…) La burguesía rusa entró en la arena política después de la burguesía alemana. El proletariado ruso es incomparablemente más fuerte, más independiente y consciente que los trabajadores alemanes de 1848. El desarrollo general europeo puso a la orden del día la revolución social. Todas estas circunstancias, quitaron a la burguesía liberal los últimos restos de confianza en sí misma y en el pueblo. ¡Con qué insolencia, a decir verdad cinismo, el zar ha tratado a la burguesía liberal! Convoca a la Duma [especie de parlamento, NdE] cuando necesita un préstamo; cuando lo obtuvo, volvió a mandar a los diputados a sus casas. (…)

“Si el camino de la victoria debía pasar por la revolución, rechazaríamos la victoria”, declaraba recientemente Miliukov. En la medida que se tratara de la burguesía liberal, Nicolás podía dormir tranquilo: sabía que la cobardía de clase de los burgueses prevalecería sobre su odio hacia el zar. Ocurre lo contrario con el proletariado. En vísperas de la guerra, se encontraba en el punto culminante de la agitación revolucionaria.

El número de los trabajadores que participaban en las huelgas de 1914 igualaba al de los huelguistas de 1905. (…) El movimiento entre 1912-14, se desarrolló a una mayor escala que a principios de siglo. Como hace diez años, la guerra detuvo el desarrollo del movimiento obrero. La caída de la [II] Internacional golpeó a la vanguardia del proletariado. Treinta y un meses transcurrieron, meses de derrotas, carestía de vida, escándalos, hambre (…), antes que los proletarios vuelvan a salir a las calles.

Lo hicieron contra la voluntad de los liberales burgueses. El 6 de marzo, en las vísperas de la huelga general, la prensa invitaba a los trabajadores a no interrumpir el curso normal de la producción para no impedir las operaciones militares. Pero esto no retuvo a las mujeres hambrientas. Ellas salieron a las calles al grito de la consigna: “¡Pan y paz!”. Los obreros las apoyaron. La huelga general relegó a un segundo plano al conflicto entre la Duma y el Ministerio. Las masas proletarias paralizaron la vida de la ciudad, invadieron las calles y, con todo su comportamiento, mostraron que no se trataba de una simple demostración, sino de una lucha revolucionaria contra las autoridades.

El apoyo del ejército marcó la suerte de la revolución. Los proletarios de Petersburgo aún no eran bastante fuertes, organizados ni habían tenido los contactos suficientes con los proletarios de la Rusia entera, para poder conquistar el poder. Pero estaban bastante fuertes para enviar, de un solo golpe, al zarismo al museo histórico. El poder estaba vacante. En este momento, “el bloque progresista” hizo su aparición en la escena.

Rodzianko, Guchkov, Miliukov –los mismos que, hasta último momento, lucharon contra la revolución– estaban obligados a tomar el poder, ya que la revolución había barrido al gobierno. “Ellos no hicieron la revolución, pero el pueblo los empujaba por detrás”.

A todo esto se añadió la presión ejercida por Londres y París. El peligro de que Rusia, paralizada por “la anarquía”, se retirara de la guerra, contrariaba los planes de la gran ofensiva de primavera (la tercera) y corría el riesgo de influenciar inoportunamente a la burguesía norteamericana en vísperas de la intervención de los EEUU.

Era necesario actuar de manera que Rusia tuviera un gobierno “reconocido y fuerte”, que declarara, en nombre de la revolución, que la nueva Rusia asumiría las responsabilidades financieras y diplomáticas del antiguo régimen y, sobre todo, que continuaría la guerra “hasta la victoria final”. Sólo el “bloque progresista” podía formar el gobierno deseado.

El ministro Lvov acordó la libertad de prensa y de reunión y promulgó la amnistía. Ninguna cuestión fundamental fue resuelta, pero estas medidas servían para canalizar la furia popular. La guerra siempre estaba allí. La carestía de la vida, el frío, la crisis financiera, estaban siempre presentes. Y la cuestión agraria se planteaba con toda su agudeza. Las masas laboriosas se sublevaron, exigían mejores condiciones de trabajo y protestaban contra la guerra. Las muchedumbres campesinas se sublevaron en el campo y, sin esperar la decisión de la Asamblea Constituyente, comenzaron a expropiar a los propietarios de tierras. Todos los esfuerzos liberales para alejar la lucha de clases, bajo el pretexto de “evitar el peligro de una contraofensiva reaccionaria”, permanecieron como letra muerta. El ciudadano simple se imagina que la revolución es hecha por revolucionarios, quienes pueden detenerla mediante sus órdenes. La lógica de la lucha de clases y de los choques revolucionarios es para él un libro hermético, cerrado bajo siete llaves.

El principal problema de la socialdemocracia es unir al proletariado de todos los países en la unidad de la acción revolucionaria. En oposición al gobierno liberal-imperialista, la clase obrera lucha bajo la bandera de la paz. Cuanto más rápido el proletariado ruso convenza a los trabajadores alemanes de que la revolución se hace por la paz y la libertad de autodeterminación nacional, más rápido el descontento ascendente de estos últimos estallará en una revuelta abierta. La lucha de la socialdemocracia rusa por la paz está dirigida contra la burguesía liberal y su poder. Sólo esta lucha puede fortificar la revolución y repercutir en Europa occidental.

La confiscación de las tierras de los Romanov, de los monasterios y de los “landlords” es la segunda condición para el fortalecimiento de la revolución. Los filisteos políticos norteamericanos (incluso, aquellos que se toman por socialistas) estiman la suerte de la república en Rusia, calculando el número de campesinos analfabetos.

Pero sólo demuestran su propio analfabetismo. Si la revolución da la tierra a los campesinos, éstos defenderán con todas sus fuerzas sus bienes y a la república frente a la contrarrevolución monárquica.

 
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