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28 de marzo de 2017 Twitter Faceboock

OPINIÓN
“Vamos a volver”: el kirchnerismo y un nuevo relato en clave electoral
Eduardo Castilla | X: @castillaeduardo

De cara a las elecciones, dirigentes sindicales y organizaciones políticas afines al anterior Gobierno construyen un nuevo relato mistificado.

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“A volver, a volver, vamos a volver”. La canción suena fuerte. El que agita, desde el palco, es el secretario general de Sadop. El escenario es la masiva movilización que tomó el nombre de Marcha Federal Educativa. Solo dos días después, en la misma Plaza de Mayo, pero en uno de los dos actos por el aniversario del golpe genocida, se repite la canción.

Ninguno de los hechos alcanza para hacer real el mito del “complot kirchnerista”, ese falso argumento para justificar la creciente caída del oficialismo en las encuestas. Si en todo caso existe un complot, es el de la propia CEOcracia gobernante contra los intereses del pueblo trabajador. Como ya se señaló, ese discurso busca esencialmente soldar a la base social oficialista más firme, aquella que ve en el “populismo” la raíz de todos los males que aquejan a la “Argentina blanca y pura”.

Eso no obsta para negar la creciente utilización política, por parte de referentes del kirchnerismo y el peronismo, de las recientes movilizaciones masivas. Lo social se intenta direccionar en aras de la reconstrucción de una oposición política. El peronismo busca ocupar ese lugar, en el camino electoral que tiene paradas en 2017 y 2019.

Ayer lunes, el encargado de agregarle una cuota de "mística" a esa política fue Horacio González. En una columna titulada Luche y vuelve (Página/12), estableció una suerte de diálogo imaginario entre la consigna que marcó la resistencia obrera al régimen libertador y el ahora coreado “vamos a volver”. Ni las diferencias ni las similitudes hablan a favor del kirchnerismo.

Herencia y actualidad

Carlos Altamirano escribió acerca de la dicotomía entre el peronismo verdadero y el peronismo empírico. Lo hizo para ilustrar aquello que él consideró un contraste entre su discurso político y su realidad material como partido político que administra el Estado burgués.

En Peronismo y cultura de izquierda(Siglo XXI, 2011), escribía que “el tiempo de la expectativa -el del retorno o el rescate- y el del pasado son los dos dominios temporales del peronismo verdadero. El presente es el tiempo que consume el peronismo empírico, cuyo reinado, aunque contingente, impide que la verdad del peronismo se consume”.

Ese “desdoblamiento” –afirma Altamirano- nació durante el exilio de Perón. La postura tiene la comodidad de “olvidar” que el segundo Gobierno de Perón inició un giro hacia el “peronismo empírico” con el acuerdo con la Standard Oíl, la presión por aumentos de productividad en la industria y las limitaciones a la actividad del movimiento obrero, entre otras cuestiones. El único “rescate” en ese entonces fue el de las ganancias empresariales.

Si aplicamos la metáfora al kirchnerismo, esas dos dimensiones se distancian poco y nada. En primer lugar, porque la versión empírica se revela actuando en concreto en la actualidad. El kirchnerismo es hoy quien gestiona la provincia de Santa Cruz y acaba de ofrecer la misérrima cifra de un 3 % de aumento a los docentes. A su lado, el ofrecimiento de la gobernadora Vidal parece un derroche de los fondos públicos.

Pero además, el kirchnerismo empírico es el que garantizó gobernabilidad a Cambiemos en su primer año de gestión. Diputados, senadores, intendentes, gobernadores y conducciones burocráticas de los sindicatos fueron los engranajes del complejo entramado de poder territorial, sindical y parlamentario que garantizó la existencia de márgenes para gobernar mientras se aplicaba un ajuste. La “pata papal” del peronismo hizo su aporte desde Roma.

Pero el kirchnerismo verdadero tampoco tiene mucho que ofrecer. El “vamos a volver” olvida –o hace como que olvida- que el ciclo kirchnerista, en 12 años de gestión, dejó inconclusos e irrealizados sus propios postulados.

Su reivindicación de la “cultura del trabajo” –engarzada en la tradición peronista- no implicó la liquidación del trabajo informal, realidad que afectó a un tercio de la clase trabajadora desde aproximadamente el 2008 hasta el último día de Gobierno de CFK.

Lejos de ello, el ciclo kirchnerista fue prolífico en la firma de convenios que imponían cláusulas de productividad y aumentos de la explotación sobre las condiciones laborales. Como ocurre en otros terrenos, los ataques de Cambiemos sobre las condiciones de vida de la clase trabajadora se erigieron sobre esa base preexistente. Pueden dar testimonio de ello las decenas de miles de trabajadores estatales en condiciones de precariedad durante los años de la llamada “década ganada”.

Fiel al dogma peronista, bajo el kirchnerismo verdadero, el interés del capital estuvo siempre por encima del interés de la clase trabajadora. Prueba de ello es que, mientras el salario promedio no superaba los $ 7.000 en los últimos meses de esa gestión, los empresarios se la seguían “llevando en pala”.

Ese respeto sacrosanto ante el poder capitalista es lo que también impidió hacer real la propagandizada “soberanía nacional”. La llamada “restricción externa” –y su expresión más visible en el cepo al dólar- fue la medida de esa dependencia de la economía internacional. A su vez, la reiterada reivindicación del desendeudamiento “olvida” el oneroso pago de más de U$ 200.000 millones desde 2005 a 2013.

El kirchnerismo verdadero fue, además, el del poder intocable de la burocracia sindical. Esa casta privilegiada de los Moyano, los Caló o los Pedraza –responsable del asesinato de Mariano Ferreyra- entre otros.

El régimen político argentino, con Cristina Fernández o con Macri, tiene a esa burocracia sindical como pata fundamental. La figura patética de Ricardo Pignanelli tal vez pueda ilustrarlo mejor que nadie. Ayer kirchnerista furioso, hoy macrista desembozado.

El kirchnerismo fue entonces el peronismo de la clase trabajadora con un tercio en negro y en la informalidad; el peronismo de la precarización laboral extendida y los contratos basura; el peronismo del déficit habitacional para 3 millones de familias. Fue también el peronismo de los derechistas y represores César Milani, Ricardo Casal, Alejandro Granados y Sergio Berni, entre otros.

¿Luche y vuelve?

En los años 40, para la clase trabajadora el peronismo representó una serie enorme de conquistas. Complementariamente -y contradictoriamente- para la clase dominante fue el reaseguro de la continuidad de su poder. El peronismo –el verdadero y el empírico- sostuvo la continuidad del poder capitalista mediante el control y la regimentación del movimiento obrero.

La excepcionalidad de las condiciones que parieron el primer peronismo – al decir de Alejandro Horowicz- quedó patentizada en el retorno del viejo líder en el año 1973. En ese entonces, el “primer trabajador” apeló al Pacto Social y a la Triple A para lidiar con la situación abierta luego del Cordobazo, donde una clase obrera a la ofensiva cuestionaba crecientemente el poder del capital.

Por sus propias condiciones de emergencia, el kirchnerismo estuvo lejos de esa mística y esa profundidad. Nacido del riñón duhaldista, supo leer las condiciones políticas creadas por la rebelión popular de diciembre del 2001. Fue allí donde engarzó un relato contra la vieja política con la reivindicación de la lucha contra los genocidas. Una pelea que llevaban adelante desde hacía décadas organismos de derechos humanos, organizaciones sociales y la izquierda.

Tuvo a su favor condiciones cuasi excepcionales en el terreno económico, a nivel internacional y local. Pero la resultante fue un dechado de promesas incumplidas. Más relato que realidad.

Precisamente por ello, su derrota se dio en el terreno electoral. Scioli, el candidato posible del “proyecto” cayó en las urnas porque una fracción de la sociedad agotó su paciencia con un relato que prometía mucho más que de lo que realizaba, negando radicalmente el apotegma peronista. El “vamos a volver” de los referentes kirchneristas promete una suerte de retorno a un mundo idílico que no fue.

Para la clase trabajadora y los sectores populares, un balance crítico del ciclo kirchnerista aparece más que necesario. Un análisis real de lo que fue verdaderamente ese proyecto que, pese a tanto relato, defendió los intereses del empresariado. Intereses siempre opuestos a los del pueblo trabajador.

 
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