Según los datos preliminares del Censo Nacional del Personal de los Establecimientos Educativos del año 2014, en el país hay 953.275 docentes, de las cuales tres de cada cuatro son mujeres. El 49,7 % del total de docentes tiene entre 35 y 49 años de edad. De la encuesta se desprende que sólo el 28 % de las madres de los trabajadores de la educación finalizaron la secundaria.
Hoy, 2017, el salario mínimo docente es de $ 9.672. Pero como se dió a conocer los últimos días por parte del Indec, se necesitan $ 13.673 para no ser pobre. Mientras, la canasta básica familiar asciende a $ 23 mil por mes.
El 89 % del total que trabaja en las escuelas no vive sólo y de esta proporción, el 59 % lo hace con sus hijos menores de 18 años. Para el 54 % del total de trabajadores y trabajadoras de los establecimientos educativos del país, su salario es el principal ingreso del hogar.
La mayoría de las docentes, tienen al menos dos cargos, que suman un total de 8 horas diarias frente al aula con estudiantes; o trabajan hasta 40 horas semanales, según la Encuesta Unesco sobre las Condiciones de Trabajo y Salud Docente, de diciembre de 2004. Esta distinción se da según en el nivel educativo, en el que ejerce su trabajo.
El 50 % del total de docentes trabaja entre 30 y más de 40 horas semanales frente al aula. Para el 47,5 % el tiempo de descanso, en esta larga jornada laboral (que se combina con los viajes entre escuelas), es de sólo 5 minutos. Asciende al 83.7 % del total, los que tienen un descanso de entre 5 y 15 minutos.
Pero el trabajo docente no termina cuando se sale del aula. Como sostiene la propia Unesco: “El trabajo doméstico suma tiempo de trabajo a los docentes, ya que en el mismo se incluyen no sólo las tareas vinculadas al mantenimiento del hogar y la educación de los hijos sino que el maestro realiza evaluaciones, planificación y otras tareas para la escuela en este tiempo”. Y continúa “un poco más de la tercera parte de los docentes sostiene en el hogar una jornada laboral de la misma duración que la jornada de trabajo en la escuela (el 35,2 % más de 30 horas semanales)”. Dicha investigación no distingue entre mujeres y hombres al analizar el trabajo doméstico y extraescolar.
Según el Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA), en base a la Encuesta Anual de Hogares Urbanos (EAUH) del Indec del año 2015, las mujeres trabajadoras destinan 5,9 horas diarias al trabajo no remunerado. En el caso de las docentes, quienes realizan tareas relacionadas con la planificación, corrección y diseño de estrategias entre otras, dedican por lo menos dos horas diarias más a tareas no remuneradas, propias del trabajo docente.
La sobrecarga de horas y la larga jornada laboral, es una problemática tratada en gran parte de las investigaciones sobre educación. Y en ellas se demuestra cómo dicha sobrecarga eleva las posibilidades de contraer enfermedades en general, o laborales en particular, relacionadas con el particular medio en el que se desempeñan.
Una de las variables que explica la sobrecarga, es por la presión que ejercen los bajos salarios a acumular más horas de trabajo. La mayoría de las docentes trabaja más horas semanales, de las que le permitirían llevar adelante su tarea con calidad, incluyendo estudio y capacitación. Sin olvidarnos, que son también las mujeres quienes al trabajar 16 horas diarias (entre las remuneradas, y las que no), se encuentran limitadas de gozar del tiempo necesario para disfrutar de la cultura, el esparcimiento, el ocio, entre otras opciones.
Hasta el momento, la propia vida de estas mujeres demuestra que el sistema educativo no se basa en una organización tal donde se generen las condiciones necesarias para garantizar su calidad y la de sus trabajadoras.
Pero, por sólo dar un ejemplo, con los $ 247 mil millones previstos en el presupuesto 2017 para el pago de los intereses de la deuda, se podría implementar a nivel nacional la jornada laboral de 6 horas (4 horas frente a aula, y 2 institucionales) con un salario por encima de la canasta familiar, junto con crear más cargos docentes. Esto cambiaría no sólo la vida de las mujeres docentes, sino también las posibilidades de acceder a una educación pública de calidad.
La vida de las docentes y la educación pública, vale más que sus ganancias. |