Hace unos días la iglesia católica de Uruguay pidió, mediante un spot publicado en twitter y en sus cuentas de Facebook, instalar una estatua de la Virgen María sobre la rambla de Buceo.
En el spot se ve a diferentes uruguayos (de diversas edades y clases sociales, aunque todos cristianos) pidiendo u opinando sobre ¿quién es para ellos la Virgen María?, y que debe tener un lugar en nuestro país, ya que hay libertad de culto. A esto se le suma la presión de Sturla, quien marca la inocencia y poca injerencia que puede tener una estatua en ese lugar donde se congregan fieles el cuarto sábado de enero.
Esta iniciativa no es nueva, y ya en 2016 se buscó erigir este monumento, ante lo cual el ex presidente Julio María Sanguinetti puso su voz más fuerte y planteó que no se podía hacer, ya que viola la laicidad del Estado.
La crítica de Sanguinetti es propia de su concepción de Estado liberal: el Estado debe ser neutro ante la población y comercio, y garantizar la total libertad de los privados. Por lo tanto, no puede tomar partido ni darle lugar a ninguna creencia, porque esto generaría una toma de partido por parte del gobierno.
También se puede decir que al mismo ex presidente no le importó esta laicidad cuando apoyo a Lacalle (tanto padre como hijo) en las anteriores elecciones, cuando (ambos) se opusieron al aborto por cuestiones meramente religiosas.
Sanguinetti se erige como monumento al liberalismo, y no es nuevo, en sus libros sobre el proceso dictatorial uruguayo, siempre ha resaltado su imagen conciliadora y posibilitadora de una “favorable y buena” transición democrática y la libertad “total” . El mito sobre su imagen ha sido forjado por él mismo y su literatura.
Pero bien, él no es el único que falta a la verdad en este tema.
Desde que asumió Sturla como cardenal de la Iglesia católica ha transformado su política de incidencia en nuestra sociedad. Se ha transfigurado en una empresa, cosa que no digo yo, sino que el mismo cardenal ha expresado, con una idea de marketing bien marcada.
Este plan de marketing no fue creado, porque sí, sino que busca adueñarse de los espacio públicos como fue el caso de las famosas balconeras durante la navidad pasada.
El espacio público es un lugar de disputa y control, quien lo posee puede expresarse y transmitir un mensaje político, desde los graffitis hasta la Iglesia buscan esos espacios para dar su mensaje.
El catolicismo se ha fundado en la idea de vida después de la muerte y represión en el pecado, quien sigue el camino de Dios es salvado y quien es pecador vivirá en el infierno (a grandes rasgos). Por lo tanto, su simbología representa esa idea. El pecado se transmite y se deja ver en sus símbolos, el peso panóptico de control que ejercen monumentos, como la Iglesia del Cerrito de la Victoria, es muy fuerte; quienes vivimos en la cercanía de ese barrio nos levantamos y vemos ese gran edificio naranja que vigila nuestras acciones desde lo alto.
En su análisis simbólico Tzvetan Todorov o John Murra, trazan que las iglesias coloniales no fueron colocadas en lugares al azar sino que estaban sobre lugares de culto de los pueblos de la América precolombina.
Este espacio no sólo busca esta transmisión, sino que instala una idea propia de status quo. Al ver el spot siempre se destaca la idea de madre y mujer de María como ejemplo, y este ejemplo de mujer es propio de la Iglesia católica, dadora de vida, y fiel a su esposo, controlada por un sistema donde ella deberá mantenerse pasiva ante la decisiones de los hombres. Su cuerpo es controlado por los hombres y lo convierten en vehículo de sus deseos.
El darle un espacio de territorio a la Iglesia o a cualquiera, lleva consigo un simbolismo importante, y la crítica apolítica no sirve para entender el problema. Que la Iglesia coloque una estatua o que lo hagan los pastafarris, representan actos políticos y de control del espacio y creo que es conveniente dar esa discusión en esos términos.
Analizar que mensaje y que acto de poder esconde la Iglesia al momento de pedir un espacio, y ver que la cosa es mucho más compleja que preguntar: ¿Por qué no darle un lugar? |