Eran buenos tiempos.
Era joven, pintón y con un físico razonablemente atractivo, cualidades propias de cualquier treintañero. Tenía un buen trabajo y ganaba una suma importante de dinero. De una personalidad agradable, por llamarla de alguna manera. Alegre, por ahí un tanto díscolo, zorzalino (como diría mi madre). Algunas podrán decir “hijo de putita”; puede ser.
Trabajaba en una multinacional, lo que en este país generalmente significa un ingreso importante. Para mi edad lo era. Profesional, recién recibido con un excelente promedio; supongo que eso fue lo que me permitió conseguir el trabajo. A mí me servía para enrostrarle al interlocutor de turno la idea de que soy más inteligente que él.
Alquilaba un amplio departamento; muy bonito. Que había amueblado bastante bien. Bien para un bulo, seamos claros. Equipe una barra con todo lo que te puedas imaginar; compré un libro sobre cómo preparar tragos, así que usándolo como guía, compré todas las bebidas imaginables. Cosas que ni sabía que existían: Cointreau, Bitter, Pernod, Angostura, Chartreuse. Además compré todos los vasos que pudiera llegar a necesitar y más; de trago largo, los chiquitos para el Tequila, las tulipas para el Champagne, el boca abierta de los Martinis, los de Vino, los Whiskeros, los de agua, los de cerveza, los panza ancha de Brandy, las copitas para el Jerez y el Anís. Para completar los enseres, compré licuadora, batidora, mini-pimer, coctelera, mortero, medidas y una nespresso para el cafecito de la resaca. La sofisticación en su máxima expresión.
Me equipe con una cama de 2 x 2 y muchos sillones confortables para recibir a mis amigos. Nunca me preocupe por la cocina porque siempre comía afuera y cuando llevaba gente al departamento, solo era para los tragos iniciales o finales de la noche.
Un buen equipo de música y una colección muy completa de todo tipo de estilos musicales.
Cuando empecé a organizarlo tuve algo en mente: el departamento de soltero de Huge Hefner en los años 70. Había visto un documental sobre su vida y me encantó la manera en que vivía en esa década; de hecho tenía un programa de entrevistas que salía en vivo desde ese departamento. Ese lugar era el centro de atracción de toda la farándula y la cultura de la época. Me encantaba esa fauna de figuras pop, crooners y conejitas. Quería lo mismo. Y así fue.
Mi departamento se convirtió en el punto de reunión de gente selecta; donde charlábamos de los temas más variados y controvertidos. Los hombres bebíamos y fumábamos, las mujeres ronroneaban en busca de un partener ocasional. Cualquiera que quisiera ser alguien en esta ciudad, tenía que pasar por mi departamento, tarde o temprano. En lo que a mi concierne, me llevaba la mejor parte, como Huge. Me quedaba siempre con la mina más linda de la noche; o por lo menos con la número dos. Me convertí en una leyenda.
Pasaron los días, los meses, los años.
La empresa para la que trabajaba compró una pequeña pyme a la que querían, tras una fuerte campaña publicitaria, relanzar al mercado. Era una bodega familiar que cayó en mis manos por pedido de mi gerente general. Estaba ubicada en San Juan, en un pequeño poblado del interior. Allí me la pasaba de lunes a viernes, organizando el personal, charlando con proveedores y distribuidores. Luego regresaba a la capital, a mi querido departamento y a mi rol de anfitrión. La vida me sonreía.
En uno de mis viajes, me fui a visitar los viñedos. Estaban en Villa del Salvador, departamento Angaco. Me presentaron al intendente y me invitaron a conocer el poblado. Como buen pueblo chico todo giraba en torno a la plaza principal. Caminamos un poco por ella; había una pequeña feria artesanal en donde vendían quesos, dulces, mates, vinos y licores caseros. En una de las esquinas había un pequeño puestito con cuadros. Me paré en ese último y me puse a mirar las pinturas con curiosidad. Eran pésimas; una peor que la otra. Hasta que me sorprendió una maravillosamente horrenda.
La escena parecía desarrollarse en el paredón de una represa. En el centro del cuadro había una pareja besándose; el llevaba unas zapatillas Nike rojas muy llamativas; el símbolo que identifica la marca estaba muy bien dibujado, como si fuera un manifiesto de algún tipo. El muchacho era de tez oscura y pelo negro lacio, tenía puesto una especie de jogging azul. La mujer era rubia, de tez blanca y muy exuberante; llevaba un vestido negro corto, pegado al cuerpo y estaba cruzando las piernas.
Nunca vi nada tan patético. El autor solo quería unas Nike y una rubia. Aspiraciones acordes al pueblo de mierda donde me encontraba. Lo compré de inmediato; baratísimo por supuesto. El autor era un tal González. Pobre González; el tipo me daba pena. Me acorde de Luca Prodan cantando: “… pequeñas personas, con sus pequeñas vidas”.
Lo ubiqué en la mejor pared de mi departamento, iluminado por unas dicroicas. La primera noche que mis amigos vieron mi nueva compra fue descomunal. Todos se mataban de risa. Me felicitaban por haber conseguido semejante pieza Kitsch. Yo también me reí muchísimo con el cuadro.
Las Nike estaban pintadas con un nivel de detalle admirable. Se notaba que el autor deseaba esas zapatillas con todo su ser. Que las había estudiado minuciosamente durante un buen tiempo. Quizás a través de una vidriera o en la publicidad de una revista de peluquería.
Lo de la muchacha estaba al mismo nivel que las zapatillas. Los pechos y la cola estaban pintados con el mismo esmero. Quedaba claro que la quería voluptuosa; de medidas generosas. También era muy cómica la postura en la que la pintó. Eso del beso con las piernas cruzadas me parecía tan acrobático, como cuando una mujer viaja en la misma pose arriba de una motocicleta, con las piernas colgando a un lado.
Resaltaban en el cuadro las zapatillas del muchacho, los pechos y la cola de la rubia. Los objetos del deseo del autor, sin duda.
Las felicitaciones me llovían por mi ocurrencia, mi travesura. Las opiniones eran del tipo “Genio, solo a vos se te puede ocurrir comprar ese mamarracho”.
Estaba muy orgulloso de mi hallazgo. Una pieza única, original y "bizarra" al extremo. Todos festejaban mi picardía.
Pasaron los días, los meses, los años.
Mi vida continuó su carrera alocada a ninguna parte. Las fiestas se volvieron monótonas. La gente que pasaba por mi departamento era cada vez más joven o más estúpida. Y a pesar de vivir rodeado de personas, me sentía muy solo. Cada día más solo.
No me pregunten porque, pero todas las noches terminaba sentado en un sillón frente al cuadro kitsch que tantas satisfacciones me había dado, mirándolo hasta cansarme, apurando un whisky, tratando quizás de alegrarme un poco, de reírme. Pero el cuadro había perdido su gracia. Como un chiste que se cuenta mil veces.
Todas las noches lo miraba, lo miraba y lo miraba hasta el hartazgo.
A medida que el tiempo transcurría, todo lo que pasaba en mi departamento era cada vez más grotesco y sombrío. Cada noche parecía sacada de un capítulo de la dimensión desconocida o de una película de David Lynch. Todo se había vuelto gris, como cubierto por cenizas. Los personajes que me frecuentaban eran cada vez más extraños, mi estilo de vida era extraño, mi decoración era extraña, mi peinado era extraño. El freak show había llegado a la ciudad y se había apoderado de mi vida.
Lo único que no encajaba con el ambiente del departamento era el cuadro, como siempre, como nunca. Solo que ahora parecía tener nueva vida. Ese cuadro cobraba mayor relevancia día a día en mi desgastada existencia.
El pintor sabía lo que quería. Era austero en sus necesidades. Solo quería un buen calzado y una mujer a quien amar. Lo de las zapatillas quizás significaba que estaba cansado de caminar, de pelear a la contra, de vivir de una determinada manera. Necesitaba descansar, sus pies necesitaban alivio, una tregua. Pero él no quería parar la marcha, no quería abandonar la lucha. Él quería seguir, solo que más aliviado. Por eso quería unas zapatillas cómodas. Para vivir de otra manera, para seguir de otra manera. Quizás cuando consiguiera vivir de esa forma, aparecería su rubia de vestido corto, su amor. Un amor de besos cálidos y espontáneos, como el del cuadro. Besos que llegan en el momento justo, que no se pueden frenar, que te sorprenden en alguna pose extraña, como la de ella. Esos son los besos con los que soñas. Los que no olvidas. Los que pintas.
Pasaron los días, los meses, los años.
El cuadro me llamaba cada vez más la atención, le encontraba mayor sentido. El pintor sabía lo que quería. Yo no lo sabía. Todo lo que creía saber, era nada. Nada funcionó como esperaba. El destino se encargó de abofetearme con todas mis grandes máximas sobre la vida y sobre todo sobre las mujeres. González sabía sobre la vida y las mujeres. Yo estaba cada día más perdido.
Esas zapatillas yo también las quería. También quería aliviar mi marcha. Llegué a comprarme un par similar a las del cuadro, de la misma marca y el mismo color, pero no eran las mismas. Las mías eran más sofisticadas, las de él eran más simples, hasta parecían más cómodas. Me enganche con varias rubias parecidas a la pintada, pero nada, no eran iguales, solo en la superficie. La de González parecía más cálida que cualquiera de mis mujeres, más sexy, más mujer.
Vino un Downsizing en la empresa, un ajuste sanguinario y me quedé sin trabajo. No pude seguir pagando el alquiler del departamento. No volví a conseguir un trabajo como ese. Solo conseguí un puesto menor en una empresa estatal. Las fiestas se acabaron. La gente se olvidó rápidamente de mí. Las botellas se acabaron y no las repuse, no había porque, ya nadie me visitaba. Mis muebles pasaron de moda, al igual que mi ropa, y mi cara. Lo único que aguantaba el paso del tiempo era el cuadro. Mejoraba día a día. Cada vez envidiaba más y más al pintor. Quizás a estás alturas ya había conseguido sus zapatillas y su mujer. Al final habría encontrado la felicidad que a mí se me hacía tan esquiva.
Pasaron los días, los meses, los años.
Me jubilé. La ciudad me había cansado. Me cansó su ritmo, me cansó su salvajismo. Me decidí a partir hacia el interior. Me había vuelto un viejo sin darme cuenta. El trabajo me había anestesiado con su música de ascensor y no noté como los años se me iban de las manos. Un día miré al espejo y me pregunté ¿Quién es ese viejo? La vida se me había escapado entre espejismos y malas decisiones. Termine solo. Sin familia ni amigos. Tenía buena salud, eso ya era algo. La única herencia de valor que me habían dejado mis padres, era la genética. Sabía que iba a morir de viejo, como todos en mi familia.
Me fui a vivir a un pueblito de Córdoba. Un lugar tranquilo y relajado. Un lugar para pasar mis últimos años. Puse todo lo que tenía en una valija y me subí a un colectivo. Llevaba mi cuadro envuelto en papel madera.
Llegué a la casita que había alquilado en traslasierra. La única que pude alquilar con mi mísera jubilación. Una casita pequeña y muy modesta. Tiré la valija sobre la cama, saque el cuadro del envoltorio, lo colgué sobre una pared y me senté a mirarlo.
Pasaron los días, los meses, los años. |