Los teatros imperiales y académicos comenzaron a ser administrados por Juntas Directivas: cinco directores nombrados por el Comisariado de Educación, y cinco, por las colectividades teatrales, que incluían a todo el mundo, desde la primera dama hasta los acomodadores y barrenderos.
El Congreso del Partido Bolchevique de 1919 afirmó: “No existen formas de la ciencia ni del arte que no estén vinculadas con las grandes ideas del comunismo y con la obra infinitamente variada del la economía comunista”. Con el fin de “llevar hasta las masas trabajadoras todos los tesoros del arte creados sobre la base de la explotación del trabajo”, se distribuyeron entradas gratuitas a soldados y obreros por intermedio de organizaciones profesionales.
Esta medida atrajo a un público nuevo a todos los teatros rusos, y se movilizaba a los actores para realizar funciones para el Ejército Rojo. En 1920, más de 140 mil soldados asistieron a 259 representaciones profesionales. Esta tendencia se mantuvo. Los artistas profesionales, además, debían realizar representaciones regulares en los clubes de trabajadores o en las fábricas, y hasta en las aldeas.
Desde el comienzo de la Revolución, el Partido consideró la transformación cultural como el resultado lógico del cambio social y político. La divergencia de opiniones sobre este problema fue muy aguda entre los mismos comunistas y, particularmente, entre los artistas e intelectuales que profesaban sus simpatías hacia el nuevo régimen y se llamaban aliados y colaboradores.
Fue complicada la situación de muchos grupos, formados sobre todo por gente joven, que clamaban a voces ser los verdaderos herederos de la vieja cultura burguesa y los únicos candidatos para la creación de un nuevo arte soviético. Sus opiniones eran variadas. ¿Debía haber un teatro, un circo para millares de personas, o espectáculos callejeros? ¿Debían las representaciones estar basadas en el folklore, en mitos universales, en la historia revolucionaria, en ejemplos concretos de la lucha de clases? Y, ¿qué quiso decir Lenin al hablar de “arte verdaderamente popular” como uno de los resultados inmediatos de la Revolución?
La posición más extrema fue adoptada por el grupo Proletkult, guiado por Aleksandr Bogdánov, un viejo marxista, en un tiempo opositor a Lenin. Afirmaba que el pasado debía ser totalmente rechazado para crear una cultura nueva para el proletariado triunfante. Promovía obras poco elaboradas por artistas jóvenes y viejos, cuyo mérito principal era su origen humilde y cuyas grandes aspiraciones artísticas eran no parecerse a los despreciables modelos de la “burguesía”.
Los representantes del Proletkult no sabían qué ofrecer como sustituto de lo viejo y, por lo tanto, experimentaban en distintas direcciones, desde el “cosmismo” -que quería extender el ámbito del arte más allá de la tierra, hacia el espacio ilimitado del universo-, hasta el “populismo”, que hablaba de la multitud “sin rostro” como de un nuevo héroe para reemplazar el antiguo “individualismo egoísta y burgués”. Los grupos que más influyeron en esta corriente y en otras formaciones revolucionarias durante la primera década del régimen soviético fueron los cubistas, cubo-futuristas, constructivistas e imaginistas.
En teatro, Proletkult esperaba reemplazar las viejas obras burguesas con “espectáculos de masas”, para ello contó con el apoyo de otros grupos de izquierda, incluido el reconocido director teatral Meyerhold.
Las representaciones más espectaculares acontecieron en 1920, bajo la dirección de Sergéi Rádlov y Ievréinov. Este último montó en escena en Petrogrado El ataque al Palacio de Invierno, donde reprodujo los momentos más destacados del levantamiento bolchevique y el ataque al Gobierno provisional, con la ayuda de los marineros del buque de guerra Aurora. Ocho mil personas participaron en el espectáculo, una orquesta de quinientos músicos ejecutaba canciones revolucionarias, y la presencia real del Aurora, anclado en el río Neva, reforzaba la acción colectiva en la que los intérpretes y el público se mezclaban libremente. Por esta obra Ievréinov recibió como honorarios un abrigo de piel de zorros, y sus colaboradores, el pintor Iuri Annenkov, Petróv y otros, recibieron una docena de huevos y media libra de tabaco cada uno, verdadera generosidad en esos duros tiempos.
Para poder llevar a cabo espectáculos tan multitudinarios, los directores daban órdenes desde “puestos de comando”, mediante teléfonos, megáfonos y señales.
Las demostraciones al aire libre reflejaron el deseo por los espectáculos monumentales y populares, opuestos a la atmósfera de cámara de teatro psicológico burgués. Aspiraban a una teatralización panfletaria, cruda y ruidosa, proponían un encuentro entre el público y de acontecimientos del momento.
El Proletkult declaró su ruptura total con el pasado, lo que significaba no sólo el rechazo del “realismo o simbolismo burgués” sino también a los “actores burgueses”. El teatro proletario se proponía que los intérpretes supieran representar correctamente las obras del repertorio socialista y, además, liberar el instinto creador de las masas. Luchó por un teatro de agitación y propaganda, pero como deseaba hallar nuevas formas de contenido revolucionario, sus caminos se cruzaron con los de la vanguardia. Ese fue uno de los fenómenos más interesantes de ese período: todas las tendencias izquierdistas en arte, nacidas y formuladas bajo el régimen zarista, recibieron un nuevo ímpetu de la Revolución y florecieron entre 1918-1923.
La búsqueda del Proletkult de romper con todo lo anterior fue un hecho meritorio y productivo, que implicaba abandonar viejos métodos y estilos para la creación de un arte nuevo. Sin embargo, pensándolo desde el lugar de las masas que nunca tuvieron la posibilidad de disfrutar de otras manifestaciones artísticas, por qué habría que negarles el conocimiento y goce de otras corrientes tan bellas e inspiradoras.
Trotsky, por su parte, consideró muy valioso el aporte de esta corriente, pero creía que estaban equivocados en lo que hacía al destino del arte: porque en la futura sociedad comunista no habría ya más clases y, por lo tanto, el arte sería un arte social (o “universal”) al alcance de todos y, consecuentemente, sin connotación de clase.
Los años de la Nueva Política Económica (1922-1928) también favorecieron la libertad en las artes, la experimentación y la excentricidad, y sólo a fines de los años 20 se produjo un endurecimiento del régimen con las primeras tendencias hacia la burocratización, las mismas tendencias que en 1929 expulsaron de la URSS a León Trotsky, dirigente de la revolución junto a Lenin. Posteriormente, con el fortalecimiento de estas tendencias reaccionarias, Stalin atacó todo arte de vanguardia y experimentación para imponer el llamado “realismo socialista”, que subordinó toda producción artística de acuerdo a los dictados de la burocracia estalinista, reprimiendo a todos aquellos que se opusieran. |