La ruptura de relaciones diplomáticas con Qatar por parte de la mayoría de los países de los países de la península arábiga (Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Yemen), más Egipto y uno de los gobiernos de Libia (el asentado en Bayda), este 5 de junio, abrió una crisis cuyas motivaciones para la mayoría de los analistas no son claras. De lo que no hay dudas es que están relacionadas con las históricas disputas entre la familia Saud y el Emir de Qatar Hamad Al Thani que, desde la toma del poder en 1995, buscó dotar a Doha de una política más autónoma de Riad (Capital de Arabia Saudita). Por otro lado, la crisis diplomática abierta es parte de sucesivas crisis al interior del El Consejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo (CCG) con respecto a las posiciones hacia Irán, que podría ocasionar un reajuste de las alianzas geoestratégicas en el Golfo Pérsico y el Medio Oriente.
En este sentido, la disputa actual parece ser el corolario de esta serie de fricciones que se remontan a tiempos de la Primavera Árabe. En ese entonces Qatar y Arabia Saudita tuvieron apuestas políticas opuestas dentro del mundo sunita. El primero apoyó al partido de la Hermandad Musulmana, mientras que los Saud se mostraron férreos defensores de los regímenes depuestos como el de Hosni Mubarak en Egipto y el de Ben Alí en Túnez, a quién le dio asilo político junto a su familia luego de su caída. En este sentido no dudaron en calificar de terroristas a los miembros de la Hermandad Musulmana llegando a apoyar el golpe de Estado de 2013 contra Morsi. Para las monarquías del golfo la Hermandad Musulmana es una amenaza para el status quo.
Las particularidades de la monarquía liberal de Qatar como Estado dentro del Golfo, la convierten en un actor de peso decisivo para el orden regional. Por un lado, cuenta con dos pilares estratégicos dentro de su territorio, uno es la base militar norteamericana más grande de Medio Oriente (11.000 efectivos), el otro es la cadena de noticias Al Jazeera, la más popular de toda la región y gran propagandista de los procesos de democratización iniciados en 2011 en el mundo árabe islámico. Ambas posiciones lo ponen a cubierto de un posible ataque militar cuyas consecuencias podrían ser catastróficas para la región.
Por otro lado, se trata del país con la riqueza per cápita más alta de mundo -cuenta con apenas 3.000.000 ciudadanos y una mayoría de población, alrededor de 2.000.000 considerada extranjera pero que en muchos casos goza de mayor libertad y mejores condiciones de vida allí que en sus países de origen. Esto lo ha convertido en base privilegiada de operaciones de numerosos grupos políticos exiliados, que van desde Hamas, Hezbolá y la Hermandad Musulmana a Al Qaeda y el Estado Islámico. Este caldo de cultivo originó en 2014 una situación diplomática similar aunque de menor envergadura, que se distendió tras una negociación en la que los qataríes renunciaron a dar asilo a ciertos actores políticos indeseables para sus vecinos.
El rol de Irán y EE. UU.
Este conflicto implica una ruptura al interior del CCG. Esta alianza estratégica militar y económica entre los países de la península (salvo Yemen), se formó originalmente en 1981 para defenderse de las posibles hostilidades del Irán chiita, y luego para coordinar políticas que busquen la hegemonía del rigorismo wahabita en toda la región del Medio Oriente. Su última intervención significativa fue la formación de un bloque común para aplastar la rebelión contra el golpe de Estado en Yemen de 2014, cuya consecuencia fue una guerra civil que se extiende al día de hoy. Las intensiones de Riad, son profundizar esta alianza militar para extenderla a lo largo de África del norte.
La crisis se desata inmediatamente después de la visita de Trump a la región. Además, días después se registraron dos atentados en Teherán que se atribuyó el Estado Islámico. Sin embargo países miembros del CCG y aliados de EE.UU., como Kuwait y Omán se han mantenido neutrales. El presidente Trump apuntó con el dedo a Qatar alineándose con el resto de las monarquías del golfo. Sin embargo, tanto el Pentágono como el secretario de Estado Rex Tillerson, lo contradijeron reivindicando la colaboración de Qatar en la lucha contra el “terrorismo”, lo que en principio pone paños fríos a la situación y hace sumamente improbable una escalada militar.
Por otro lado, Irán sostiene numerosos negocios en común con el emirato, siendo que explotan en común el yacimiento gasífero más importante del mundo, el South Pars-North Domeo. Esta cordialidad en las relaciones económicas y diplomáticas llevaron al emir qatarí a sostener que era “una locura” un avance militar contra Irán, que trasladara todas las tropas a la frontera dejando inermes otras regiones en conflicto como Yemen, y cuyas consecuencias económicas serían brutales para su población. Estas declaraciones aparecen como justificación oficial del bloqueo, además del financiamiento a grupos radicales en la región, ambas suenan insuficientes y hacen pensar más en un ajuste de cuentas relacionado con las disputas históricas entre Riad y Doha. Ambos son quienes tienen mayor peso hacia el CCG, y que Arabia Saudita busca utilizarla para "gestionar la disidencia".
En principio Qatar goza de buenas relaciones con Rusia, Turquía y la India con los que tiene acuerdos energéticos relevantes. Si bien el 40% de su abastecimiento se efectúa por tierra a través de su frontera con Arabia, cuenta con fondos de inversión multimillonarios en el exterior y puede, a cierto costo, vía Iran recibir abastecimiento como sucedió estos días durante el bloqueo. Irán aparece en principio como el mayor beneficiado en esta crisis, ya que sin intervenir directamente puede sacar rédito de la fricción entre dos miembros destacados de un bloque que en algún momento se planteó como una “OTAN contra la República Islámica” con la ayuda de Israel y hoy se desangra por sus desavenencias internas. Lo que es claro es que estamos frente a un escenario en Medio Oriente que tiende a complejizarse geopolíticamente cada vez más. |