Georg Ratzinger condujo por treinta años el coro de Ratisbona, Alemania. Según una investigación, entre 1945 y los 90 allí se atacó a medio millar de niños y niñas.
En este caso, aunque quieran, no hay lugar para el “yo no vi nada, no sabía que esto estaba sucediendo delante de mis narices”, típico de la jerarquía eclesiástica cuando saltan (cada vez con más frecuencia) denuncias de violaciones y torturas sobre estudiantes y fieles de la Iglesia católica.
¿Cómo hace el director de un coro, que estuvo en ese cargo entre 1964 y 1994, para decir que él no sabía que bajo sus pies se cosechaba un ejército de más de medio millar de víctimas de las más variadas aberraciones?
La pregunta central no debería ser si Georg Ratzinger, el hermano del viejo Joseph, es un ingenuo al que le pasaron las cosas por el costado sino en qué medida le alcanza la imputación por violar derechos elementales de niños y ser cómplice directo (y quizás protagonista) de abusos sexuales y torturas sobre una gran cantidad de personas.
Informe final
Según el informe final elaborado por el abogado Ulrich Weber, quien investigó el caso a lo largo de dos años, por lo menos 547 menores del coro católico de la catedral de Ratisbona, en el sur de Alemania, fueron víctimas de abusos físicos y sexuales entre 1945 y principios de los años 90. Centralmente se trata de estudiantes de tercero y cuarto año de la primaria, conocidos públicamente como los “gorriones de la catedral de Ratisbona”.
Entre las conclusiones del informe (de unas 440 páginas) se atribuye parte de la responsabilidad del encubrimiento de esos cientos de casos a Georg Ratzinger, quien durante treinta años fue director del coro. “A él se le reprocha el haber hecho de cuenta que no vio nada y de no haber intervenido a pesar de estar al tanto de lo que sucedía”, dijo Weber a la prensa.
Del total de víctimas contabilizadas, unas 500 sufrieron maltrato físico (cachetadas, palizas, bastonazos y todo tipo de golpes) y otras 47, además, también fueron abusadas sexualmente (desde caricias y manoseos a violaciones). Pero la cifra real fue superior, aseguran. “Los afectados describieron sus años escolares como una prisión, como un infierno y como un campo de concentración”, relató el abogado. Y agregó que “muchos se referían a esos años como la peor época de su vida, caracterizada por el miedo, la violencia y el desamparo”.
La investigación también determinó que se obligaba a muchos niños a comer cuando no querían o bien negarles comida cuando tenían hambre. Todo a modo de castigo o como método de disciplinamiento.
El único dato que puede “tranquilizar” a los Ratzinger es que, de acuerdo a las leyes alemanas, gran parte de esos delitos contra la integridad física, mental y sexual de cientos de personas prescribieron. Es decir que los 49 victimarios identificados por la investigación de Weber no pueden ser procesados ni condenados. Entre ellos se encuentran el director de la escuela de primaria, su prefecto y demás adultos con poder dentro de la catedral.
Georg Ratzinger (EFE)
El Dios Dinero
La Iglesia católica no sólo busca que su curas y laicos “comprometidos” logren eludir procesos judiciales por sus violaciones y torturas. También tiene entre sus prioridades que las víctimas callen para siempre. Y como ya no existe la Santa Inquisición, en estas épocas se apela desde el Vaticano a un recurso menos “santo” pero, quizás, más efectivo.
Es así que cada una de las víctimas de abusos del la catedral de Ratisbona (cuyo coro es uno de los más reconocidos de Alemania), recibirá una indemnización de entre 5 y 20 mil euros. Con esas cifras, los funcionarios de Bergoglio y de la sucursal alemana del Vaticano pretenden que el escándalo termine pronto y quede como una agria anécdota que salpicó de lleno al antecesor del actual pontífice.
El método de pagar por silencio es ya extendido en toda la Iglesia, al punto de que las organizaciones que representan a sobrevivientes de abuso sexual eclesiástico coinciden en afirmar que gran parte de las personas que sufrieron esos abusos y vejaciones tardan muchísimos años en aceptar denunciar a sus victimarios, luego de años en los que la Curia “invirtió” no pocas sumas de dinero a fin de que los casos no trasciendan los oscurantistas muros de colegios, parroquias y conventos.
A la noticia sobre los 550 abusos en el coro durante varias décadas se suma otra, no menos escandalosa. El informe del abogado Weber acusa directamente al cardenal Gerhard Müller, exobispo de Ratisbona, a quien en 2010 le habían encargado “esclarecer” las múltiples denuncias que ya entonces generaban revuelo en la Curia alemana. Según el informe del abogado Ulrich Weber ese trabajo Müller no lo hizo o lo hizo muy mal.
Müller es, nada menos, uno de los hombres más encumbrados de la Iglesia comandada por Jorge Bergoglio. De hecho hasta hace pocas semanas estaba al frente de la estratégica Congregación de la Doctrina de la Fe. Si bien no se le renovó el “contrato” quinquenal por supuestas “diferencias” con el jefe de la Santa Sede, lo cierto es que el cardenal alemán es uno de los hombres fuertes del Vaticano que protagonizaron la transición entre los papados de Benedicto y Francisco.
De hecho, mientras Joseph Ratzinger fue quien lo nombró en 2012 al frente del órgano vaticano encargado de “custodiar la correcta doctrina católica en la Iglesia”, Jorge Bergoglio fue quien lo ascendió a cardenal en 2014 y lo mantuvo en ese alto cargo hasta el pasado 2 de julio.
Aunque recen y supliquen cada vez más fuerte en el Vaticano, semana tras semana, casi como un efecto dominó incontenible, aparecen nuevas denuncias de víctimas de violaciones y otras torturas por parte de curas, obispos y laicos con poder en la Iglesia.
Lejos de una “conspiración” mundial que busca mancillar el prestigio de la milenaria institución religiosa, son las y los sobrevivientes quienes comienzan a desnudar (no sin temor pero con una valentía inédita) algunos de los métodos y dispositivos de crueldad y dominación implementados desde el Vaticano.
Esta vez les toca, nada menos, que al hermano del papa emérito Benedicto XVI y a uno de sus mayores colaboradores de la Santa Sede. Hace un año Monseñor Georg Ratzinger había reconocido parte de esa violencia en una entrevista con el sitio Passauer Neue Press. “Los golpes, es decir, bofetadas, eran comunes no solo en el coro de la Catedral, sino en todos los ámbitos de la educación, así como en las familias”, dijo intentando minimizar el asunto.
Sobre los abusos sexuales contra 550 niños y niñas del coro que él dirigió, cometidos por unos 49 curas y empleados de la Catedral de Ratisbona, el hermano de Benedicto dijo: “No sé nada de abusos sexuales durante mi tiempo”. Eso sí, como todo buen jerarca eclesiástico, no dudó en pedir disculpas a las víctimas.
Al mismo tiempo el actual director del coro de niños de la catedral de Ratisbona, Roland Büchner, dijo que esas denuncias “lo entristecen” y aclaró, por si alguien osa creer lo contrario, que “el coro ahora trabaja de forma diferente”.
Mirá el documental No Abusarás (el mandamiento negado en la Iglesia de Francisco)