Parece que la historia se repitiera. El 11 de marzo de 2010 Michelle Bachelet, la primera mujer presidenta electa en la historia de Chile, le entregaba la banda presidencial al primer presidente de derecha desde el retorno a la democracia. Aquel año el país había sido testigo del terremoto más devastador de los últimos 30 años y zonas enteras se encontraban intervenidas por las fuerzas armas que custodiaban la propiedad privada de supermercados y grandes centros comerciales.
El país, en una situación de absoluto recogimiento, aceptó sin mucho entusiasmo un gobierno que prometió eficiencia, decisión y cambio. Pero al poco andar el gobierno Piñera se mostró abiertamente como un proyecto que atacaría, cada vez más abiertamente, al pueblo trabajador.
Las protestas contra HidroAysén, la lucha de Aysén y Freirina, la histórica lucha estudiantil del 2011 entre otros, fueron sin duda, hitos que marcaron a fuego la experiencia de miles de trabajadores, mujeres y jóvenes que vivieron en carne propia lo que implicaba tener a los representantes más conservadores del empresariado nacional en el gobierno.
Pero la movilización y lucha, que terminaron por minar el poco apoyo popular de Piñera, no abrió el camino a transformaciones radicales, sino a una versión reciclada de la Concertación que buscó a toda costa canalizar el malestar social y transformarlo en apoyo político para un gobierno “progresista” 2.0.
La cara de dicho proyecto sería por segunda vez Michelle Bachelet que volvía luego de 4 años a la carrera presidencial, esta vez sin competencia y con una coalición que integraba al histórico Partido Comunista.
Karl Marx decía que la historia se repite dos veces, primero como tragedia y luego como comedia y algo así terminó el reciclado gobierno de la Nueva Mayoría, que prometió subirse a la ola de los cambios para luego terminar ajustando las promesas a un “realismo sin renuncia” gracias a su pie en el parlamento y otro desactivando la calle.
Luego de cuatro años de debate, Bachelet entrega la banda presidencial con una reforma tributaria que no tocó, en lo esencial, a las grandes fortunas; una reforma laboral que no entregó las más mínimas garantías a las organizaciones sindicales para poder negociar colectivamente y en mejor pie, contra las groseras utilidades de las empresas en Chile; traicionó al movimiento estudiantil y la lucha por la gratuidad universal; no estuvo dispuesta a cambiar ni el sistema de previsión social y la repudiada constitución pinochetista.
De esta forma la retórica de la retroexcavadora no fue más que una desafortunada frase de un “animado” diputado que vio en Bachelet la oportunidad de concretar el proyecto social de un sector de los partidos que vivieron la transición a la democracia.
Durante la jornada de hoy, se realizará el traspaso de mando entre Michelle Bachelet y Sebastián Piñera, el que por segunda ocupará la primera magistratura del país. Sin embargo, el escenario en el que asume Piñera es distinto al del 2010. La derecha y los empresarios encuentran a un país más polarizado, y sin un terremoto en la agenda, Piñera deberá enfrentar desde el día uno varios conflictos que dejó abierto la extinta Nueva Mayoría.
La irresolución de demandas tan sentidas como el No+AFP, el término del CAE, el debate constitucional, entre otros se suma a problemas más estructurales como el descrédito a la política, cuestión que estalló desde los casos CAVAL y PENTA, pasando por SQM, el Milicogate y ahora último el Pacogate y el bullado montaje de la “Operación Huracán”, los debates sobre migración o derechos sociales.
Piñera y su sector son consiente del fracaso de la Nueva Mayoría por intentar consensuar un nuevo pacto social, también han visto cómo el Frente Amplio ha logrado capitalizar gran parte de los sectores críticos a la Nueva Mayoría, posicionándose como tercera fuerza política.
Piñera llega al gobierno sin mayorías en el congreso, por lo que la negociación parlamentaria será clave para impulsar su plan de gobierno contra los trabajadores, las mujeres y la juventud.
También deberá disputar un sentido común que se ha corrido a la izquierda, apoyando movimientos a favor del aborto, la ley de identidad de género y matrimonio igualitario, el rechazo al lucro o la demanda de No+AFP, que abre un cuestionamiento a uno de los pilares económicos del país.
Hace solo días cientos de miles de mujeres conmemoraron en las calles un nuevo 8 de marzo, demostrando que en Chile se respiran nuevos aires, aires donde la supuesta resignación permanente que caracterizaba a la idiosincrasia nacional ya no es parte de las nuevas generaciones que despertaron a la vida política.
Piñera no lo tendrá fácil, si como decíamos más arriba la historia se repite dos veces primero como tragedia y luego como comedia, este segundo gobierno deberá enfrentarse a la experiencia que trabajadores, mujeres y jóvenes adquirieron durante los últimos 8 años, experiencia que quizás lo haga pasar a la historia como una comedia. |