La pobreza aumenta. Los titulares de los diarios se multiplican. Las soluciones son promesas de hojalata o slogans de campaña para la farsa electoral. ¿Resignarnos? Nunca.
Luján Calderaro Trabajadora Social - Becaria UBA | @tete_calderaro
Viernes 4 de octubre de 2019 12:28
Los números de la pobreza aumentan, al ritmo de las monedas que resuenan abultando bancos lejanos.
Los números de la pobreza aumentan, así como la leche cuando escala el precio que alguna vez tuvo la carne argentina.
Los números de la pobreza aumentan, al son de las cucharas sumergidas en un puchero cada vez más aguachento.
Ya cuentan 15,9 millones las personas que ansían que el estómago deje de doler.
Ya cuentan miles los que,
desterrados del trabajo (mal) pago,
ruegan dejar de mendigar,
arrodillarse,
por un plan social.
Porque no se debería rogar,
cuando se lo ha intentado todo,
cuando en el tablero que caíste tenés prohibido moverte, porque solo unos pocos juegan.
Porque no se debería rogar pan, cuando el derecho a la vida es ‘valor supremo’ en la Constitución Nacional,
¿es éste papel mojado pa’ los de abajo, y acaso palabra santa cuando de la propiedad privada se habla?
Y sino pregunten a los bancos,
a los acreedores privados,
a los políticos,
¡si no creen en esa ley! Ellos la crearon por provecho propio, por hambre ajena.
Por eso aumentan los barriles con dinero,
mientras ahogan en la miseria al mundo entero.
Por eso acumulan las tierras,
destierran a los pueblos,
y prenden fuegos los bosques,
matan lo bello y lo nuestro.
Unos se enriquecen con la gallina de huevos de oro/ dólares/ deuda. El resto paga los platos rotos. ¿Platos rotos? Solo para el resto. Los huevos de oro son manjar para aquellos, peor educación, salud y desempleo para estos.
15,9 millones y seguimos contando. Los barrios se siguen degradando. La violencia sigue escalando.
La pobreza cero suena a consigna tan vacía,
como escuchar promesas sobre un futuro mejor, cuando se firman pactos de sangre con quienes hasta acá, nos han traído.
La ‘esperanza’ se vuelve la varita mágica que vacía las calles: lo mejor está por venir.
Hoy no, mañana sí.
Paciencia! Decile al pibe. Porque quienes no pueden esperar son los mercados. Son los hombres de traje en apuros por hacer números, por calcular lo que mejor agrande el bolsillo.
Un hombre de negocios lo afirma en un bar, en un acto de sincericidio, como si hablara del color de sus medias,
El dólar a $100 es lo mismo que decir ‘la leche a $70, el pan a $140’ o boom! 6 millones de pobres más.
Disculpen si las cuentas no cierran.
Sería más fácil decir pobreza cero y ya. Pero ésta ayer aumentó y ya no quedan más dudas: quienes nos sacan de las calles nos quieren quietos,
obedientes a los mercados,
respetando la ley de hierro de los egoístas de traje,
mientras nuestros pibes la pasan mal,
muy mal.
Con la mitad de lo que se paga en intereses de deuda, se podrían incrementar los ingresos de estas familias que hoy se sumergen en la pobreza, para que salgan de ella.
No queda otra que afirmarnos en la calle, y pelear por un camino donde la necesidad sea la prioridad de todo diario/ televisión/ conferencia de prensa;
y los pactos depredadores de los bancos y acreedores varios,
se vuelvan papel mojado.
Porque no le debemos nada, a quienes nos han robado todo.
Los números de la pobreza aumentan y los banquillos de los responsables (presidente/ gobernadores/ FMI/ burócratas y todo aquel que se empecine en conservar el statu quo de un sistema putrefacto),
tiemblan.
Porque la historia ha mostrado que podemos aguantar, y mucho.
Pero no infinitamente. Las palabras de Louise Michel, comunera de París, resuenan, en lo que está por venir: Cuidado, cuidado con las mujeres -y hombres y todes- cuando se sienten asqueadas de todo lo que las rodea y se sublevan contra el viejo mundo. Ese día nacerá el nuevo mundo.