En menos de una semana estalló de manera abrupta en todo el país un enorme proceso de movilización, revuelta popular y jornadas revolucionarias. Todos sabíamos del enorme descontento, el hastío y las expectativas que no se cumplieron, pero nadie logró prever la magnitud y rapidez con la que explotó un proceso que parece no encontrar una pronta solución.

Francisco Flores Cobo Egresado/Gradista de Derecho U. de Chile
Jueves 24 de octubre de 2019
El ánimo por salir a la calle a repudiar el conjunto de injusticias que se acumulan en décadas de neoliberalismo se mantiene con fuerza. Los intentos del gobierno por ponerle paños fríos a la situación han sido infructuosos; la represión del estado de emergencia y el toque de queda solo trajo el recuerdo de los peores años de la dictadura, el congelamiento del alza en el pasaje solo dejo en evidencia que “no son los 30 pesos, son 30 años” y el paquete de medidas anunciadas en la última cadena nacional solo convirtió Trending topic mundial el hashtag #renunciapiñera.
La chispa que encendió el fuego, como tantas veces en la historia, fueron los estudiantes. Las evasiones masivas protagonizadas por secundarios del Instituto Nacional, esos mismos que se vieron brutalmente reprimidos por carabineros al interior de su colegio, mostraron que esa juventud a la que Piñera busco acallar con aula segura y el control preventivo de identidad a menores de edad, fue un total fracaso. Esa chispa de rabia y descontento irradió al conjunto del país, desatando una enorme rebelión de proporciones históricas. La que ayer era la democracia “más estable de Latinoamérica” hoy es la cuna de jornadas revolucionarias.
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Sin embargo, todo el repudio al régimen político y económico se encuentra también sin un rumbo claro, la rabia arrojó a la calle un sinfín de consignas por las cuales valdría la pena desafiar, incluso al ejército. El sistema de pensiones, la carestía de la vida, la educación, los bajos sueldos, las largas jornadas de trabajo, la corrupción, el problema medioambiental, entre tantas otras problemáticas, dan cuenta de un cuestionamiento que podría llegar a poner en jaque al conjunto del régimen político, pero que se arriesga al desgaste o al desvío del gobierno, porque la espontaneidad es hoy el motor del conflicto, pero mañana será también su principal debilidad.
De esa forma es que llegamos a un punto en el conflicto donde el curso de los acontecimientos puede dar un giro a que vuelva una relativa estabilidad del gobierno, vía agotamiento y desorientación, o dar un salto para darle perspectiva de triunfo a la movilización.
Es aquí donde la política de la huelga general, planteada inicialmente por los trabajadores portuarios, toma una relevancia central. Sabemos que Piñera solo nos va a entregar migajas, no hay ninguna posibilidad de triunfo al interior de esta administración y es realmente un sentir de enormes sectores de masas que Piñera salga del gobierno. Pero él no renunciará, tendremos que echarlo abajo, y la huelga general es el único camino real para ese objetivo, porque seamos honestos, una acusación constitucional liderada por una oposición que no fue capaz de destituir a la ministra Cubillos, menos va a hacer caer a Piñera. Más aún cuando dicha acusación Constitucional debe pasar por el Senado, donde los partidos de Gobierno tienen mayoría. La verdad es que esta acusación liderada por el PC, es solo un saludo a la bandera para posar de radicales.
Pero la caída del gobierno no es la resolución del problema. La lucha por una asamblea constituyente nos permitiría abrir el debate sobre todos los conflictos abiertos y exprimir hasta el final las herramientas que se nos entregan en los estrechos márgenes de esta democracia. Pero la asamblea por si misma tampoco será una solución del conflicto, es imposible generar un “nuevo pacto social” que realmente sirva a los intereses de los trabajadores y de quienes hoy se movilizan, únicamente mediante una asamblea constituyente, pues es bastante utópico creer que con un dialogo democrático y racional, podamos convencer a los empresarios y toda una casta de políticos millonarios a que renuncien a sus privilegios y los compartan con el conjunto de la sociedad.
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La asamblea constituyente es una herramienta que alienta la politización y puede dinamizar las conciencias de millones de personas, pero no será nunca una herramienta que permita romper hasta el final con el capitalismo, puesto que su fin ultimo no es la destrucción de un régimen político para imponer otro, sino más bien renovar, actualizar y oxigenar la democracia burguesa.
Lograr estos objetivos, la huelga general y la asamblea constituyente, encuentran como requisito obligatorio para obtenerlos, que los sectores organizados de trabajadores posicionados en un rol central dentro de la economía, se pongan a la cabeza de estas movilizaciones, y logren ser una referencia y dirección política para los miles de estudiantes, las clases medias y la juventud que se moviliza. Si realmente queremos dar vuelta al gobierno, los que controlan la producción son quienes tienen las herramientas para golpear en el centro de gravedad del régimen político y hacerlo caer.
Pero no nos engañemos, instituciones como la CUT y muchas de las organizaciones que se encuentran dentro del colectivo “unidad social” que se hicieron parte de la convocatoria a huelga general en el día de ayer y hoy, son dirigidos por el Partido Comunista y el Frente amplio ¿Será posible lograr que se desarrollen instancias como una huelga general o asamblea constituyente cuando referentes de estos partidos políticos como Gabriel Boric manifiestan que “ hay algunos anuncios interesantes (del Gobierno) que debemos analizar de buena fe en el congreso” o se escucha a Camila Vallejos diciendo que “esto no se trata de ir contra el Gobierno”? Aún más, El frente Amplio planteo no negociar ni legislar nada si es que no se sacaban a los militares de la calle, pero en un cambio de posición radical e incomprensible, de todas formas le votaron al gobierno su intento desesperado por descomprimir y suspender el alza del pasaje, cuando sabían que ese nunca fue el fondo del asunto. Estas organizaciones terminan por asegurar la estabilidad del régimen, en vez de luchar por tumbarlo.
Entonces, si uno de los factores claves para ir cimentando una perspectiva de triunfo, es la irrupción de las fuerzas organizadas de trabajadores, la segunda condición para acercarnos a una solución efectiva del conflicto pasa porque las direcciones burocráticas de estas organizaciones (PC y Frente Amplio) se vean superadas y sobrepasadas. Para esto es necesario el desarrollo de fenómenos de autoorganización, asambleas sindicales y territoriales que organicen “desde abajo” la lucha, y que expresen auténticamente las aspiraciones de enormes sectores de masas. Pero la clave de todo pasa por que esta dinámica de autoorganización, vaya más allá de la lucha por una asamblea constituyente, y sean el germen de una nueva forma de organización del estado, el germen de un gobierno en donde sean los trabajadores quienes tomen el control de la producción y de todos los poderes del estado. Ejemplos muy iniciales de esta autoorganización se viene dando desde el sindicato de los trabajadores del Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM), quienes levantaron asambleas territoriales para organizar a estudiantes, trabajadores y vecinos, o el comité de emergencia y resguardo que levanto el Colegio de Profesores en Antofagasta, que organizan a trabajadores de diversos gremios junto a estudiantes, para enfrentar la enorme represión desplegada por el gobierno.
Pero ninguna de estas condiciones puede desarrollarse al calor de la espontaneidad, el ascenso político de una organización revolucionaria que pelee por la autoorganización, por la huelga general, por tumbar al gobierno, por la asamblea constituyente libre y soberana y por un gobierno de los trabajadores, es también un requisito sin el cual es totalmente imposible proveer un escenario victorioso. A decir de Trostky, “Sin una organización dirigente la energía de las masas se disiparía, como se disipa el vapor no contenido en una caldera. Pero sea como fuere, lo que impulsa el movimiento no es la caldera ni el pistón, sino el vapor”. Esta es justamente la batalla que venimos dando desde el Partido de Trabajadores Revolucionarios, para construir una organización revolucionaria que pelee por esta perspectiva.
Estas jornadas de lucha ya han dejado 18 muertos, las denuncias de torturas y los heridos de bala se multiplican cada día. Nuestro enemigo es poderoso y ha desplegado cruelmente todo su poderío, pero ninguna muerte será en vano, la victoria es posible y dependerá de todos nosotros obtenerla.