Pablo Barragán Grondona https://escrituraenmovimiento.wordpress.com/
Miércoles 22 de febrero de 2017 11:35
Reproducimos un artículo escrito por Pablo Barragán Grondona, publicado originalmente en "escritura en movimiento"
“El viaje fue normal, no pasó nada que no hubiera pasado en viajes anteriores. En las estaciones el tren no frenaba y retrocedía como algunas veces. Me acuerdo incluso de otros viajes en los que las puertas no cerraban y viajé con ese peligro. Esa vez no fue así. Yo no supe hasta que bajé, que ese día había vuelto a nacer”. Ana Clara Di Nuzzo tiene 25 años y estaba en el quinto vagón de la formación del tren Sarmiento que no frenó al llegar a la estación de Once. Era miércoles 22 de febrero de 2012, primer día hábil después de los festejos de carnaval, cuando la negligencia del Estado se llevó la vida de 51 personas y dejó 702 heridos.
Ya en ese año Ana tomaba el Sarmiento con tanta regularidad que tenía su vagón preferido: el cuarto. Estaba tan acostumbrada al recorrido que sabía que cuando el tren legaba a la estación ya podía soltarse y hacer equilibrio con los pies hasta que frenara. “Ese día algo me dijo que me subiera al quinto vagón, algo me dijo que no me soltara hasta que no parara el tren. Algo hizo que sin saber lo del accidente, toda mi familia estuviera reunida en casa esa noche para abrazarme. A las tragedias cada uno las vive diferente, según lo que te toca. Ese día me tocó darme cuenta que tenía que hacer algo en mi vida todavía, que tenía que seguir viva”.
Cuando el tren llegó a la estación se escuchó un impacto, ruido de metales y vidrios rotos. Todos los pasajeros cayeron al piso. Ana se desplomó arriba de un asiento pero no sintió nada, se levantó y vio a la gente desesperada que se pisaba, se empujaba: estaban intentado salir. El quinto vagón tardó solo un minuto en abrir las puertas, el cuarto estuvo casi veinte con los heridos encerrados, el segundo se había incrustado en el primero y este estaba dos metros subido sobre el andén. Ana se bajó del tren sin querer ver nada, salió de la estación lo más rápido posible y decidió seguir su rutina: “Solo pensaba en que tenía que irme de ahí, no había nada que pudiera hacer y no me entraba en la cabeza lo que había pasado. Me enteré que hubo muertos recién al mediodía cuando hablé por teléfono con mi mamá, ahí entendí lo que había pasado. Entendí que podía no haberla contado”
¿Volviste a tomar el tren luego del accidente?
– Al día siguiente. Tenía que cursar otra vez en la facultad. Cuando estaba por llegar a Once estaba con el corazón en la boca, pero sabía que era algo que tenía que superar. Igual no me lo volví a tomar nunca en hora pico y tampoco volví a pagar el boleto hasta que no pusieron nuevos trenes. No pagar era mi manera de decir que no estaba de acuerdo, era mi manera de robarles a los que me robaban. Mi papá siempre dice que hay que pagar para contribuir con el Estado, yo pienso: ¿Pagar a costa de qué? Pagar a costa de que me coman la vida el día menos pensado.
La Justicia condenó a 21 responsables por la tragedia de Once, entre ellos el maquinista que operaba la formación y que sobrevivió al choque. ¿Pensás que se falló correctamente?
– El que no utilizaba el Sarmiento en esa época no puede saber que era una bomba de tiempo, todas las formaciones estaban igual de mal. El motorman solo fue el ejecutor, justo se dio la hora exacta para que el choque lograra convertirse en tantas muertes, en tantas víctimas. ¿Vos sabes la velocidad que toma el Sarmiento? ¿Sabes lo que era viajar con la puerta abierta? Para mí lo que pasó era algo evitable. Hoy veo el tren que uso y pienso que estoy en el primer mundo a comparación de como viajábamos antes y está perfecto que los hayan cambiado, pero, ¿porque esperar a que muera gente? ¿Tenía que pasar esta tragedia para que los cambien?