El trabajo de reparto mediante aplicación se ha convertido en notoria expresión de precarización laboral. Pero las repartidoras encaran sobre ruedas, también, acoso sexual y violencia.
Martes 13 de octubre de 2020
Los trabajadores del reparto se enfrentan en su día a día con una de las formas más descaradas de precarización laboral, flexibilizados, sin contrato y además, sin ser reconocidos como trabajadores, por lo tanto, sin garantías de derechos laborales y teniendo que hacer un esfuerzo físico que muchas veces les sobrepasa, todo para ganar entre $15 y $50 por entrega, dependiendo de la empresa.
En medio del mar de dificultades a las que se ven sujetas las y los repartidores, existen peligros que tienen que ver con las condiciones geográficas y de descomposición social.
A esto responden situaciones tales como discriminación en comercios y lugares de entrega, asaltos, humillaciones, accidententes, hasta agresiones físicas como acoso sexual.
La ‘crónica’
Éste es el caso de Karla, repartidora de Rappi, quien se enfrentó a un forcejeo con un cliente de la plataforma, al acudir a su departamento para hacer la entrega de algunos productos de farmacia el pasado 10 de octubre.
El cliente, de nombre Santiago Antillana, se presentó al recibimiento del pedido en ropa interior y con el pene erecto. Acto seguido, intentó forzar a Karla a entrar a su departamento. Ella se resistió y dio a conocer el hecho con la policía, pero obtuvo como respuesta el argumento de que no se podía proceder por ser el departamento del agresor, propiedad privada.
Más de lo que imaginamos
El acoso sexual se ha instituido en lo cotidiano como “normalidad” hasta pasar desapercibido y volverse parte de la cultura machista. Desde comentarios e insinuaciones hasta tocamientos o forcejeos, no suele considerarse “peligroso” o “grave” por estar absolutamente integrado a la cultura, como si fuera un aspecto dado del comportamiento social y no pudiera hacerse consciente la opresión que reproduce contra quien es víctima de acoso.
La situación es generalizada, no podemos pretender que no existen realidades de violencia a las que se enfrentan las mujeres, principalmente las mujeres trabajadoras y que viven en zonas periféricas, y que además enfrentan la violencia que significa la explotación laboral, cuyo rostro precarizado es en su mayoría femenino.
Las empresas, negando su relación laboral con los y las repartidoras, no dan ningún tipo de respaldo frente a esta situación, mucho menos pensar en medidas que disminuyan el riesgo de vivir situaciones de violencia.
Sería ingenuo esperar que la patronal y el gobierno, responsables de mantener la precarización en nuestra contra y, muchas veces, parte activa de la criminalización de mujeres que denunciamos la violencia machista y patriarcal que vivimos día con día.
Por eso nos organizamos confiando en nuestras propias fuerzas. Este es el ejemplo de la #BitacoraDeAcosadores de #NiUnRepartidorMenos, que es un primer paso para responder de manera conjunta a la violencia que enfrentamos día con día, desgraciadamente aún insuficiente para garantizar enteramente nuestra seguridad.
Esta clase de iniciativas y sus diferentes extensiones como grupos de WhatsApp, grupos de denuncias o tácticas como mandar ubicación en tiempo real al entregar un pedido, llamar a alguien si se está en inminente peligro o ponerse en contacto con botones de pánico son medidas que expresan que entre los trabajadores de aplicaciones comienzan a gestarse redes de solidaridad. Sin embargo, la realidad es que a pesar de nuestros esfuerzos, estas iniciativas no pueden garantizar enteramente nuestra seguridad, la incógnita es entonces ¿Cómo cambiamos las condiciones laborales que nos ponen en riesgo?
Los trabajadores, organizados podemos exigir a las empresas para las que laboramos, prestaciones básicas como seguro medico que garantice nuestra salud en caso de accidentes, pero también ante cualquier enfermedad, salarios dignos y contratos fijos. Esto permitiría verdaderamente erradicar las cuestiones medulares que propician la violencia hacia las mujeres y que son, en primer lugar, los escenarios de desempleo y problemas económicos que las obligan a tomar empleos súper precarios, las condiciones de esos empleos que las violentan laboralmente y que las orillan a situaciones de vulnerabilidad y, evidentemente la primacía de la cultura patriarcal que salpica cada ruta de reparto.
La solución hay que arrancarla de las manos del patrón
Está claro que el sistema económico actual es un ciclo interminable que permite que se generen y se reproduzcan las garantías de una vida anclada a la precariedad y a la violencia para las mujeres y para toda la clase trabajadora de conjunto. Mismas garantías y condiciones que se agudizaron durante el último año ya que el empresariado y el gobierno de la 4T impusieron y consintieron despidos masivos, rebajas de sueldo, descansos, flexibilización, extensión de las jornadas de trabajo y con ello, una doble carga laboral por el mismo -o menor- salario.
La violencia estructural requiere que nos organicemos en contra del sistema de explotación capitalista, que aprovecha los prejuicios del patriarcado y el racismo para profundizar la explotación. Esta lucha debe ser encabezada por el conjunto de la clase trabajadora y sectores populares, y bajo esa perspectiva de transformación revolucionaria de la sociedad, debemos arrancar toda mejora y conquista posible dentro de los marcos del sistema actual.
Por eso, peleamos por el reconocimiento de nuestra relación laboral, por acabar con la inestabilidad en nuestros empleos y por un aumento salarial de emergencia que se sume a los bonos y permita tener un ingreso mínimo garantizado. Así mismo, infraestructura y monitoreo, cosas mínimas que no garantiza la patronal, pues hay casos de compañerxs atropellados cuya defunción no es reconocida porque las empresas ni siquiera saben quiénes son, ni cómo sufrieron dichos accidentes.
También exigimos seguro médico y medidas sanitarias y de bioseguridad suficientes para no exponer nuestras vidas, como hemos hecho toda la pandemia al ser parte de un sector esencial como trabajadores del reparto.
¡Nuestras vidas son esenciales, no sus ganancias! Las trabajadoras estamos harta de enfrentar el acoso y la violencia feminicida, cargar con las dobles jornadas, el trabajo doméstico y la explotación.