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Brasil. Ajuste y corrupción marcan el segundo mandato de Dilma

El domingo pasado, la presidenta Dilma Rousseff se dirigió al país pidiendo a los trabajadores y al pueblo brasilero el ya conocido ajuste de cinturones. Típica receta con la que las élites suelen querer resolver sus crisis, descargándolas sobre el pueblo trabajador. En ese momento, resonaban “cacerolas” en las calles de los barrios acomodados, base de la oposición tradicional.

Isabel Infanta

Isabel Infanta @isabel_infanta

Jueves 12 de marzo de 2015

En sintonía con esta dualidad, fueron convocadas para esta semana una movilización del arco opositor tradicional, que en su sector más radicalizado levanta la consigna de destitución de Dilma, y una movilización del arco oficialista, para distender en forma moderada la bronca de los trabajadores contra los ajustes. Un enfrentamiento que viene siendo tratado con paños fríos tanto por Dilma como por el liderazgo opositor.

Ajuste y crisis económica

El primero de enero de este año, Dilma Rousseff comenzó su segundo mandato presidencial, luego de una intensa campaña electoral en la que buscó diferenciarse de su contendiente Aécio Neves acusándolo de conservador.

Según la presidenta-candidata del Partido de los Trabajadores, su reelección significaría una victoria de los trabajadores y el pueblo sobre los neoliberales del Partido de la Social Democracia Brasilera (PSDB), los llamados “tucanos” que gobernaron durante los ’90 con el conocido estilo “menemista” de aquella década: privatizaciones, endeudamiento, ajuste y desocupación.

Tras un gran enfrentamiento discursivo con la oposición, la candidata “progresista” inauguró su segundo mandato con ajuste a los trabajadores y una llamativa disposición al diálogo con los neoliberales. Apenas dos días antes de asumir, Dilma emitía dos decretos que entre otras cosas atacaban los derechos previsionales de los trabajadores más desprotegidos, como los desocupados y pensionados.

Para llevar esto adelante, puso a un ex banquero como ministro de Hacienda y lanzó una política de ajuste fiscal, que se suma a los evidentes signos de agotamiento económico y a la devaluación de la moneda nacional, el real.

El juego de las diferencias

La semana pasada se conoció la primera lista de líderes políticos que van a ser investigados por la Corte Suprema brasilera en el caso de Petrobrás, investigación judicial conocida como operación “Lava-jato”, algo así como “lavado a chorro”. Si bien el PT y otros partidos de la alianza oficialista son los protagonistas centrales de la “lista Janot” (por el fiscal que la presentó a la Corte), incluye a personajes de la oposición, entre ellos un importante líder del riñón tucano, Antonio Anastasia, ex gobernador del feudo de Aécio Neves, el estado de Minas Gerais.

Por su parte, el programa de ajustes que Dilma tiene a la cabeza al neoliberal Joaquim Levy, uno de sus primeros nombramientos en este nuevo mandato. Además de ex banquero, el ministro de Hacienda de Dilma es ex funcionario del FMI y ex funcionario noventista, en suma, un conocido “manos de tijera” que tiene el objetivo de poner en marcha recortes a la vieja usanza.

Queda claro que ajuste y corrupción son puntos que tienen en común oficialismo y oposición en Brasil. Esto explica no solo las tendencias dialoguistas de Dilma, sino también el esfuerzo contenedor por parte de los líderes de la oposición de sus tendencias más radicalizadas, que vienen intentando sembrar la idea de destitución de Dilma (impeachment). El mismo ex presidente FHC se ha propuesto esa tarea.

El descontento no es de ahora

La contradicción entre el discurso y los actos políticos de Dilma se cerró con el discurso del domingo, cuando dio por terminada la fantasía de la campaña electoral. La realidad es que la segunda mitad de su primer mandato ya había estado signada por la bronca manifiesta en las calles de los más pobres contra las obras del mundial de fútbol, con muertes obreras en construcciones faraónicas, que se conjugó con la revuelta de la juventud, que venía sufriendo los efectos del comienzo de la desaceleración económica y se lanzó a las calles para enfrentar la suba de los boletos de transporte público.

Este conjunto de movilizaciones que tuvo su pico en junio de 2013 abrió la hendija hacia una oleada de huelgas de sectores de trabajadores, que salieron a defender sus condiciones laborales, a pesar de sus direcciones sindicales burocráticas, a veces oficialistas o a veces opositoras, pero siempre pro patronales. Fueron los casos de los barrenderos, conocidos como “garis”, los trabajadores de subterráneos, conocidos como “metroviarios”, o los docentes de la red pública de educación, entre otros.

Una perlita en el fondo de la caja de pandora

Pero la perlita que apareció en plena campaña electoral fue el destape de uno de los esquemas de corrupción más grandes de la historia del país, en la empresa estatal de bandera, Petrobrás. Este nuevo escándalo que incluye sobornos, sobrefacturación, licitaciones fraudulentas y otras yerbas, se sumó al tristemente célebre escándalo del “mensalão”, en 2005, pleno gobierno de Lula, que terminó con la cúpula parlamentaria del PT presa por recibir coimas mensuales a cambio de favores legislativos.

Todavía no está claro hasta dónde puede llegar esta crisis. El escándalo de Petrobrás no afecta solamente al PT, sino al conjunto del régimen político brasilero, no solo porque hay fuerzas opositoras implicadas, sino porque el PT, importante pilar del régimen surgido tras la dictadura militar (1964-1983), se reivindicaba baluarte de la moral y ética política, lo que ha quedado demostrado como falso.

La emergencia de los de abajo

La corrupción es un problema estructural de los regímenes capitalistas, lo que explica por qué el PT no pudo escaparle al transformarse en su gerente general. El mismísimo Lula lo reconoció cuando dijo en el reciente congreso partidario que “el problema es que el PT se transformó en un partido como los demás”, buscando recrear ilusiones rotas.

Los trabajadores y el pueblo pobre brasilero viene haciendo una sostenidda experiencia con el PT, que prometió que se puede hacer un capitalismo limpio, favorable a los trabajadores y viene demostrando que no es posible. La experiencia con la oposición tradicional ya la hizo durante los noventa, como lo hicimos en Argentina con el menemismo.

Es por eso que frente a la falsa dicotomía entre gobierno y oposición que se va a expresar en las calles esta semana, sería un gran paso que los sindicatos combativos y organizaciones de izquierda se propongan encabezar una tercera alternativa de independencia política.