Alberto Fernández: anuncios y gestos que anticipan un rumbo para sus últimos casi 20 meses de mandato. La administración de la crisis y el intento de sobrevivir hasta 2023 bajo el mandato de la moderación. Nuestras banderas para el 1 de mayo.

Fernando Scolnik @FernandoScolnik
Jueves 21 de abril de 2022 07:32
La imagen habló antes que las palabras. Después de un fin de semana largo cargado de rumores, Alberto Fernández se presentó en el Salón Blanco de la Casa Rosada. A su lado, estaba el ministro Martín Guzmán. Era lunes y el reclamado (y sobre todo operado) relanzamiento del Gobierno con cambio de gabinete, no sería tal. En un mismo acto se confirmaba la continuidad del ministro y que el albertismo no tomaría un rumbo propio rompiendo puentes con el kirchnerismo, como reclaman algunos: desde sus asientos, acompañaron y tuitearon a favor de los anuncios económicos funcionarios cercanos a Cristina Kirchner, como “Wado” de Pedro o Fernanda Raverta. El Frente de Todos se dobla, pero no se rompe, por más que haya fricciones cotidianas, como este miércoles alrededor del debate por el Consejo de la Magistratura.
Las claves hay que buscarlas entonces por otro lado. Pasado el tsunami de la votación del acuerdo con el FMI, queda la realidad de la vida misma con el FMI. Tachando los días del calendario, a Alberto Fernández le quedan algo menos de 20 meses para entregar la banda presidencial a su sucesor, y su estrategia es la de administrar la crisis para intentar llegar a ese día sin haber perdido el control.
Administrar implica mantener lo que hay, sin cambiar nada de fondo. Gestionar la senda del eterno deterioro bajo la hoja de ruta trazada con el FMI, tratando de que las cosas no se le vayan de las manos. Mantener la llamada “gobernabilidad” con un ojo en los planes de ajuste y otro atento a la crisis social y las divisiones políticas, empezando por las propias. Aquel elogio de la moderación que hicieran hace pocas semanas personalidades albertistas, es la reivindicación de ese espíritu conservador. Intentar sobrevivir sin transformar, muy lejos de buscar tocar los pilares que habría que afectar para salir de la profunda crisis social y la decadencia que arrastra el país o al menos cumplir algo de lo que prometió en 2019.
En ese derrotero, el equilibrista va tomando medidas tácticas de contragolpe. Conocidos los datos de pobreza (17 millones de personas) y de una inflación del 16,1 % en apenas tres meses, aquel Salón Blanco de la Casa Rosada anunció un bono para trabajadores informales, jubilados y empleadas domésticas. Pero las sumas y restas no dan empate: es la aplicación de un plan de ajuste constante con medidas que no compensan lo perdido. “Primero los últimos”, dijo otra vez Alberto Fernández para vender el anuncio. Sin embargo, estamos en 2022, no en 2019. El contexto y la experiencia vivida le cambian el valor a las palabras, que para muchos ayer eran de expectativa, pero hoy son de frustración.
También hace política. El proyecto para discutir un impuesto a la “renta inesperada” a quienes se beneficiaron de los efectos de la Guerra en Ucrania (que no es otra cosa que una política que es impulsada por el FMI en todo el mundo), tiene en el plano político la intención de buscar quedar como progresista frente a las derechas de Juntos por el Cambio y Javier Milei, o frente a los empresarios de la UIA, que, como siempre, salieron en contra. Pero la intención propagandística de intentar hacer creer que el Gobierno busca proteger a las mayorías no puede hacer que el árbol tape el bosque: ninguna medida aislada puede analizarse por fuera del plan de conjunto, que es la aplicación del acuerdo con el FMI, con sus consecuencias inflacionarias, de ajuste fiscal y de límites al crecimiento para ordenar toda la economía en función de pagar una estafa, ni de lo global de un sistema impositivo que hace recaer su mayor peso sobre los sectores populares, con el IVA principalmente. Separar una y otra cosa, es una maniobra de bajo vuelo.
Según distintos editorialistas, en estas preocupaciones del oficialismo no solo está el temor al descontento social, sino también una preocupación por el crecimiento de la izquierda, sobre todo para el ala kirchnerista del Gobierno que es la que busca ser oficialista crítica y preservarse hacia el futuro. Así lo analizan recurrentemente columnistas como Carlos Pagni en La Nación o, recientemente, Jorge Fontevecchia desde el diario Perfil: “Si La Cámpora se asume como el ala de izquierda del Frente de Todos tiene que quitarle el sueño el crecimiento sostenido de los partidos trotskistas agrupados en el FIT (...) que duplicaron sus votos entre 2019 y 2021 pasando de 3 a 6 por ciento, constituyéndose en la tercera fuerza nacional”.
Es que la realidad viene siendo muy distinta al relato, y el sentido del humor social no se modifica con maniobras políticas coyunturales. Si los datos de inflación, pobreza o precarización laboral son conocidos y hablan por sí solos, también es cierto que hay algunos otros números que ilustran la situación. Lejos de afectar las ganancias de los empresarios, bajo este Gobierno viene aumentando la desigualdad en favor de ellos: si en 2020 los asalariados se llevaban el 48 % de la torta, en 2021 se quedaron apenas con el 43,1% del PBI. A la inversa y en el mismo período, la parte apropiada por los empresarios subió del 50,5 % al 54,3 % del PBI. Para ver otro dato, el consumo privado representó en 2021 apenas el 61,8 % del PBI, siendo el porcentaje más bajo desde 2002. Las heladeras no se llenan, sino que se vacían, y eso no se soluciona con artilugios de ocasión.
En este cuadro, sin embargo, hay una realidad. La existencia de una derecha competitiva electoralmente como la de Juntos por el Cambio, o la emergencia de Milei, es utilizada como justificación de la política conservadora del Frente de Todos: el malmenorismo siempre está presente para justificar que “lo otro puede ser peor”. En cualquier momento reaparece Santoro para hablar de la correlación de fuerzas.
También por estos días vemos desde el kirchnerismo los discursos contra la casta judicial y la avanzada de la Corte Suprema alrededor del conflicto por la composición del Consejo de la Magistratura, aunque en este caso las fuerzas mayoritarias se encuentran en una disputa por el control de la Justicia, completamente ajena a las preocupaciones reales de millones.
La tragedia, sin embargo, es que ese conservadurismo, excusándose con que siempre puede haber algo peor, consolida y naturaliza niveles altísimos de pobreza, precarización laboral o atraso del país.
Este 1 de Mayo vamos con otras banderas
En su derrotero, Alberto Fernández cuenta con puntos a favor y en contra para administrar la crisis hasta llegar a destino. Su creciente desprestigio, con fuego interno desde su propia coalición, así como la crisis económica, el gran descontento social y la desilusión de su base electoral, lo dejan como un presidente débil. Del otro lado, sin embargo, también es cierto que todo el régimen capitalista lo apoya para la aplicación de los planes del FMI, como se vio en las votaciones del Congreso Nacional, incluido el kirchnerismo que critica pero deja correr. La complicidad de las burocracias mayoritarias de los sindicatos y movimientos sociales completan el cuadro.
Sin embargo, para los trabajadores y los sectores populares, se trata de romper esta trampa, en la que la existencia de la derecha es utilizada para justificar el malmenorismo y una filosofía de la resignación que transmite que hay que naturalizar convivir con altísimos niveles de pobreza, de precarización laboral, o bien “dejar la vida trabajando”, con horas extras o más de un trabajo, para completar un salario que permita vivir.
Pronto vendrán las discusiones electorales de 2023, pero ni la derecha de Juntos por el Cambio o Milei, que con sus matices piden más libertad para explotar y precarizar, o el peronismo que (sobre todo el kirchnerismo) plantea la utopía de una salida progresiva bajo un capitalismo con más regulación del Estado, serán una solución. No solo porque las necesidades son hoy, no pueden esperar. Sino también porque con la alternancia de estos proyectos políticos o sus antecesores es que hemos llegado a la decadencia actual de la Argentina, que en 40 años multiplicó por 10 sus índices de pobreza. Hay que salir de esta trampa mortal y plantear un proyecto político de izquierda y anticapitalista, con el PTS y el Frente de Izquierda.
El 1ro de Mayo será una gran ocasión para levantar otras banderas. Ese fin de semana el PTS hará encuentros y asambleas abiertas en todo el país para discutir junto a miles de compañeros y compañeras cómo nos organizamos para enfrentar esta realidad, y junto a todo el Frente de Izquierda - Unidad convocamos también a un gran acto en Plaza de Mayo.
En esas instancias levantaremos las demandas más urgentes de la clase trabajadora frente a la crisis, el apoyo a todas las luchas y el rechazo a toda persecución, así como la necesidad de oponerse al ajuste, el pago de la deuda y el pacto con el FMI. Levantando un programa en defensa del salario y por el reparto de las horas de trabajo entre ocupados y desocupados, con una jornada laboral de 6 horas sin afectar el salario. También serán jornadas internacionalistas para gritar fuera las tropas de Putin de Ucrania y abajo la OTAN imperialista. Por la unidad mundial de la clase obrera contra el imperialismo.
Pero también iremos más a fondo en el debate. Hoy, al igual que hace 136 años cuando los Mártires de Chicago dejaron la vida luchando por la jornada laboral de ocho horas, el capitalismo sigue siendo un sistema de explotación y opresión. Los enormes avances tecnológicos que hubo en todo este tiempo no están puestos en función de una mejor vida para toda la humanidad, sino de los intereses de una clase minoritaria y parasitaria, los capitalistas. Este sistema, hoy como nunca, sigue demostrando que implica guerras, miseria y destrucción del medioambiente, poniendo en riesgo el futuro de la humanidad. Pero en la enorme fuerza social de la clase trabajadora que mueve el mundo, junto a la juventud combativa y el movimiento de mujeres, se encierra la posibilidad de dar vuelta la historia. Luchar por un Gobierno de los trabajadores donde la propiedad de las grandes industrias, el transporte, la energía y el conjunto de los medios de producción deje de ser privada y pase a ser pública y social. Con esos medios de producción dirigidos por sus trabajadores y trabajadoras, de manera democrática, coordinando y planificando la producción, la realidad sería radicalmente muy distinta, como lo muestran en un muy pequeña escala las fábricas recuperadas y gestionadas por sus trabajadores, aun teniendo que competir con todas las dificultades del mercado capitalista y las contradicciones que eso encierra. Un Gobierno de los trabajadores que inicie la transición hacia una sociedad socialista, que no puede ser solo en un país, sino a nivel internacional. Estos y otros debates recorrerán el Día Internacional de los Trabajadores.

Fernando Scolnik
Nacido en Buenos Aires allá por agosto de 1981. Sociólogo - UBA. Militante del Partido de los Trabajadores Socialistas desde 2001.