Reproducimos a continuación, la intervención de Andrea D’Atri, fundadora de la agrupación feminista Pan y Rosas, como parte del evento audiovisual #Trotsky2020, con motivo de cumplirse los 80 años del asesinato de León Trotsky.
Domingo 23 de agosto de 2020 13:06
“Es bastante cierto, que en la esfera de la vida cotidiana el egoísmo de los hombres no tiene límites. Si en realidad queremos transformar la vida, debemos aprender a mirarla a través de los ojos de las mujeres.”
Si escucháramos esta frase fuera del contexto de esta reflexión sobre el pensamiento de León Trotsky, nos resultaría muy difícil adivinar quién la pronunció y en qué circunstancias.
Desde hace un siglo atrás, Trotsky nos habla con un siglo de adelanto.
Sus palabras retornan como un eco en las movilizaciones de mujeres que surcaron el mundo, en los últimos 8 de marzo; en las trabajadoras de “la primera línea” que sostuvieron la reproducción social de la vida durante esta pandemia y en las que salieron a las calles recientemente desde Estados Unidos hasta El Líbano…
Para Trotsky, los derechos civiles conquistados por las mujeres con la Revolución Rusa de 1917 son algo elemental, aunque aún eran impensables en las democracias capitalistas más avanzadas de la época. Derecho a tener un documento de identidad, a votar y a ser votadas, al divorcio, al aborto seguro realizado en los hospitales públicos.
Pero para el dirigente del Ejército Rojo, es mucho más fundamental que la revolución socialista cree las condiciones materiales necesarias para la liquidación del trabajo del hogar porque considera, como Lenin, Kollontai y otros bolcheviques, que ese trabajo convierte a las mujeres en “esclavas domésticas” y, en los hechos, les impide detentar sus derechos a la educación, a la participación política, al trabajo, al acceso a la cultura...
Y sin embargo, cuando dice que hay que mirar la vida a través de los ojos de las mujeres, está planteando que ni siquiera las más radicales transformaciones materiales resuelven, en sí mismas, la opresión. Que es necesario “un deseo íntimo e individual de cultura y progreso”, escribe él, para embestir conscientemente contra las ataduras del pasado; contra esa subordinación que, de tan milenaria, se ha hecho imperceptible, se ha naturalizado y convertido en hábitos y costumbres.
Cuando aún hoy se ridiculiza al marxismo –incluso desde sectores feministas que se reivindican de izquierda y progresistas- diciendo que se concibe la emancipación de las mujeres exclusivamente como su incorporación al trabajo productivo, viene bien recordar estas palabras de Trotsky.
La caricatura de socialismo que erigió el estalinismo se transformó, durante las décadas siguientes, en la versión oficial del marxismo. La revolución fue traicionada y, con ello, caducaron los más avanzados derechos de las mujeres.
Peor aún: se consolidó el modelo de familia patriarcal mientras la liberación femenina se representó, exclusivamente, con la participación masiva de las mujeres en la producción.
Pero lo más pernicioso que hizo el estalinismo no fue, como dijera la historiadora norteamericana Wendy Goldman, haber destruido la posibilidad de un nuevo orden social revolucionario. La tragedia fue que se siguiera presentando como el heredero genuino de la visión socialista original y que las generaciones siguientes aprendieran a llamar a esto “socialismo” y “liberación.”
Los escritos de Trotsky encuentran eco en el presente donde las mujeres constituimos, por primera vez en la Historia, más del 40% de la clase asalariada a nivel mundial, pero somos la inmensa mayoría en el sector más precarizado, superexplotado y oprimido de esa clase, mientras seguimos siendo objeto de inusitada violencia machista, discriminaciones y desigualdades en todos los ámbitos de la vida.
No solo en la lucha por nuestros particulares derechos, ni tampoco únicamente en la lucha por la supervivencia contra los ataques mortíferos del capital contra la vida, sino también en la lucha por un futuro comunista, esperamos que las mujeres ocupemos las primeras filas.
Porque, lejos de toda victimización que nos condena a la pasividad, estamos convencidas de que, como escribió Trotsky hace casi cien años, “quienes luchan más enérgica y constantemente por lo nuevo, son quienes más han sufrido a causa de lo viejo”.