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Internacional. Ataque de Estados Unidos a Siria: un mensaje con múltiples destinatarios

Pareciera que la decisión Trump de lanzar un ataque militar directo en Siria no tiene como objetivo el cambio de régimen sino enviar un mensaje para conjurar la imagen caótica de su gobierno y proyectar el liderazgo norteamericano.

Sábado 8 de abril de 2017

En una primera lectura pareciera que la decisión de Donald Trump de lanzar un ataque militar directo contra las fuerzas de Bashar al Assad, el primero de Estados Unidos desde que comenzó la guerra civil en 2011, no tiene como objetivo el cambio de régimen en Siria sino enviar un mensaje para conjurar la imagen caótica de su gobierno al interior y proyectar el alicaído liderazgo norteamericano en el mundo.

Si hay debilidad que no se note. Y para eso nada mejor que unos buenos bombazos.

Las características del ataque –solo contra una base aérea, avisando a Rusia, es decir, a Assad- van a favor de la interpretación de que se trata de una acción punitiva limitada y no el inicio de una intervención de gran envergadura. Todo indicaría que no hay sectores significativos en el Pentágono que estén por otra aventura similar a la ocupación de Irak o Afganistán, o el desastre de la intervención en Libia. La prioridad sigue siendo derrotar al Estado Islámico y evitar que en el vacío de poder alguna variante fundamentalista se haga del poder en Siria. De hecho la principal campaña militar de Estados Unidos en la región es el bombardeo contra posiciones del EI en Mosul y Raqqa, con un récord de víctimas civiles. Pero dada la complejidad de la guerra civil siria en la que intervienen potencias y actores regionales con intereses disímiles, no se puede descartar nada. Incluso un eventual accidente con tropas rusas cuyas consecuencias serían impredecibles.

¿Qué llevó a este giro copernicano en la política exterior de Trump?

Más allá de la certeza de que no han sido las imágenes horrorosas de los niños gaseados en Siria las que le hicieron cambiar de idea, no hay explicaciones simplistas sobre las motivaciones profundas de este ataque. Las pistas hay que buscarlas en una combinación de factores internos y de la política exterior, que dan por resultado una situación en estado fluido.

Trump es el presidente con popularidad más baja de la historia durante sus primeros meses de gobierno. En los dos meses que lleva al frente de la Casa Blanca, aún no ha podido exhibir ningún éxito en su gestión ni tampoco imponerse sobre las distintas fracciones de su coalición de gobierno que expresan una división sin precedentes de la clase dominante y del aparato estatal imperialista y, en última instancia, una polarización política y social sin precedentes.

Las fracturas cada vez más expuestas, atraviesan desde la orientación de la política exterior y el uso del poderío militar hasta la reforma impositiva y la política comercial. En esta guerra sorda que se libra en las altas esferas del poder, Trump perdió a su asesor de seguridad nacional, Michel Flynn, acusado de colaborar con el gobierno ruso para debilitar las sanciones impuestas por Obama al final de su mandato. Fue reemplazado por el general H. McMaster, un opositor a la política “friendly” hacia Rusia, y al igual que el secretario de Defensa, J. Mattis, relacionado con el ala “realista” del establishment.

El presidente también fracasó en el intento de hacer votar una nueva ley de salud. El proyecto, defendido por Paul Ryan, el jefe de la Cámara de Representantes, fue derrotado por el Freedom Caucus, un grupo parlamentario ultraconservador del partido republicano.

La última crisis de envergadura fue el desplazamiento de Steven Bannon, su asesor estrella, que fue eyectado de su lugar de privilegio en el entorno íntimo de las decisiones presidenciales. Entre otras cosas, Bannon fue responsabilizado por algunas de los fracasos más resonantes del gobierno, como el veto contra los musulmanes.

Es interesante detenerse un momento en los pormenores de esta batalla, porque en sí misma habla bastante de las contradicciones del gobierno de Trump. Bannon, un militante de la “alt right” que fue el arquitecto del discurso nacionalista del presidente, fue derrotado por una fracción de financistas y “globalistas” dirigida nada menos que por el yerno de Trump, Jared Kushner, que milita junto con el “ala Goldman Sachs” del gobierno, y está poniendo en lugares estratégicos a funcionarios surgidos de los directorios de empresas y de Wall Street.

En este marco, con el ataque en Siria, Trump logró por primera vez desde que asumió que lo aplauda el conjunto del establishment: los medios que lo vienen denostando, como The New York Times y Washington Post; el Partido Demócrata y el Republicano en pleno; Hillary Clinton; la “comunidad internacional”; los líderes de la Unión Europea, la OTAN, Israel, Turquía, Arabia Saudita, y sigue la lista. Solo se han opuesto los sectores más recalcitrantes de su núcleo duro. Y obviamente Rusia e Irán.

Pero está claro que esto es solo un respiro en la tensa atmósfera que se respira en Washington.

El gobierno de Trump viene jaqueado por la investigación de su relación con Rusia, en particular, por los ciberataques rusos que según informes del FBI y de la CIA, interfirieron en la campaña electoral a favor del candidato republicano. El exasesor Flynn había pedido inmunidad a cambio de dar información ante el Senado sobre esa relación. Por ahora es un proceso estancado. Pero se sabe que la investigación baila al ritmo de los intereses en juego.

La acción militar en Siria permitió cambiar el escenario. El gobierno norteamericano acusó a Putin de estar encubriendo a Assad o de haber sido impotente para cumplir el compromiso asumido en 2013 de garantizar que Assad se desprendiera de sus armas químicas.

Con esta crisis de fondo, la semana que viene el secretario de estado Rex Tillerson tiene agendada una reunión con el presidente ruso Vladimir Putin. El secretario de Estado probablemente se plante desde otra relación de fuerzas y le exija a Putin que se haga cargo de contener a su aliado. Con la esperanza de que esta jugada permita ahuyentar los fantasmas de “traición” que entusiasman a los partidarios del impeachment contra Trump.

Algunos analistas señalan la contradicción entre la intervención en Siria y la consigna “America First”, lema del gobierno de Trump (y consigna histórica de los aislacionistas antes de la segunda guerra mundial).

Como se sabe Trump no es aislacionista, sino más bien partidario del unilateralismo militar para reafirmar el poderío imperialista. El mandatario consideró la política de Obama en Siria, en particular su retroceso respecto de la “línea roja” del uso de armas químicas en 2013 para lanzar un ataque contra el régimen de Assad, como un símbolo escandaloso de debilidad norteamericana. Ésta fue percibida por Putin que aprovechó la situación para transformarse en el principal actor externo en apoyo del régimen sirio.

Es cuestionable si el uso de armas químicas que se le atribuye a Assad pone en riesgo algún “interés nacional vital” de Estados Unidos, como afirmó Trump mientras anunciaba el bombardeo. Pero lo que sí es claro es la pérdida de liderazgo de la principal potencia imperialista, que se había quedado afuera de las negociaciones para poner fin a la guerra civil en Siria, conducidas exclusivamente por Rusia, Irán y Turquía. Quizás esta sea la vía de retornar a un escenario geopolítico que puede definir en gran medida el futuro del Medio Oriente.

El momento del ataque, que coincidió con la visita del presidente chino Xi Jinping, tampoco parece haber sido casual. China siempre se opuso a la injerencia externa y el unilateralismo. En el caso de Siria, si bien no es una de sus prioridades de política exterior, se ha alineado con Rusia contra Estados Unidos y sus aliados. No está claro, incluso, si el líder chino había sido informado de la acción militar mientras posaba sonriente junto a Trump.

Habría, además, un metamensaje para China: que se esfuerce más en mantener a raya al régimen de Corea del Norte, que esta misma semana acaba de lanzar otra prueba misilística apuntando a Japón. Ya Trump había condenado la política de “paciencia estratégica” de Obama. Y en una entrevista reciente que le hizo el diario Financial Times, declaró que si China no se hace cargo, Estados Unidos detendrá solo el programa nuclear del régimen norcoreano. Es una tentación jugar esta carta para arrancarle a China concesiones comerciales.

Está por verse aún si Trump va a poder transformar la intervención en Siria en algo más que una demostración simbólica de fuerzas.


Claudia Cinatti

Staff de la revista Estrategia Internacional, escribe en la sección Internacional de La Izquierda Diario.