Luego que un sector del Gobierno impusiera nuevas metas de inflación al presidente del Banco Central se esperaba una baja importante de tasa de interés. No hubo súper martes: la tasa bajó levemente.

Pablo Anino @PabloAnino
Martes 9 de enero de 2018 21:09

En un comunicado difundido en su página web, el Banco Central explicó este martes que “En la última semana de 2017 se anunció el diferimiento de la meta de inflación de largo plazo (5% anual) al año 2020, y nuevas metas intermedias de 15% para 2018 y 10% para 2019”.
El carácter ecuánime del anuncio en esta oportunidad no tiene que ver con el habitual tono neutro de los comunicados del Central, sino con el hecho que aquella conferencia de prensa de diciembre del equipo económico (o como alguien los llamó por ahí: “los cuatro jinetes del apocalipsis”) supuso el escarnio público de Federico Sturzenegger, que al frente de la autoridad monetaria venía actuando como un fanático de no modificar los objetivos inflacionarios.
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Desde entonces el mercado cambiario mantuvo una tensión propia de una película de suspenso. El dólar escaló luego de la conferencia de prensa, comenzó a retroceder el último día hábil de 2017 hasta el miércoles pasado, para retomar el alza en las cuatro últimas jornadas superando nuevamente la barrera de los $ 19.
Los especuladores estaban a la espera de una reducción fuerte de la tasa de interés de referencia de la política monetaria acorde con las nuevas metas de inflación: los analistas hablaban de un recorte de hasta dos puntos porcentuales (o 200 puntos básicos).
Pero durante la tarde del martes los “mercados” percibieron (seguramente alguien murmuró a sus oídos información preferencial) que el recorte seguiría el camino del gradualismo y el dólar se estabilizó en un escalón debajo de la cotización más alta del día.
Finalmente, el Banco Central decidió ser “cauteloso en la adecuación de la política monetaria al nuevo sendero de desinflación.”, explica el comunicado. El centro del corredor de pases a siete días, utilizado como tasa de interés de referencia de la política monetaria, fue reducido moderadamente desde 28,75 % a 28 %, apenas 75 puntos básicos. No obstante, se trata de la primer suba en trece meses.
¿Una revancha de Sturzenegger para vengarse de aquella conferencia, una presión para que lo echen en lugar de irse o una decisión coordinada en las arenas movedizas que transita la economía? El tiempo dirá.
Efectos contractivos
La alta tasa de interés que paga la autoridad monetaria permite aspirar pesos del mercado dando a cambio papelitos: las denominadas Letras del Banco Central (Lebac). Retirar pesos de circulación tiene efectos contractivos por varios aspectos: se comprime el consumo por la escasez relativa de dinero circulante y porque las altas tasas de interés encarecen el crédito, tanto para el propio consumo como para la inversión. En paralelo quien posee recursos para eventualmente realizar una inversión productiva tiene fuertes incentivos para ganar dinero fácil con Lebac.
Por otro carril, este jueguito mantiene contentos a los especuladores que hacen “carry trade”, que consiste en endeudarse barato en las potencias imperialistas donde la tasa de interés real se aproxima a cero o incluso es negativa en algunos países, ingresar los dólares en nuestro país, transformarlos en pesos y prestarle muy caro al Banco Central. El arte: salirse a tiempo. Es decir, antes de una devaluación abrupta.
De este modo, el Gobierno logra una muy relativa y contingente estabilidad cambiaria en tanto ingresan divisas al país. La condición: que el dólar no escale mucho porque puede destruir, aunque sea parcialmente, el “carry trade”. El costo del jueguito: una deuda del Banco Central que es una bomba de tiempo.
El resultado es que se aprecia el peso (o su contracara, se abarata el dólar) afectando a la industria local y sectores exportadores en beneficio del ingreso de productos importados. Más presiones contractivas en la actividad económica. Es lo que se modificó de manera insuficiente la última semana de diciembre.
Inflación indomable
El efecto mágico de la alquimia de tasas de interés es una supuesta baja de la inflación mediante la compresión del consumo privado y del consumo público vía una reducción del financiamiento del Banco Central al Tesoro (formalmente la autoridad monetaria y la administración de la hacienda pública están separadas). Es decir, un apriete para que el ajuste fiscal sea más profundo.
Pero resulta que la inflación no estaba respondiendo a la varita mágica de Sturzenegger. No sólo porque la baja credibilidad en la autoridad monetaria (agravada desde la conferencia) desinhibe a las empresas que remarcan precios en la búsqueda insaciable de sostener e incrementar sus ganancias. Sino también porque los tarifazos en los servicios públicos (es decir fuego amigo que viene desde el propio gabinete macrista) aceleraron las perspectivas inflacionarias. La especulación electoral, evitando subir las facturas mientras se votaba, concentró los tarifazos en pocos meses echando combustible al fuego inflacionario.
Durante el mes de diciembre comenzó a impactar el primer tramo de los tarifazos en gas y electricidad, a lo que se suma el efecto inflacionario de la mini devaluación de las últimas semanas. Como si fuera poco, el ministro de Energía, Juan José Aranguren, vinculó los precios internos de combustibles a los precios internacionales justo en momento en que sube el crudo y el dólar en simultáneo.
Este martes, además de las novedades del Central, se conoció el IPC Congreso que registró un 3,1 % de inflación en diciembre, un salto importante en relación a los meses previos.
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Ahora la tensión se trasladó a que dirá el jueves el Indec en la estimación oficial de inflación de diciembre y del año. Sobrevuelan sobre los números oficiales los fantasmas de las “cláusulas gatillo” de las paritarias últimas. En comercio ya hay crisis: mientras desde el sindicato del nada combativo Armando Cavallieri se anunció que se aplicaría un incremento de 6 % adicional, la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (Came) lo desmiente.
El aceleramiento de inflación y el relajamiento de las metas se reflejó en el Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) que realizó el 28 de diciembre el propio Banco Central: según los analistas del establishment, el pronóstico de inflación esperada para 2018 aumentó de 16,6% a 17,4%. Por el momento, nadie cree en el 15 % anunciado en la famosa conferencia de fin de año.
El peligro que traía una baja más abrupta de la tasa de interés de referencia era un aceleramiento mayor de la inflación concomitante con una corrida hacia el dólar en tanto implicaba un menor incentivo a la “bicicleta financiera”, que de todos modos se mantendría andando.
Equilibrista
El equilibrio que hace Sturzenegger es entre dos tierras: bajar la inflación con tendencias recesivas o facilitar la recuperación económica con el riesgo de escalada inflacionaria y, por qué no, descontrol del dólar. Por este segundo territorio necesita transitar el Gobierno en la búsqueda de la reelección el año próximo. Es un camino plagado de peligros.
Pero el equilibrio que hace el presidente del Banco Central, no sólo atiende el termómetro de la inflación, el dólar, la recesión o la reactivación, sino que tiene un trasfondo estructural profundo.
Endeudarse externamente sin límites para tapar el agujero fiscal, que no termina de comprimirse con la baja de subsidios porque mucho más suben los pagos de intereses de la misma deuda, y el rojo externo, que terminó el año pasado en niveles récord, requiere cierta estabilidad cambiaria.
En sentido opuesto a la estabilidad cambiaria presionan la fuga de capitales y la remisión de ganancias hacia sus casas centrales de las empresas imperialistas que operan en el país y, una vez más, el propio rojo externo que es una aspiradora de dólares que se van del país.
Para resolver esa madeja de fuerzas contrapuestas y sumamente contradictorias, no alcanza con artificios monetarios: no se borran así los desequilibrios en los que naufraga la economía. Eso requiere un trastrocamiento profundo de las relaciones entre las clases sociales, y al interior de la propia clase capitalista. Al calor de la aprobación de la reforma previsional el gobierno perdió recursos políticos para semejante tarea. Por eso fue un triunfo pírrico.

Pablo Anino
Nació en la provincia de Buenos Aires en 1974. Es Licenciado en Economía con Maestría en Historia Económica. Es docente en la UBA. Milita en el Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS). Es columnista de economía en el programa de radio El Círculo Rojo y en La Izquierda Diario.