Un asesinato sobre el que sabemos casi todo menos quién ha muerto. Prejuicios a ambos lados de la pantalla y alianzas impensadas en un infierno decorado con mucho estilo.

Celeste Murillo @rompe_teclas
Viernes 28 de abril de 2017
Las imágenes que presentan cada episodio son parte de una mentira. Los paisajes hipnóticos de acantilados y océanos parecen introducir una nueva temporada de Amas de casa desesperadas o algún otro drama de mansiones hermosas y vidas de folleto inmobiliario. La única pista de que pasa algo raro son las imágenes que intercalan escenas de sexo y alguien apuntando una pistola.
La historia, que comienza por el final, es disparada por un incidente. Una mujer denuncia ser acosada, nadie más que ella sabe quién es el acosador. Se monta una especie de juicio público donde solo hay parte acusadora. Ella apunta contra un varón. Él dice que no lo hizo pero el jurado ya tiene veredicto. Víctima y acusado tienen 6 años.
Trailer de Big Little Lies
Desde el minuto cero sabemos que hubo un asesinato. Y un enjambre de personajes opina sobre qué lo provocó, quién pudo haberlo perpetrado, sus motivos personales y el caldo de cultivo de los conflictos de la pequeña comunidad ficticia de Otter Bay, en Monterey (California, Estados Unidos). Lo que nadie nos dice en ningún momento es quién o quiénes han muerto. Y no lo sabremos hasta el último episodio de esta miniserie de HBO, escrita por el guionista David E. Kelley y dirigida por Jean-Marc Vallée.
Las protagonistas de la historia son cuatro mujeres. Madeline (Reese Witherspoon), mamá devota de Chole y Abigail y defensora de todo tipo de causas; Celeste (Nicole Kidman), una abogada que abandonó su carrera por sus mellizos Max y Josh y su esposo; Jane, que acaba de llegar a Monterey huyendo de otra historia con su hijo Ziggy; y Renata, una CEO de Sillicon Valley y mamá de Amabella. Las acompañan varios personajes secundarios imprescindibles en la historia, desde Bonnie, la mamá hippie chic de Sky (Cielo) y nueva esposa del exmarido de Madeline, una psicóloga de parejas que desafía la naturalización de la violencia y un coro de personajes que dan voz a los prejuicios en ambos lados de la pantalla.
Prejuicios, prejuicios, prejuicios
Los prejuicios juegan fuerte en Big Little Lies. El mundo de la clase acomodada de Monterey se mueve al ritmo de las suspicacias, el resentimiento y las críticas veladas en cada conversación en la puerta de la escuela, cada sonrisa fingida en un compromiso social, cada mentira en la cena familiar, en los sueños y las pesadillas.
La batalla que desata el incidente divide a la comunidad. Están todos los ingredientes presentes: Amabella solo es una víctima, a quien nadie escucha demasiado, y Ziggy, un culpable perfecto; el recién llegado, el “extranjero”. La batalla transciende el patio de la escuela y llega al mundo de los adultos para desnudar conflictos mucho más oscuros, escondidos en casas donde irónicamente muchas de sus paredes son de cristal. El interrogatorio de los testigos de la noche del asesinato nos muestra cómo se mueve este pequeño mundo: todos juzgan y todos son juzgados.
Las mamás tiempo completo odian a Renata por no abandonar su trabajo, ella se siente culpable y a la vez desprecia en silencio a las amas de casa. Madeline odia a Renata porque es arrogante, pero también odia a Bonnie por ser una “mamá orgánica” demasiado presente y sensible, y en silencio se odia a sí misma. Con el mismo entusiasmo, “adopta” a Jane, recién llegada a Monterey, con un secreto oscuro y un pasado del que huye. A medida que conocemos a Jane, nos enteramos de que Ziggy no es el retoño de una pareja que no funcionó. El incidente en el colegio despierta en ella escenas borradas de sus recuerdos y un temor crece todas las noches. Aunque como aprenderemos hacia el final, la violencia no se hereda, se aprende.
Completa el círculo Celeste, aparente dueña de una vida perfecta: casada con un hombre joven y exitoso, dos hijos preciosos y una mansión frente al mar. A diferencia de otras madres, Celeste abandonó su carrera profesional para dedicarse a la familia, un esquema que empieza a resquebrajarse cuando lo que parece solo un poco de sexo rudo es, en realidad, una relación marcada por la violencia machista. Sin protocolos, se tratan las contradicciones que representa para una mujer abandonar la relación (incluso teniendo todo a favor en el terreno económico). Sin dudas, el personaje de Kidman es el más complejo, encerrada en su casa de cristal y cruzada por el deseo de recuperar su independencia.
Otro detalle notable de Big Little Lies es que habla sin tapujos sobre el dinero. Las series estadounidenses suelen ser “aspiracionales”, es decir, derraman propaganda sobre el ascenso social mediante el esfuerzo personal. Algo tan caro al individualismo que caracteriza al “sueño americano” suele estar disociado (de forma hipócrita) del dinero y los privilegios de clase, pero no en este caso.
“La línea de que divide esta ciudad es encima o debajo de los 150 mil dólares”, así describe Madeline la comunidad de Monterey a la recién llegada. Jane aprende muy rápido cómo funciona esa divisoria cuando una de las mamás la confunde con una niñera en la puerta del colegio (por su ropa, su edad o simplemente porque no pertenece a su círculo). “Cuando sea grande, voy a dirigir una discográfica enorme”, dice Chloe de 6 años para contar que le gusta la música y, a la vez, marcar la diferencia entre sus sueños y los del recién llegado (y pobre) Ziggy.
Como la serie transcurre en la era de la desigualdad, los ricos saben que son odiados. Renata está convencida de que no la quieren porque tiene dinero y un puesto alto en Sillicon Valley (y es cierto); la culpa y la ostentación se mezclan mientras toma una copa de vino en la terraza de su mansión.
Los monstruos y el cadáver sin nombre
En un episodio Chloe encuentra a su mamá contemplando el océano desde la cocina: “Quién sabe qué hay allí debajo de la superficie”, pregunta. Y Chloe arriesga, “¿Monstruos?”. “Monstruos, quizás”, le responde su mamá. La conversación antecede el momento en que los conflictos se desatarán por completo: la violencia se hará evidente, los deseos volverán a aparecer, las críticas ya no serán en voz baja, y la fiesta para recaudar fondos de la escuela de Otter Bay se transformará en el escenario de una “batalla final” que se viene amasando hace tiempo.
En ese estallido se verán también las relaciones entre las mujeres, que aparecen no como tema en sí mismo pero sí son omnipresentes. Las alianzas y enfrentamientos entre las protagonistas se van delineando a lo largo de los episodios, atravesadas por mandatos, deseos y prejuicios. De hecho, una de las grandes sorpresas del final tiene mucho que ver con alianzas inesperadas en momentos difíciles, alentadas por motivos elementales pero no por ello obvias en una sociedad donde las mujeres son arrojadas a la competencia implacable.
Habrá que llegar hasta el último episodio para conocer los detalles del cómo, cuándo y por qué, aunque en ese momento, de este lado la pantalla, ya todos tendrán un diagnóstico construido con muy poca información, casi ninguna certeza y muchos prejuicios. Para entonces ya poco importará quién mató o a quién porque lo que queda al desnudo son los monstruos que están lejos del fondo del mar: viven en Monterey y están muy cerca de la superficie.

Celeste Murillo
Columnista de cultura y géneros en el programa de radio El Círculo Rojo.