A finales del siglo XIX la bicicleta permite a las mujeres alejarse del control de sus casas y vestir ropas más cómodas. Algunos médicos de la época inventaron la enfermedad de la “cara de bicicleta” para asustarlas.
Miércoles 11 de noviembre de 2015
Desde ojos saltones, mandíbula tiesa o rostro demacrado, hasta infertilidad, tuberculosis o aumento incontrolado del deseo sexual femenino. Estos son algunos de los síntomas de la ficticia enfermedad de la “cara de bicicleta”, una dolencia ficticia ideada y difundida en la década de 1890 por médicos de Francia, Gran Bretaña o Estados Unidos, la cual afectaba a las mujeres que montaran en bicicleta.
Las revistas científicas y periódicos de la época difundieron durante años artículos de prestigiosos médicos hablando de los peligros para la salud de la mujer si usaba la bicicleta. Pero, ¿por qué esa ofensiva contra la inofensiva y lúdica bicicleta?
A lo largo del siglo XIX el diseño de la bicicleta se perfecciona hasta adquirir un aspecto similar al actual. Aunque seguía sin ser accesible a las clases populares, se había abaratado y su precio ya no era similar al de un caballo. Sólo en 1897 en Estados Unidos se vendieron más de 2 millones de bicicletas.
Este acceso a la bicicleta supuso mucho más que un pasatiempo para las ciclistas, ya que por primera vez podían desplazarse de un entorno familiar y social que les oprimía y recorrer kilómetros sin depender del transporte de nadie, en una época en la que la mujer era severamente juzgada si salía de casa sola. Con la bicicleta se podía escapar de las miradas acusatorias del vecindario y del rol que el patriarcado impone a la mujer para que ocupe el rol que le reserva en la familia, de monogamia, represión y trabajo doméstico, una opresión que era entonces todavía más fuerte que hoy en día.
El uso de la bicicleta además implicaba para las mujeres sustituir las rígidas vestimentas de la época, como los corsés o las enormes faldas almidonadas, por otras más cómodas, que permitían más libertad de movimiento. Las ropas que permitían más libertad de movimiento fueron catalogadas como “ropas de hombre”, como satiriza esta viñeta de la revista Scribner’s en 1907:
-Bueno, si tú vas a la ciudad a la moda de los hombres, yo llevaré esto para igualar las cosas.
De la dictadura moral a las invenciones pseudocientíficas
En una época caracterizada por la emergencia del movimiento obrero en cada vez más lugares y de los primeros pasos del movimiento por los derechos de las mujeres, las universidades y los ámbitos científicos estaban reservados a la burguesía y vedados para las mujeres, que peleaban por su inclusión.
Aún hoy hay una gran desigualdad de género en el terreno de la investigación científica. Así, era usual que la orientación de gran parte de la investigación en medicina o psiquiatría, llevara a continuas justificaciones de la opresión patriarcal y la patologización de la resistencia a la misma.
A la moral de la familia y los pecados de la Iglesia, se unían las amenazas del doctor, para asegurar que la esposa se convertía en una esclava sumisa y temerosa. Algunos artículos médicos de la época atribuían a la práctica del ciclismo por las mujeres, un “estado de excitación frenética que arruinaría la finalidad matrimonial de los órganos femeninos’’.
Fue el doctor inglés A. Shadwell quien acuñó el término en 1897 en un artículo de la National Rewiev llamado “Los oscuros peligros del ciclismo”. En este artículo se llega a relacionar la apendicitis y el bocio en mujeres con el uso de la bicicleta sólo por haber coincidido un caso con esa situación.
En 1895 The New York World publicó una lista de 41 cosas que no deben hacer las ciclistas, algo ya poco creíble para muchas mujeres de la época. Algunas eran:
· No se desmaye en el camino
· No use pantys de tonos fuertes
· No vaya a la iglesia con ropa de bicicleta
· No mastique chicle. Ejercite sus mandíbulas en privado.
· No pregunte: “¿Qué piensas de mis pantalones?”
· No deje que su cabello caiga suelto por la espalda.
· No aparezca en público hasta que haya aprendido a andar bien.
Sin embargo esa misma revista publicó al año siguiente un artículo de Susan B. Anthony, sufragista y pionera del movimiento feminista en Estados Unidos, promoviendo el uso de la bicicleta ente las mujeres en el que afirmaba lo siguiente:
“La bicicleta ha hecho más por la emancipación de la mujer que ninguna otra cosa en el mundo. Me paro y me regocijo cada vez que veo a una mujer sobre ruedas. Le da una sensación de libertad y seguridad en sí misma. La hace sentir como si fuera independiente.”
En parte gracias al sentido común y en parte gracias a las campañas de las organizaciones feministas debatiendo estas creencias, las mujeres de la época no se creyeron el cuento de la cara de bicicleta.
A principios del siglo XX, el precio de las bicicletas siguió descendiendo y se convirtió en un elemento común en la vida de las mujeres y hombres de clase obrera, plasmado en el cine, la pintura o la música y aún hoy en día, vehículo habitual de trabajadores y trabajadoras para desplazarse por la ciudad y en ocasiones para movilizarse por sus derechos.

Jorge Remacha
Nació en Zaragoza en 1996. Historiador y docente de Educación Secundaria. Milita en la Corriente Revolucionaria de Trabajadores y Trabajadoras (CRT) del Estado Español.