El conjunto de cartas coinciden en las fechas con la preparación de la toma del poder por parte de los bolcheviques hasta principios de 1919, motivo que convierte a Jacques Sadoul en testigo privilegiado del acontecimiento más importante en la historia del siglo pasado.
Viernes 19 de octubre de 2018
Sadoul irá transcribiendo en sus cartas los primeros pasos del gobierno obrero de Rusia, la nueva criatura del proletariado internacional. La imagen es contundente: capitán del ejército francés, miembro del partido socialista, afín a la guerra contra los imperios centrales, Sadoul registrará con asombro que el poder bolchevique es más fuerte de lo que el mundo piensa, y que son sólo los “maximalistas” quienes le podrán dar al proletariado el poder de la última palabra, pues sólo ellos pueden conseguir la paz.
Todo comienza el 1 de octubre de 1917. La guerra mundial se ha empantanado y ha entrado a un callejón sin salida. En los frentes faltan municiones, armamento, víveres, brazos. Lo único que sobran son las ganas de que termine la pesadilla guerrerista. El ejército ruso es un caos de anarquía, el poder de mando está colapsado. Ningún soldado responde a su jefe, ningún jefe se atreve a mandar. Hace algunos meses que el pueblo ruso hizo la revolución contra ese estado de cosas, pero al nuevo gobierno no se le ve voluntad de cambiar el rumbo.
Entre tanta penumbra, la única luz son los soviets. Desde su nacimiento en febrero, esta nueva organización del proletariado encierra en germen la esperanza de conquistar la paz y con ella un mundo mejor. Rusia ya no cree en nada, sus antiguos jefes se les volvieron en contra y sólo los soviets preservan al pueblo ruso de no comerse los unos a los otros.
Es en esa fecha que llega a Petrogrado Jacques Sadoul, enviado de Francia, para cumplir una misión militar. De manera personal comunicará a su jefe Albert Thomas la revolución que se está viviendo en Rusia y de cómo unos tales bolcheviques están poniendo la opinión pública de cabeza.
De súbito lo insólito: estalla una nueva revolución y esta vez los responsables son los bolcheviques. De inmediato todos los países de la Entente pegan el grito al cielo, pues se trata de Lenin y Trotsky, los protagonistas de la conferencia de Zimmerwald, aquellos locos que dijeron que había que acabar con la guerra, conquistar la paz mundial y la libre autodeterminación de los pueblos. Son ellos los que ahora se encuentran al frente de todo este alboroto, y lo que se creía imposible hace todavía unos días, está sucediendo ahora. Mientras, la burguesía internacional se arrepiente de haber sido muy tolerantes con ellos.
Jacques Sadoul será un privilegiado testigo de este suceso original de la historia. Contra lo que el mundo cree, Sadoul irá dándose cuenta que no son ideas infantiles las de los bolcheviques. En entrevistas personales con Lenin, Kollontai, pero sobre todo con Trotsky, Sadoul quedará deslumbrado del gran genio de Lenin y Trotsky, de sus personalidades ardientes y de su voluntad de hierro.
Contra todo pronóstico, la imaginación al poder se pone en marcha. Primero con mucho escepticismo, Jacques Sadoul comunica que no hay parangón en la historia de lo que los trabajadores rusos están haciendo. Luego, ese escepticismo es barrido en tan sólo 9 meses por el absorto que provoca “el vigor, la precisión y la rapidez con la que los bolcheviques acumulan los resultados”.
Es este un libro de tensión, casi una novela de suspenso. Sadoul no oculta su personalidad nerviosa, le perturba el inminente avance de Alemania hacia Petrogrado y la nula ayuda prestada por parte de Francia y la Entente al gobierno de los soviets, mientras la revolución alemana no llega. También estas cartas son una denuncia de la complicidad de los países “democráticos” con la contrarrevolución zaro-burguesa.
El escritor de estas cartas se transforma en un leal defensor de las ideas bolcheviques y del derecho del pueblo ruso a existir como eligió. Podríamos decir que es este un libro sobre cómo el pueblo ruso se defendió del mundo, es la historia de la lucha del proletariado por existir, es el prólogo del Ejército Rojo.
Preparando la defensa contra la reacción
Sadoul resiste contra la opinión de su gobierno y de su propio partido. Incapaces de comprender lo que sus ojos ven, la burguesía mundial cree que Octubre apenas y es una aventura más del proletariado desesperado, como el que Francia tuvo que padecer en marzo de 1871.
Las democracias occidentales cesan el apoyo a Rusia y se niegan a reconocer al primer gobierno soviético de la historia. Califican la insurrección de octubre como un golpe de Estado, difunden calumnias en Rusia que tachan a Lenin y Trotsky de agentes de Alemania, imperio a quien le entregarían los recursos rusos para ganar la guerra.
Entre tanto, Francia y el resto de países aliados de Rusia no dejan de apoyar a los partidos de la burguesía derrotados, profetizando una inminente caída bolchevique. Sadoul encolerizado comunica que tal apoyo es impotente frente la pasión que la masa rusa siente por los bolcheviques, cuya devoción es proporcional a su ansiedad por la paz. El general francés intenta en vano convencer a sus jefes de que si hay un partido al que la Rusia pobre y desmembrada defenderá es al bolchevique, pues los otros partidos, advierte, clavaron su propia tumba al mandar a Rusia a una guerra suicida contra Alemania.
La torpe jugada de los aliados no tarda en revertírseles: la burguesía rusa, cobarde por antonomasia, coquetea ahora con Alemania, y los partidos que antes calumniaban a los bolcheviques de agentes alemanes, son quienes trabajan con todas sus fuerzas para que Alemania invada a Rusia y se quede
con sus recursos y su industria, buscando vilmente ocupar el papel de agentes menores de la imperial burguesía germana.
Así, por todos los frentes, atacada por afuera y por adentro, traicionada por los países “amigos” la nueva Rusia libre deberá resistir contra la cruzada imperialista o perecer. Cansada por el esfuerzo de la guerra-parto, desangrada por todos los poros, la tarea de sobrevivir para la cría del proletariado ruso es gigantesca. Casi un milagro necesitarán estos herejes que han desterrado a Dios mismo.
Sin embargo, los trabajadores, a quienes la gangrena de la guerra les había carcomido toda voluntad de empeñar un fusil, estaban no obstante dispuestos a morir por la patria que ellos consideraban su patria, que no era ni la Rusa zarista ni la Rusa democrática, sino la Rusia soviética, y más temprano que tarde conjuraron su Ejército, que pelearía por su propia sangre y ya no más por la sangre azul del zar.
Pronto comprobó la burguesía del planeta entero que las vastas extensiones de tierra de la inmensa Gran Rusia eran un lugar muy pequeño cuando la clase obrera está enojada, y que si toda la masa brutal y tosca de trabajadores rusos estaba bajo las manos de la recia figura de Trotsky sería mejor huir.
Contra todo pronóstico, contra todo destino, los soviets realizaron el milagro de existir. Esta es la historia de los hombres más importantes del siglo xx, los que se prepararon toda su vida para la revolución y que hicieron lo que dijeron que iban a hacer.
Ante la inminente invasión de los países imperialistas a Rusia, Sadoul decidirá enrolarse en las filas del Ejército Rojo. Estas cartas son documentos invaluables no sólo para los historiadores o para los interesados en el bolchevismo, sino incluso aleccionadoras para quienes hoy dudan y son escépticos de una revolución obrera triunfante para el siglo XXI. Es un propio escéptico quien se va convenciendo del obligado deseo de militar y entregar la vida por el humanismo más noble jamás puesto en práctica sobre la faz de la tierra.