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LITERATURA Y MARXISMO. Centenario de la revolución rusa, literatura venezolana y un debate actual

El debate en torno al marxismo, la literatura y la revolución socialista tomó aire en las I Jornadas de Investigación literaria que se realizó en la ciudad de Coro, estado Falcón, en el marco del centenario de la revolución rusa de 1917.

Humberto Zavala Venezuela | @1987_zavala

Martes 28 de marzo de 2017

El pasado 23 y 24 de marzo, las instalaciones del diario Nuevo Día con sede en Coro, acogieron a las Primeras Jornadas de Investigación Literaria, organizada por la Dirección de Postgrados de Educación de la Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda (UNEFM), y el Centro de Estudios Literarios y Lingüísticos Lydda Franco Farías (CELYL), evento al que concurrieron escritores, docentes, estudiantes de pregrado y post grado de la UNEFM y otras universidades del estado Falcón y otras regiones del país.

Para dicho evento nos fue admitida la ponencia: Revolución Rusa, sus primeros 100 años en la literatura venezolana, en el marco de una serie de esfuerzos que desde la redacción de La Izquierda Diario venimos realizando a lo largo del presente año para introducir debates en torno a una revolución que requiere –parafraseando a Deutscher en la biografía sobre Trotsky– “remover la montaña de basura que el odio y el desprecio habían acumulado” sobre ella, expurgando también su correlato en los no menos perniciosos elogios deformantes.

Literatura y objetividad

Cumpliendo con la programación, la jornada del viernes abre con una interesante conferencia del Dr. Juan José Barreto (ULA, Trujillo), titulada Hacia una teoría de lo venezolano. Si bien el profesor Barreto enfatizó no querer abrir un debate ideológico, durante su exposición aprovechó espacios para endilgar al marxismo una postura que concibe la significación de las obras literarias como “producto social” sin más.

Este supuesto marxismo completaría su operación en la identificación de “texto” con “referente”, coaccionando las posibilidades polisémicas que ofrecen los textos y encorsetándolos en el purismo realista de los “textos sagrados”, esto es, cerrados al “libre juego” de las interpretaciones.

Aunque una vez finalizada su exposición y abrirse el ciclo de preguntas, pedimos la palabra para dialogar críticamente con estos sentidos comunes, la ocasión nos parece sobradamente propicia para reavivar un viejo debate.

Literatura y Revolución

Si al lector le parece que este subtítulo mezcla peras con naranjas, quizá retengamos su atención al recordarle que el mismo lugar y año en que se gestó la revolución que cambió el curso del siglo XX, apareció el texto “El arte como recurso” de Viktor Shklovsky, que abrió el debate literario en el siglo XX.

De modo que la autonomía absoluta del signo lingüístico fue patentizada por los formalistas rusos desde Shklovsky, y uno de los primeros marxistas en establecer un diálogo crítico con ella fue el jefe del Ejército Rojo, León Trotsky, en uno de los artículos de 1923 recogidos en Literatura y revolución, donde responde una a una las acusaciones que los formalistas (especialmente Shklovsky y Jakobson) han formulado contra un presunto marxismo “objetivista”, demostrando cuán gratuitas eran dichas acusaciones, al tiempo que subraya el carácter relativo de esa “autonomía” del lenguaje poético, que no era más que el primer paso de una problematización que el dominio estrictamente sociológico (o político) no se autorizaba para satisfacer.

Sin embargo, la revolución social que llevara al poder a los sóviets en 1917 demostraba su voluntad de abrir el compás para entablar esta discusión, prueba de ello la constelación de movimientos agitándose al calor de aquellos años iniciales de la revolución: simbolismo, futurismo, expresionismo, acmeísmo, formalismo, construccionismo, proletkult, etc., nada que ver con la univocidad “realista” que comúnmente se le endilga al marxismo.

De hecho, los propios Lenin y Trotsky en sus “días de poder” libraron una férrea lucha contra los primeros intentos de burocratizar la esfera del arte, en torno al “debate Proletkult”, pero la burocratización había ganado terreno enterrando su continuidad, y condenando a la literatura y al arte al martirologio (de acuerdo con la expresión utilizada por Trotsky en La Revolución traicionada). Los métodos puramente literarios no satisfacen la explicación de este proceso de sustitución, el marxismo no prescribe una estética, tampoco es un discurso normativo del discurso, siguiendo a Trotsky, es un método de análisis, pero no de análisis formal textos, sino de relaciones sociales.

Marxismo y Lingüística

Como se ha dicho, los problemas del signo ideológico se le plantean tempranamente al método marxista, V. N. Volóshinov despliega en 1926 los primeros esbozos de una disciplina nueva que lejos de condenar los textos al estadio místico de la sacralidad, los destapa a la “interacción discursiva”, “multiacentuación del signo”, “discurso otro” (o ajeno), si a ello sumamos la teoría “construccionista” del desarrollo del lenguaje de Lev Vigotsky, entre otros, notaríamos que el problema de la “alteridad” y la “dialogicidad” no eran del todo ajenos al marxismo soviético de los años 20.

Pável N. Medvedev en 1928 lo plantea de la siguiente manera: “es necesario rellenar la falla entre la doctrina general acerca de las superestructuras ideológicas y el desarrollo concreto de los problemas especiales”, y junto a él, la crítica al formalismo ruso más audaz de su época aparecerá apenas un año más tarde bajo el nombre El marxismo y la filosofía del lenguaje, de Volóshinov.

Ciertamente, este esfuerzo que –reivindicándose marxista– entablará más adelante un debate abierto y riquísimo con la escuela de Saussure, se verá interrumpido en la década del 30’ por el reordenamiento del régimen social al interior de la URSS, ahora burocráticamente degenerado bajo el mando estalinista, Volóshinov había vaticinado que “el signo llega a ser la arena de la lucha de clases”, y en esta lucha Volóshinov pierde la vida por tuberculosis, en tanto que Médvedev es fusilado en una de las purgas estalinistas.

Benjamin-Brecht y Barreto

Curioso resulta incluso que sea con el marxista Walter Benjamin que el profesor Barreto venga a coincidir cuando habla sobre la reproductibilidad de los discursos en la época de la “aldea global” cibernética, con las distancias de cada caso, el primero encendía la alarma sobre la “estetización de la política” (que asomaba el fascismo alemán), y el último nos advierte sobre la tendencia a la “banalización de los significados” que promete su multiplicación desmesurada, y cuyo peligro sería la vuelta a los “discursos sagrados”, por los que en parte responsabilizará al discurso socialista.

Por otro lado, tanto Benjamin como Brecht concebirán la función politizadora del arte, no en el sentido restringido sentido “de tendencia”, sino en su sentido crítico y creador, del cual es el teatro experimental de Brecht un claro ejemplo donde se apela al juicio del público incorporándolo a la obra, problematizándola, reescribiéndola.

Las peras y las naranjas

Por décadas los teóricos marxistas no subsidiarios de los manuales estalinistas, ni de la doctrina defendida por Mao Tse Tung en el Foro de Yenan (1942), innovaron temáticas y abordajes que dan cuenta del carácter creador de su método. En las últimas décadas al calor de los debates con el post estructuralismo despertaría un marxismo reelaborado (Eagleton, Jameson, Grüner), que tanto discuten la reducción del texto a la vaga categoría de “producto” (con la que discutía Barreto), como la noción que legitima con igual jerarquía todas las infinitas lecturas que suscite un determinado texto sea o no un texto literario, admitiendo la interpretación como productora de sentidos, junto con nuevas aristas que quizá el profesor Barreto no tenga presente a la hora de meter en un mismo saco las peras y las naranjas.

Revolución rusa y literatura venezolana

Precisamente uno de los propósitos de la investigación presentada allí era mostrar de qué manera el significado de la Revolución rusa de 1917 en Venezuela varía según los tiempos, cómo su cadena de significantes e imaginarios se trastoca continuamente de acuerdo a las fluctuaciones económicas, culturales y políticas (relación de fuerzas entre las clases en pugna) a lo largo de los últimos cien años.

No parece fortuito que en estos momentos de crisis del rentismo en su capítulo posneoliberal, donde nuevamente prima el reflujo del movimiento de masas, concurran con los sentidos comunes sobre el “socialismo” predominantes en décadas anteriores. Si la literatura vive este proceso de fluctuaciones periódicas, también lo hará la teoría, y el método marxista en defensa propia se habrá apuntado un punto adicional si puede dar cuenta de esa curva y sus complejos desencadenantes.

Para finalizar, haciendo justicia con el profesor Barreto, si hay un sintagma en el mundo preñado de polisemia ese es el Socialismo. Bien lo sabían desde el Manifiesto de 1848 los jóvenes Marx y Engels, ¿como no iba el marxismo a ostentar la misma polisemia? el siglo XX vio desfilar distintas variaciones y desviaciones de marxismo, y si a ver vamos, la responsabilidad principal de la atribución al marxismo por los conceptos aludidos por Barreto, se la debemos cargar al discurso del "Socialismo realmente existente" (de las variantes estalinófilas), y quizá a la del Socialismo del siglo XXI.

Para una larga tradición que se remonta a la formación de la Oposición de Izquierda en la década del 20’, el marxismo que reclamamos es anticapitalista y antiburocrático, que liga la autoactividad de las masas a un cuerpo teórico continuamente autocrítico e históricamente superable, junto con la sociedad de clases a la que pretende subvertir.

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