A un año del inicio formal de la pandemia, quiero conmemorarlo con un texto de lo que es vivir la pandemia en un hospital COVID. Seguro para varios colegas ha sido discretamente diferente pero no dudo que se identifiquen con varias cosas.
Sábado 13 de marzo de 2021
El inicio
Hace un año, pocos se imaginaron la magnitud y las repercusiones que habría por la pandemia. A estas alturas, sólo se hacía prueba COVID (PCR) a las personas que hubiesen viajado de países como China o que tuviesen contacto con personas con este antecedente.
El primer caso positivo registrado en mi hospital fue uno de mis compañeros de generación. En ese momento, mi hospital (ni ningún hospital de México) no contaba ni con el equipo, ni espacio, ni personal capacitado para lo que ocurriría más adelante. En ese momento creíamos que sería viable una estrategia de identificación de casos a partir de nexos epidemiológicos.
Afortunadamente, estábamos a punto de inaugurar la nueva área de urgencias. Por supuesto, no se había diseñado con la intención de recibir pacientes COVID. Originalmente estaría dividida en Área Amarilla para pacientes no graves y Área Roja para pacientes graves. En vez de eso fue dividida en Área Amarilla para pacientes no sospechosos y el Área Roja para Pacientes sospechosos o muy graves (de los cuales no hay ni tiempo de decidir si son o no sospechosos).
Adaptación
A partir del anuncio de semáforo rojo, se cerró la consulta externa de todo el hospital, se cerraron todos lo servicios no esenciales, todo el personal de riesgo dejó de acudir a trabajar. Cortos de personal e insumos se inició la capacitación al resto del personal, se iniciaron medidas de distanciamiento, se dejó al hospital con el personal mínimo para operar. Se adecuaron dos área de hospitalización para COVID: Terapia intensiva COVID y área de COVID positivo.
Todo fue ensayo y error, por lo menos eso parecía. La definición epidemiológica de un caso sospechoso de COVID cambiaba constantemente. Los protocolos y procedimientos cambiaban de una semana a otra.
El hospital instauró un protocolo diagnóstico universal: Todo paciente que ingresa a urgencias, sospechoso o no, deberá tener prueba COVID. Lo que más no enseñó ese protocolo es que todos lo pacientes son sospechosos. Encontrábamos pacientes positivos en el área amarilla y área roja.
Hubo múltiples contagios entre el personal. Afortunadamente, ninguno de mis compañeros fueron contagios graves.
Entrando al área amarilla
La tortura más grande era entrar al área COVID y tener guardias ahí. Como comenté antes, los protocolos cambiaban constantemente, de la misma forma, cambiaban los horarios asignados a los residentes para entrar al área. En algunos meses tuvimos guardias de 8 horas pero no teníamos suficiente personal; en otros meses intentamos con turnos de 8 horas y guardias de 16 horas; al final lo dejamos en turnos de 12 horas cada 5 turnos.
A pesar de esto, nunca se cumplían los horarios asignados. Siempre terminamos nuestros turnos 2-5 horas posteriores al final de nuestro turno. ¿Por qué? Porque nuestros pacientes lo requerían. Porque había que terminar pendientes, notas, entregar a los pacientes a nuestro compañeros que ingresaban (significa presentarles todos sus antecedentes, el manejo que le dimos, los laboratorios que se han realizado, los pendientes faltantes).
¿Mi record personal? Mi hora de salida era a las 7:30PM y terminé saliendo a las 2:30AM. 7 horas posterior al turno que me correspondía.
¿Qué significa un turno en el área COVID?
Ingresar al área significaba no salir en la duración de todo tu turno. Por lo menos así lo fue hasta hace poco. Actualmente podemos salir al baño y a comer brevemente. Llegué a pasar más de 12 horas sin comer, tomar agua e ir al baño. No es broma.
Entrar al área es un ritual. Hay que cambiarse el uniforme por uno proporcionado por el hospital. Te colocas una bata desechable, un par de guantes y gorrito, careta y cubrebocas N95; a partir de este momento, todo lo que te acabas de poner es tu nueva piel, es para protegerte a ti.
Si hace frío, no puedes ponerte nada encima, si hace calor, no puedes quitarte nada. Si te da comezón en la nariz, olvídalo.
Ahora bien, para atender a un niño, debes ponerte otra bata de tela y otro par de guantes sobre lo ya mencionado. Cada niño es un nuevo par de guantes, cada niño tiene su propia bata. Esto es para proteger al niño. Esto es para que tú no lo contagies con lo que pudieses traer de otro niño.
Canalizar o tomarle muestras a un niño, sobre todo un niño con una enfermedad crónica (como cáncer), que ya casi no tienen accesos vasculares, es difícil. Ahora imagina hacerlo con dos pares de guantes, con dos batas, con la careta empañada. Es desesperante. No voy a mentir: sí nos llegábamos a quitar la careta para ver dónde picar. Era eso o picar a ciegas o darle 5 piquetes más de los que daríamos.
Había turnos en donde llegaban todos lo compañeros y la carga de trabajo era medianamente tolerable. Había turnos en los que alguien del equipo se encontraba incapacitado por enfermedad.
Seguimos aprendiendo
Las cosas han cambiado muchísimo a lo largo de este años, dentro y fuera del hospital. Hace dos semanas llegaron los nuevos residentes de primer año. Esto significa volver a aprender y enseñar lo que ya sabemos. Actualmente tenemos nuevos protocolos diagnósticos (como la toma de prueba rápida + PCR). Tenemos más experiencia. Pero seguimos encontrando deficiencias.
Actualmente nos encontramos mucho más confiados ya con la vacuna puesta. Mis compañeros residentes y yo somos de los afortunados a los que SÍ vacunaron. Faltan muchos colegas más.
Evidentemente, esto no incluye todo lo que vivimos fuera del hospital, sin nuestros amigos y con o sin nuestras familias. A esto hay que agregarle toda la carga emocional que la pandemia nos ha dejado a todos en el mundo.
Hay mucho más que contar. Hasta aquí lo dejaré hoy.
Síganse cuidando, chavos. Y recuerden vacunarse cuando les toque.