La legisladora del PRO Mercedes De las Casas aconseja sobre cómo lidiar con el personal doméstico. ¿Con qué debe lidiar la empleada doméstica de una casa de familia?
Juana Galarraga @Juana_Galarraga
Martes 30 de agosto de 2016
Trabajar como empleada doméstica en Argentina es una de las actividades menos reconocidas, más precarizadas, irregulares y mal pagas. Recientemente generó polémica el libro que publicó la legisladora del PRO, Mercedes De las Casas, sobre “Cómo conseguir una mucama y no perderla en siete días”.
Como para matizar tanto comentario racista y discriminatorio que caracteriza a su obra, Mercedes sostuvo en reportajes que el libro tiene el objetivo de que las mucamas “conozcan el valor que tienen como profesionales”.
Otra cosa que la funcionaria macrista aseguró es que su empleada es un miembro más de su familia, su “compañera”. De las Casas es una señora bien, Tan “bien” que opina que su empleada es una persona de segunda pero importante en su vida familiar.
De las Casas reivindica, además, la ley de servicio doméstico vigente. Debería animarse a vivir ella con los salarios que el Estado establece para cada categoría del servicio doméstico en dicha ley. ¿Valor? es de suponer que De las Casas se refiere a valor simbólico o afectivo, porque si hablara de valor del salario, debería al menos cuestionar la legislación actual.
Sin embargo, un aspecto de todo lo que dice Mercedes De las Casas en sus declaraciones, es cierto. “La que limpia”, “la chica que viene”, “la que me ayuda en casa”, “la que cuida los chicos”: la trabajadora del servicio doméstico tiende a volverse parte de la vida familiar.
¿Por casa cómo andamos?
Una empleada doméstica sabe mucho sobre sus patrones porque suelen actuar como si no estuviera allí. “¿Estás sola?”, le preguntan a la señora por teléfono, a lo que ella responde que sí, mientras detrás su empleada pasa la aspiradora de un lado para el otro. Esta escena famosa expresa eso que las trabajadoras domésticas padecen, el ninguneo y la invisibilización social, política, sindical, tanto dentro como fuera de sus trabajos.
Una empleada sabe cuál es la prenda favorita de su patrona, porque la lava, la cuelga y la plancha cada vez que se la pone. Sabe cómo le gusta que vistan sus hijos, porque los prepara para el jardín, la escuela, fútbol, karate y guitarra. Sabe cuáles son las preferencias culinarias de todos, cuál es el almacén favorito de los patrones. Sabe cómo anda de salud el núcleo familiar, porque tiene que encargarse de la dieta de todos, de lo que fulanito o fulanita no debe comer, de darle el remedio a los nenes y nenas. Una empleada sabe con cuánta cera le gusta a su patrona que lustre los pisos, o cómo opina que deben quedar los vidrios, los azulejos del baño y la cocina.
Una empleada sabe lo que gastan sus patrones. Como Laura, a quien su patrona le aseguró que no tenía el dinero para pagarle el aguinaldo antes de navidad, cosa que pudo comprobar falsa cuando encontró un recibo de una juguetería en la que su empleadora había gastado dos mil pesos en juguetes para poblar de regalos el arbolito de sus propios hijos.
Las empleadas domésticas conocen las disputas matrimoniales, como María, quien una vez cuando llegó a las 8 de la mañana a cuidar a Santiago, se encontró con una parva de platos sucios. “Anoche discutimos con Fer. A él le tocaba lavar los platos”, se excusó la patrona. Le dio las indicaciones para el día y se fue a trabajar. Entre las tareas de las que tenía que ocuparse, se encontraba la elaboración del almuerzo, lo cual implicaba lavar todo aquello que había quedado sucio por una discusión de pareja.
Una empleada también se da cuenta cuando hay reconciliación en la vida de los patrones. María percibía las buenas rachas amorosas cada vez que debía sacar del tacho del baño los preservativos usados con la mano, porque los patrones no estilaban colocar bolsita en el recipiente de la basura.
Una empleada doméstica conoce los hábitos de sus empleadores al dedillo. Como Vanesa, quien más de una vez tuvo que sacar las prendas interiores usadas de debajo de la cama de su patrona con un escobillón para depositarlas en el cesto de la ropa sucia.
La enumeración podría seguir. Más que de los modales, educación e higiene de las empleadas, muchas patronas y patrones deberían preguntarse cómo andan por casa.
Súper empleadas
Otra costumbre de muchos patrones y patronas de las trabajadoras del rubro doméstico, es pensar que el tiempo para ellas rinde el doble. Si a una empleadora limpiar la casa le lleva seis horas, a la empleada necesariamente le tiene que llevar, máximo, cuatro. La jefa de Andrea vive en una casa de dos plantas y cinco dormitorios y le exige que termine la limpieza en dos horas, una hora por piso. “A esto en dos horas lo tenés que finiquitar”, le dice.
Vanesa era niñera y doméstica en una casa de familia de lunes a viernes. Durante un día de trabajo debía levantar al niño y hacerlo desayunar. Planchar la ropa de toda la familia, incluidas las fundas de las almohadas “porque arrugadas quedan muy mal”. Colgar la ropa recién lavada que la patrona dejó en el lavarropas antes de salir a trabajar. Jugar con el niño, mantenerlo entretenido sin que se pase todo el día mirando televisión. Hacer milanesas para congelar con tres kilos de pechuga y tres kilos de bifes. Cocinar la comida para el almuerzo del niño que podía ser o no una de las milanesas que acababa de preparar. Darle de comer el postre. Lavar todo lo que ensució para cocinar. Barrer los ambientes principales, “que no queden todos llenos de migas”. Juntar los juguetes y lograr que le niño practique guitarra. Todo eso de 8 a 14 en un día normal, en el que no le tocaba hacer nada “extra”.
Una empleada doméstica se enfrenta muchas veces a la contradicción de ser en los hechos parte de la vida familiar, pero tratada todo el tiempo como una persona de segunda, en negro, con sobrecarga de tareas. Las hay jóvenes, estudiantes, que cargan en este rubro laboral con el mismo estigma de precarización y negreo que en cualquier otro trabajo juvenil. Las hay mayores, más cansadas, inmigrantes, que son precarizadas pero además, discriminadas, subestimadas y tratadas como personas que no pueden comprender bien las cosas.
Los consejos de Mercedes de Las Casas sobre la “falta de instrucción” y “capacidad de memorización” de las “mucamas” lo dejan clarito.
Lo cierto es que tanto para las jóvenes estudiantes como para las mujeres mayores o cabeceras de hogar que se dedican al servicio doméstico, es difícil que su esfuerzo sea reconocido como debe ser. “Me decían que yo era un miembro importante de su familia”, sostiene Laura, “yo por dentro pensaba entonces por qué no me ponían en blanco y me pagaban un poco más”.
Ser “mucama”, como las llama De las Casas implica, entre muchas otras habilidades, la capacidad de sobreponerse a tanta hipocresía patronal.
En Argentina hay trabajadoras y trabajadores que, por sus propias necesidades y condicionantes laborales, recurren a la contratación de otras trabajadoras para la realización de tareas de limpieza, cuidado de niñas y niños o de personas mayores, etc.
Claramente no es a esa parte de la clase trabajadora a quien le dedica su libro la señora De las Casas, para quien no existe siquiera la idea lejana de reducir las jornadas laborales sin rebaja del salario, implementar guarderías en los lugares de trabajo y estudio, poner en funcionamiento lavanderías públicas y demás formas de reducir las tareas “domésticas” a las que se ve obligada a realizar (generalmente sin poder tercerizarlas) la clase trabajadora.